domingo, 6 de septiembre de 2026

Alzad la mirada y creced en humanidad

El camino de la Iglesia pasa por el hombre, es decir, mujeres y hombres en cuanto personas concretas a quienes ella mira con los ojos de Jesucristo, lo cual supone una gran exigencia. Y si los pastores sagrados o los fieles no lo consiguen a veces es por no encarnar bien el Evangelio del amor y la esperanza.

Lo muestra la presencia del Papa León XIV en CEDIA centro de acogida de Caritas en Carabanchel el mismo día de su llegada para escuchar a la joven cubana Niurka acogida con sus dos bebés gemelos, y al joven senegalés Khadri que ha pasado de ser acogido a ser acogedor de otros.

«Alzad la mirada», Jn 4,35, ha sido el lema de este viaje pontificio y en verdad bien elegido en las palabras que Jesucristo dirige a los discípulos en Sicar. Quiere que estos discípulos desconcertades entiendan la transformación de aquella mujer samaritana, que deja su cántaro en el pozo y corre a anunciar al pueblo que el Mesías está con ellos: ha cambiado de pecadora y evangelizadora de una noticia o gran buena nueva: Dios salvador está con nosotros.

 La voz de León XIV

Estos días hemos comprobado la verdad de esas palabras en los actos protagonizados por León XIV y por todos. En pocos días ha puesto el horizonte más alto y seremos capaces de superar los enfrentamientos, la fragmentación y la desunión. Es el deseo expresado por el Pontífice en su primer discurso ante las autoridades: ««confirmar, alentar e inspirar (…) una reconciliación y una cooperación más profundas entre las distintas fuerzas de esta Nación». Suena como alusión indirecta al espíritu de la Transición pues «la propia historia de España sugiere que no es la cultura del enfrentamiento, sino la del encuentro, la que genera estabilidad y prosperidad».

Y concluía su discurso en la misma línea: «Al mismo tiempo, animo a cultivar también en su interior el diálogo y la amistad social, a tener en cuenta las perspectivas de los pobres y los jóvenes al imaginar el futuro, a armonizar las demandas de autonomía y de unidad, y a impulsar el proceso de unión europea, no en oposición a otras potencias, sino como un don para toda la familia humana».

Humanidad magnifica y herida

La reciente encíclica del León XIV es extensa e intensa como actualización de la Doctrina social de la Iglesia en nuestro tiempo, un cambio de época que requiere nuevos proyectos. Entre tantas ideas y principios me referiré a un aspecto nuclear si bien hay otros muchos también importantes.

Se trata de la dignidad de toda persona humana en sentido ontológico y todo lo que de esto deriva. Las técnicas y las ciencias que las sostienen deben estar al servicio de las personas, algo que casi todos admiten aunque su realización no siempre sea fácil.

Este documento del papa León XIV se refiere a las ideologías del transhumanismo y el posthumanismo como intentos de superar los límites de la vida humana, sea en su origen o en su término. Por ello Magnifica humanitas observa que «la humanidad —magnífica y herida— no debe ser sustituida ni superada; puede acoger los progresos de la técnica para aliviar los sufrimientos y abrir posibilidades nuevas, siempre que no reniegue de aquello que la hace ser ella misma, es decir, la capacidad de relación y de amor. A este punto se impone una pregunta decisiva: si existe un auténtico “más que humano”, ¿dónde se encuentra? La fe cristiana responde indicando una plenitud que no deriva de una divinización tecnológica, sino de aquella que produce la gracia de Dios, recibida en Cristo».

Muchos científicos y pensadores tienen la preocupación de preservar la dignidad de toda persona desde su origen. En cambio, algunos no ven inconvenientes en la experimentación con embriones, primando el objetivo de superar enfermedades y alcanzar mejores capacidades. Sin embargo lo que es válido para los animales no puede serlo con los seres humanos, y la razón no es tan difícil de entender porque la generación es primordialmente una tarea de amor, entre una mujer y un hombre. Y sí, sabemos que a veces no hay amor en esa unión pero aun estos casos penosos, la naturaleza de esa relación soporta el mínimo humano de la criatura concebida. Lo que no parece válido es el recurso a una técnica de laboratorio para engendrar a una persona porque lesiona en su origen su dignidad, y menos a fabricar embriones para desechar los menos válidos en un proceso de eugenesia racista.

