Con estos calores ¿se puede hablar del fuego del infierno? ¿y también en el frío invernal? ¿y en las otras estaciones del año? El bien y el mal están presentes de una forma u otra en la mayoría de las culturas, por no decir en todas, porque es la experiencia universal de sucesos felices y también del mal en sus múltiples formas de agredir a los humanos. Cada religión ha proporcionado alguna explicación acerca del mal, y además busca confortar a quien lo padece en pequeñas dosis y sobre todo en terribles y grandes ocasiones, como acaba de ocurrir en los terremotos en Venezuela.
Cielo e infierno
La antropología cristiana ha destacado
siempre el carácter personal del hombre y su condición de interlocutor libre de
Dios, sin trivializar nuestra libertad ni la triste realidad del mal, que está
presente en el mundo y se opone a los planes de Dios y a la dignidad del ser
humano. La fe católica sabe que Dios, como el mejor de padres, nos ha creado para ser felices en la tierra y
sobre todo en la eternidad. El Cielo, con mayúscula, es Dios mismo vivido en el
amor definitivo siempre dándose y siempre creciente. Por eso lo escribimos con
mayúscula, Cielo, que supera toda imaginación como escribe san Pablo: «Lo que
ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni vino a la mente del hombre lo que Dios ha
preparado para los que aman» (1 Corintios 2,9), porque ahora vemos como en un
espejo, borrosamente, mientras entonces veremos cara a cara. (13, 12)
En cambio, parece mejor escribir el
infierno con minúscula, infierno, porque no es obra de Dios Amor sino de la
gran rebelión de Satanás como odio inexplicable; y sí se puede escribir con
mayúscula porque este ser diabólico es real y personal, no sólo una idea para
personificar el mal.
Periódicamente se vuelve a tratar el tema
del infierno, de Satanás, y de los demonios, con diversas opiniones y con
tendencia a verlos como no reales de verdad. Porque a todos nos preocupa el mal
para evitarlo, y en cambio el bien para disfrutarlo e intuimos que tiene mucho
que ver con la libertad verdadera del hombre, condicionada ciertamente pero
real en al vida práctica, y asequible a la reflexión filosófica y religiosa.
En este contexto se entiende la
existencia del infierno establecido por el demonio y sus ángeles rebeldes, pero
también como posibilidad real para el hombre que abusa de su libertad para
rechazar a Dios. En cambio, escandalizarse por el infierno o negar su eternidad
equivale a no creer en la libertad humana ni en la consistencia de la historia
como misteriosa articulación de gracia y libertad.
Las exhortaciones de Jesucristo y las
enseñanzas de la Iglesia a propósito del Infierno son una llamada a la
responsabilidad y a la conversión: «Entrad
por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta y espacioso el camino que
lleva a la perdición, y son muchos los que entran por ella; mas ¡qué estrecha
la puerta y qué angosto el camino que lleva a la Vida!; y pocos son los que la
encuentran» (Mateo 7,13-14).[1]
Líbranos
del mal
La
novela titulada «El niño con el pijama de rayas» narra la aventura del pequeño Bruno que se traslada con sus padres
y su hermana adolescente Gretel de la ciudad al campo por el trabajo de su
padre que es militar. Sale perdiendo con el cambio y se aburre casi encerrado
en el caserón donde viven, hasta que encuentra un niño -que viste un extraño
pijama de rayas- y establece amistad con él. No sabe Bruno que su padre es el
comandante del campo de concentración para judíos tratados como ganado, y que
van siendo eliminados en las cámaras de gas.
Esta
obra es un canto a la amistad, al respeto al diferente, un homenaje a la
inocencia. Pero es un cuento que acaba mal e invita a la reflexión sobre la
dinámica del mal, la espiral del pecado que todo lo arroya. De ahí que tenga
mucho sentido la petición que hacemos todos los días en el Padrenuestro: «No nos dejes caer en la tentación, y
líbranos del mal».
Los
cristianos rezamos muchas veces el Padrenuestro, la oración que el mismo Jesucristo
nos enseñó, pues responde a nuestra necesidad de la gracias de Dios para vencer
el pecado y las dificultades de la vida. No es un Dios lejano e indiferente a
la suerte de los hombres, porque somos hechura suya, creados por la Dios tres
veces personal a su imagen y semejanza, es decir, llamados a participar de la
intimidad de la familia divina, pues nuestro Dios es único pero no solitario.
Cada uno puede vislumbrarlo al explicarse la necesidad de amor que tiene y que
sólo se satisface en la familia y la amistad, en las relaciones
interpersonales, donde cada uno es querido por quién es y no por lo que tiene.
Jesús enseña que la oración es hablar con
Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo desde la humildad del que conoce un poco que
toda su vida es don y sabe estar en su sitio con soltura, lejos del orgullo de
la autosuficiencia. Por eso, en el Padrenuestro el Señor Jesús nos muestra que
somos hijos de Dios y hablamos con sencillez, honrándole como Padre común que
nos destina a una felicidad eterna en el Cielo. Después hacemos nuestras
peticiones, siete en concreto, que contienen todo lo esencial para vivir en la
tierra como buenos hijos de Dios, hermanos de Jesucristo y de todos los
hombres.
De modo que no está de más tratar con
frecuencia del Cielo de Dios Personal y su contraste radical con el infierno
también personal, tanto en un verano achicharrante como en un invierno gélido.
Porque cada día tiene dimensión de eternidad al adherirse cada uno libremente a
los bienes, reflejo del Bien Absoluto, o bien para elegir personalmente el mal.
Hay
pues calores que abrasan y destruyen en contraste con otros fervores del amor
que construyen y hacen felices. Algo de esto sabía el sabio y santo Agustín de
Hipona cuando decía: «¡Tiempos malos, tiempos difíciles!, dicen los hombres. Vivamos bien,
y los tiempos serán buenos. Los tiempos somos nosotros: como somos nosotros,
así son los tiempos. ¿Qué hacer, pues? Quizá no podemos convertir a todos los
hombres; procuren vivir bien, por lo menos los pocos que me están oyendo, y ese
reducido número de los buenos soporte la multitud de los malos. Estos buenos
son como el grano: ahora se encuentran en la era, mezclados con la paja; pero en
el hórreo no habrá esta mezcla. Toleren lo que no quieren, para llegar a donde
quieren, ¿por qué afligirnos y censurar lo que Dios ha permitido? (...) No
censuremos al Padre de familia, que es tan bueno. Él nos lleva sobre sí, no le
llevamos a Él. Él sabe cómo gobernar su obra. Por lo que a ti se refiere haz lo
que te manda y aguarda el cumplimiento
de sus promesas.».
Jesús Ortiz López
George
Minois. Historia del infierno. Siruela 2026, 168 págs. Reseña de César Antonio
Molina, ABC Cultural, n. 1719.
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