 Sí, se puede mejorar

El viaje de León XIV a España ha encarnado la parábola del sembrador que expuso Jesucristo a las gentes y explicaba después a los apóstoles: «Vosotros, pues, oíd lo que significa la parábola del sembrador: si uno escucha la palabra del reino sin entenderla, viene el Maligno y roba lo sembrado en su corazón. Esto significa lo sembrado al borde del camino. Lo sembrado en terreno pedregoso significa el que escucha la palabra y la acepta enseguida con alegría; pero no tiene raíces, es inconstante, y en cuanto viene una dificultad o persecución por la palabra, enseguida sucumbe. Lo sembrado entre abrojos significa el que escucha la palabra; pero los afanes de la vida y la seducción de las riquezas ahogan la palabra y se queda estéril. Lo sembrado en tierra buena significa el que escucha la palabra y la entiende; ese da fruto y produce ciento o sesenta o treinta por uno» (Mateo 13,18-23) .

Cada uno puedo aplicarse la enseñanza y reflexionar acerca de la eficacia de las palabras del Santo Padre en su corazón y en sus obras, pues me parece que nadie desea que el entusiasmo vivido estas importantes jornadas se extinga como un fuego de bengala. Las parroquias, las instituciones formativas y solidarias de la Iglesia, los movimientos apostólicos, y los colegios podemos ser altavoz y recuerdo para encarnar estos mensajes pontificios y mejorar notablemente nuestras familias, nuestros trabajos, nuestra política, y en suma nuestra convivencia social.

Además la elección de España como país europeo importante para este viaje apostólico puede indicar que el Papa confía en nuestra historia, en la fe transmitida al Nuevo Continente, y los lazos de aquellas tierras con la madre patria. El bien hecho a esas sociedades durante siglos puede borrar las manchas de abusos cometidos a pesar de la fe y la cultura.

En pocas palabras resumía el Card. Cobo el mensaje trascendente de León XIV anclado en Jesucristo que enseña al hombre quién es el hombre, todo hombre: « No plantea una cuestión confesional, sino profundamente humana: cómo reconstruir sociedades capaces de cuidar, dialogar, convivir y proteger la dignidad de todos».

 

 

Jesús Ortiz López  

Cielo e infierno, el bien y el mal

Con estos calores ¿se puede hablar del fuego del infierno? ¿y también en el frío invernal? ¿y en las otras estaciones del año? El bien y el mal están presentes de una forma u otra en la mayoría de las culturas, por no decir en todas, porque es la experiencia universal de sucesos felices y también del mal en sus múltiples formas de agredir a los humanos. Cada religión ha proporcionado alguna explicación acerca del mal, y además busca confortar a quien lo padece en pequeñas dosis y sobre todo en terribles y grandes ocasiones, como acaba de ocurrir en los terremotos en Venezuela.

Cielo e infierno

La antropología cristiana ha destacado siempre el carácter personal del hombre y su condición de interlocutor libre de Dios, sin trivializar nuestra libertad ni la triste realidad del mal, que está presente en el mundo y se opone a los planes de Dios y a la dignidad del ser humano. La fe católica sabe que Dios, como el mejor de padres,  nos ha creado para ser felices en la tierra y sobre todo en la eternidad. El Cielo, con mayúscula, es Dios mismo vivido en el amor definitivo siempre dándose y siempre creciente. Por eso lo escribimos con mayúscula, Cielo, que supera toda imaginación como escribe san Pablo: «Lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni vino a la mente del hombre lo que Dios ha preparado para los que aman» (1 Corintios 2,9), porque ahora vemos como en un espejo, borrosamente, mientras entonces veremos cara a cara. (13, 12)

En cambio, parece mejor escribir el infierno con minúscula, infierno, porque no es obra de Dios Amor sino de la gran rebelión de Satanás como odio inexplicable; y sí se puede escribir con mayúscula porque este ser diabólico es real y personal, no sólo una idea para personificar el mal.

Periódicamente se vuelve a tratar el tema del infierno, de Satanás, y de los demonios, con diversas opiniones y con tendencia a verlos como no reales de verdad. Porque a todos nos preocupa el mal para evitarlo, y en cambio el bien para disfrutarlo e intuimos que tiene mucho que ver con la libertad verdadera del hombre, condicionada ciertamente pero real en al vida práctica, y asequible a la reflexión filosófica y religiosa.

En este contexto se entiende la existencia del infierno establecido por el demonio y sus ángeles rebeldes, pero también como posibilidad real para el hombre que abusa de su libertad para rechazar a Dios. En cambio, escandalizarse por el infierno o negar su eternidad equivale a no creer en la libertad humana ni en la consistencia de la historia como misteriosa articulación de gracia y libertad.

Las exhortaciones de Jesucristo y las enseñanzas de la Iglesia a propósito del Infierno son una llamada a la responsabilidad y a la conversión: «Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y son muchos los que entran por ella; mas ¡qué estrecha la puerta y qué angosto el camino que lleva a la Vida!; y pocos son los que la encuentran» (Mateo 7,13-14).[1]

Líbranos del mal

La novela titulada «El niño con el pijama de rayas» narra la aventura del pequeño Bruno que se traslada con sus padres y su hermana adolescente Gretel de la ciudad al campo por el trabajo de su padre que es militar. Sale perdiendo con el cambio y se aburre casi encerrado en el caserón donde viven, hasta que encuentra un niño -que viste un extraño pijama de rayas- y establece amistad con él. No sabe Bruno que su padre es el comandante del campo de concentración para judíos tratados como ganado, y que van siendo eliminados en las cámaras de gas.

Esta obra es un canto a la amistad, al respeto al diferente, un homenaje a la inocencia. Pero es un cuento que acaba mal e invita a la reflexión sobre la dinámica del mal, la espiral del pecado que todo lo arroya. De ahí que tenga mucho sentido la petición que hacemos todos los días en el Padrenuestro: «No nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal».

Los cristianos rezamos muchas veces el Padrenuestro, la oración que el mismo Jesucristo nos enseñó, pues responde a nuestra necesidad de la gracias de Dios para vencer el pecado y las dificultades de la vida. No es un Dios lejano e indiferente a la suerte de los hombres, porque somos hechura suya, creados por la Dios tres veces personal a su imagen y semejanza, es decir, llamados a participar de la intimidad de la familia divina, pues nuestro Dios es único pero no solitario. Cada uno puede vislumbrarlo al explicarse la necesidad de amor que tiene y que sólo se satisface en la familia y la amistad, en las relaciones interpersonales, donde cada uno es querido por quién es y no por lo que tiene.

Jesús enseña que la oración es hablar con Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo desde la humildad del que conoce un poco que toda su vida es don y sabe estar en su sitio con soltura, lejos del orgullo de la autosuficiencia. Por eso, en el Padrenuestro el Señor Jesús nos muestra que somos hijos de Dios y hablamos con sencillez, honrándole como Padre común que nos destina a una felicidad eterna en el Cielo. Después hacemos nuestras peticiones, siete en concreto, que contienen todo lo esencial para vivir en la tierra como buenos hijos de Dios, hermanos de Jesucristo y de todos los hombres.

De modo que no está de más tratar con frecuencia del Cielo de Dios Personal y su contraste radical con el infierno también personal, tanto en un verano achicharrante como en un invierno gélido. Porque cada día tiene dimensión de eternidad al adherirse cada uno libremente a los bienes, reflejo del Bien Absoluto, o bien para elegir personalmente el mal.

Hay pues calores que abrasan y destruyen en contraste con otros fervores del amor que construyen y hacen felices. Algo de esto sabía el sabio y santo Agustín de Hipona cuando decía: «¡Tiempos malos, tiempos difíciles!, dicen los hombres. Vivamos bien, y los tiempos serán buenos. Los tiempos somos nosotros: como somos nosotros, así son los tiempos. ¿Qué hacer, pues? Quizá no podemos convertir a todos los hombres; procuren vivir bien, por lo menos los pocos que me están oyendo, y ese reducido número de los buenos soporte la multitud de los malos. Estos buenos son como el grano: ahora se encuentran en la era, mezclados con la paja; pero en el hórreo no habrá esta mezcla. Toleren lo que no quieren, para llegar a donde quieren, ¿por qué afligirnos y censurar lo que Dios ha permitido? (...) No censuremos al Padre de familia, que es tan bueno. Él nos lleva sobre sí, no le llevamos a Él. Él sabe cómo gobernar su obra. Por lo que a ti se refiere haz lo que te manda y aguarda  el cumplimiento de sus promesas.».

 

Jesús Ortiz López

 

George Minois. Historia del infierno. Siruela 2026, 168 págs. Reseña de César Antonio Molina, ABC Cultural,  n. 1719.

 

https://es.zenit.org/2026/07/07/existe-el-diablo-el-periodico-del-vaticano-sugiere-innecesariamente-que-no-una-polemica-en-pleno-verano/?eti=34199

 



[1] Para más información, ver. J.Ortiz López, Luces largas para el Cielo. BibliotecaOnline, 2020.

Padre de la mentira

 Desde que el hombre se apartó de Dios en el exordio de la historia la mentira campa a sus anchas por el mundo. Quienes más mienten son los que tienen el poder político, el económico, o el estratégico para desarrollar los relatos que les convienen. Una vez más estamos comprobando que en las guerras las mentiras alcanzan su Everest con propaganda a mansalva, manipulaciones y fake news. Y en la base de la corrupción están las mentiras.

Los grandes filósofos han estudiado a fondo esa capacidad de mentir del hombre apelando a la necesidad de convivir en paz: Sócrates con su altura de miras, Platón avisando de la tendencia a ver sombras en vez de la realidad porque es más cómodo. Kant apela a la rectitud de conciencia y a mantener las normas universales del comportamiento, porque benefician a la sociedad, mientras que la mentira va destrozando la convivencia.

Mentira, odio y soberbia son las armas del mundo diabólico que además tiene interés en que los hombres no lo tomemos en serio como si fuera un mito irreal.

En el mundo de las sombras

En la mentira en sus múltiples formas tienen responsabilidad quienes mienten y también el demonio o padre de la mentira. Diablo es palabra de origen griego que significa acusador o calumniador, y según algunos su etimología alude al que está encerrado en la cárcel o cloaca del infierno. Satanás es palabra de origen hebreo y designa al enemigo que insidia o persigue al hombre. Demonio, también de origen griego, significa un ser superior a los hombres pero inferior a Dios. El mundo de las sombras, las apariencias, las mentiras son la atmósfera que respira el mundo diabólico de Satanás y sus secuaces que fueron ángeles pervertidos por soberbia.

En confrontación con algunos judíos que le atacaban, Jesucristo les dice que la mentira una obra diabólica: «Vuestro padre es el diablo... porque no hay verdad en él; cuando dice la mentira, dice lo que le sale de dentro, porque es mentiroso y padre de la mentira» (Juan 8,44). Atribuye al diablo la tentación para mentir y también a quien perpetra la mentira, una o muchas, porque con frecuencia la bola crece enredando el discurso, de modo que al final el mentiroso ha olvidado definitivamente la verdad. El acostumbramiento a las mentiras rebaja el nivel moral haciendo que la sociedad entre en una espiral de corrupción.

«El demonio trató de tentar al mismo Jesucristo como refieren el evangelio de Mateo: “De nuevo lo llevó el diablo a un monte alto, y le mostró todos los reinos del mundo y su gloria, y le dijo: “Todas estas cosas te daré si postrándote me adoras”. Entonces le respondió Jesús: “Apártate Satanás, pues escrito está: Al Señor tu Dios adorarás, y a Él sólo darás culto”. Entonces lo dejó el diablo, y los ángeles vinieron y le servían” (Mateo 4, 8-11).

Y el mismo Jesús muestra que el demonio no es una idea del mal sino un ser personal pervertido y pervertidor de la verdad, hecho a sí mismo odio. Lo señalaba con la parábola de la cizaña explicada a los apóstoles: «El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los ciudadanos del reino; la cizaña son los partidarios del Maligno; el enemigo que la siembra es el diablo; la cosecha es el final de los tiempos y los segadores los ángeles. Lo mismo que se arranca la cizaña y se echa al fuego, así será al final de los tiempos: el Hijo del hombre enviará a sus ángeles y arrancarán de su reino todos los escándalos y a todos los que obran iniquidad, y los arrojarán al horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el reino de su Padre. El que tenga oídos, que oiga» (Mateo 13, 36-43).

Historia de unas tentaciones

Las tentaciones de Jesús en el desierto tienen una significación honda para nuestro caminar hacia Dios, pues los personajes más importantes de la Historia Sagrada también fueron tentados: Adán y Eva, Abrahán, Moisés, el mismo pueblo elegido, etc. Y el mismo Jesucristo al rechazar las tentaciones diabólicas, repara las caídas de los hombres antes y después de Él; preludia las siguientes tentaciones de cada uno de nosotros, y las luchas de la Iglesia contra las tentaciones del poder diabólico. De ahí que Jesús nos haya enseñado, en el Padrenuestro, a pedir a Dios que nos ayude con su gracia para no caer a la hora de la tentación.

El demonio sigue y seguirá en la historia humana hasta el final. Desde que Jesucristo resucitó, el demonio dirige sus asechanzas contra la Iglesia como había predicho el mismo Jesús:  «Simón, mira que Satanás va tras vosotros para zarandearos como el trigo» (Lucas 22,31). Se trata de una guerra sin cuartel en la que ataca a la Iglesia desde dentro y desde fuera.

Satanás ya tentó a Adán y Eva con la mentira de que Dios no quería que crecieran en libertad para que no le hicieran sombra ni fueran tan poderosos como el Creador. También el demonio tentó a David con la concupiscencia que le llevó al adulterio sobre Betsabé y al homicidio de su marido Urías, con maniobras y mentiras encadenadas. El diablo tentó a Pedro con el miedo y cobardía para mentir y salvar su vida a costa de negar su relación con el Maestro.

Aunque algunos han perdido la fe en la existencia y actividad de los demonios, hemos de tener bien presente esta realidad: que existe un reino del mal, jerárquicamente estructurado, cuyo jefe es Satanás, príncipe de los demonios, dotado de un poder que excede con mucho a las fuerzas humanas naturales. Un ser personal desdichado y un reino de tinieblas que se mueven activamente en lucha contra el Reino de Dios en la tierra. Un ser que es fuente mal, enemigo irreconciliable del hombre en el que odia –con impotencia- la imagen de Dios.

¿Síntomas de esas insidias diabólicas? El Papa Pablo VI señalaba algunas señales de la presencia diabólica: «Podremos suponer su acción siniestra allí donde la negación de Dios se hace radical, sutil y absurda, donde la mentira se afirma hipócrita y poderosa, contra la verdad evidente; donde el amor es eliminado por un egoísmo frío y cruel; donde el nombre de Cristo es impugnado con odio consciente y rebelde (cfr 1 Corintios 16,22;12,3), donde el espíritu del Evangelio es mistificado y desmentido, donde se afirma la desesperación como la última palabra” (Alocución, 15-XI-1972).

Además, sabemos que también los papas recientes -Francisco, Benedicto y Juan Pablo II-  han hablado del demonio en algún momento: ya sea sobre la existencia del maligno o del tentador pues se trata de una verdad de fe básica del Magisterio y de la teología católica. Ellos insisten en que no se trata de un mito ni de una idea anticuada y exhortan a tomar en serio al demonio: es experiencia común en la Iglesia que la desesperación, el odio a la vida, el terrorismo y las leyes contra la familia están movidos por el padre de la mentira.

El mundo de las mentiras

Lo específico de la mentira es la falta de adecuación entre las palabras o hechos y el pensamiento del sujeto, con independencia de que otros efectivamente se engañen o no. Unas mentiras se dicen o hacen para beneficio propio, y otras para perjudicar a otros o a sus intereses.

Una sociedad digna del hombre tiene que estar construida sobre la verdad acerca del hombre mismo, de la familia y de las relaciones humanas. En este sentido, la doctrina cristiana ofrece una antropología realista que reconoce que todas las personas son criaturas de Dios, con igual capacidad para conocer la verdad y adherirse al bien, para responder libremente a la misión santificadora de este mundo y para establecer relaciones estables de fidelidad.

Esta concepción esperanzada del ser humano es una luz creativa para cualquier cultura, sobre todo en tiempos de dudas acerca del ser humano y de escepticismo sobre la verdad objetiva capaz de edificar una sociedad sobre el sólido fundamento de la verdad.

Las palabras denotan o señalan algo visible y también connotan algo invisible, p.ej. justicia, amor, igualdad, libertad, dignidad, etc. Y si destruimos los conceptos abandonamos la lógica y todo se hace inestable y relativo ¿No nos suena? Si llamamos matrimonio a cualquier unión afectiva, o muerte digna al suicidio, orgullo a la exposición consciente de una extravagancia, o escrache al acoso, entonces no hay modo de entenderse y desaparece la frontera entre lo beneficioso o lo perjudicial para la persona, lo que contribuye al bien común o sólo a unos pocos, lo que es justo y conforme a normas de convivencia pacífica o lo que es injusto.

A todos nos conviene andar en la verdad por mucho que pueda costar a veces, y así mantendremos limpia la conciencia contribuyendo a la convivencia en paz.

Jesús Ortiz López

Una experiencia que quizás pueda interesar https://www.religionenlibertad.com/personajes/241203/colegio-opus-dei-entro-santeria-brujeria-nego-dios-tres-voces-cambiaron-todo_79094.html

https://exaudi.org/es/padre-de-la-mentira/

 


lunes, 20 de abril de 2026

Semana Santa en paz

La Semana Santa no es sólo un acontecimiento cultural importante sino la celebración del misterio central de la fe cristiana, arraigada en los pueblos de España desde hace siglos.

El descanso, los viajes, y la fiesta son ocasiones para frenar el ritmo habitual y acercarse a la meditación sobre Jesucristo y la Virgen María: ver en qué medida participamos de la fe cristiana que se ha encarnado y es profundamente humana. Las procesiones van a más en toda la geografía, con muchos miles de cofrades y seguidores devotos que hacen un esfuerzo por ir a lo esencial. Las tallas del Cristo en la cruz, atado y flagelado en la columna, llevando la cruz, la Virgen dolorosa y de la Esperanza, así como otros personajes, nos meten en la Pasión de Jesucristo, nos conmueven para preguntarse qué hace cada uno con su vida, qué relación tiene con Dios, y qué actitudes tiene ante el drama del dolor asumido por Jesús.

Con la vida

En la homilía del Domingo de Ramos el papa León XIV ha vuelto a pedir con energía la paz para los lugares en conflicto actual, Irán, Israel y Líbano, principalmente. Comenzaba diciendo: «Miremos a Jesús, que se presenta como Rey de la paz, mientras a su alrededor se prepara la guerra. Él, que permanece firme en la mansedumbre, mientras los demás se agitan en la violencia. Él, que se ofrece como una caricia para la humanidad, mientras los otros empuñan espadas y palos. Él, que es la luz del mundo, mientras las tinieblas están a punto de cubrir la tierra. Él, que vino a traer vida, mientras se lleva a cabo el plan para condenarlo a muerte».

Unos días antes ha celebrado una Eucaristía en Mónaco y en la homilía ha defendido también la vida en todo momento con alusión a las guerras actuales y al aborto. Concretamente ha dicho que «cada vida truncada es una herida en el cuerpo de Cristo», y pide que «¡No nos acostumbremos al estruendo de las armas, a las imágenes de la guerra!». A lo que ha añadido que «la paz no es un mero equilibrio de fuerzas, es obra de corazones purificados, de quienes ven en el otro a un hermano a quien cuidar, no a un enemigo a quien derribar».

Además ha manifestado que «es la misericordia la que salva al mundo», haciendo una llamada a proteger la vida humana en todas sus etapas como eje central de su visita. La fe, según el Papa, debe estar «pronta a proteger siempre con amor toda vida humana, en cualquier momento y condición, para que nadie sea excluido jamás de la mesa de la fraternidad». Rechaza así las dinámicas sociales que descartan a los más vulnerables como ocurre con el aborto. El mundo necesita la misericordia que «cuida de cada existencia humana desde que florece en el seno materno hasta que se marchita en toda su fragilidad».

Recordemos que al comienzo de la Cuaresma el Papa pedía también la paz ante las guerras actuales y exhorta a todas las personas de buena voluntad a vivir en paz. Según sus palabras este tiempo nos pide «abstenerse de utilizar palabras que afectan y lastiman a nuestro prójimo. Empecemos a desarmar el lenguaje, renunciando a las palabras hirientes, al juicio inmediato, a hablar mal de quienes están ausentes y no pueden defenderse, a las calumnias. Esforcémonos, en cambio, por aprender a medir las palabras y a cultivar la amabilidad: en la familia, entre amigos, en el lugar de trabajo, en las redes sociales, en los debates políticos, en los medios de comunicación y en las comunidades cristianas. Entonces, muchas palabras de odio darán paso a palabras de esperanza y paz».  

Superar el odio

No olvidamos que las guerras desatan lo peor del ser humano conculcando los derechos y las vidas de millones de víctimas y favoreciendo solo a unos pocos que se imponen y enriquecen con el dolor ajeno. Si bien es cierto que no es lo mismo desatar la violencia que defenderse de las injustas agresiones. Harían bien algunos hombres y mujeres públicos en considerar esas advertencias del papa León XIV en bien de todos.

Más que leyes contra el odio hacen falta políticos generosos con altura de miras. Más que decretos contra el odio hace falta ganas de llegar a un entendimiento y no enfrentar a unos con otros. Porque hace poco el Gobierno actual planteaba rastrear la «Huella del Odio» que recuerda la tendencia a vigilar las libertades y establecer una nueva forma de censura desde el poder.  Sí, no andamos sobrados de palabras y hechos de paz, y buscar el bien común en vez perseguir el bien propio.

Finalmente, la noticia del viaje del papa León XIV a Madrid, Barcelona y Canarias nos ilusiona con escuchar palabras de paz y concordia, de tender puentes en vez de muros, y manifiesta que el Papa tiene esperanza en la capacidad de los españoles para vivir en paz y crecer como cristianos coherentes con la fe que profesamos: es cultura, es fiesta, y sobre todo es creer en Jesucristo Salvador del mundo.

 

Jesús Ortiz López

Vivir de otro modo

Los astronautas de la misión Artemis II han llegado más lejos que nadie y han orbitado la cara oculta de la Luna con una visión inédita de la Tierra desde la nave Orión a 406 mil km de la tierra y 6 mil de la Luna.


 Sí, están en la Luna

Como es sabido, al entrar en la zona sin comunicación desearon que el amor reine en la Tierra tan pequeñita a esas distancias pero tan importante porque es nuestro gran hogar, y dijeron:  «Cristo dijo, al responder cuál era el mandamiento más grande, que era amar a Dios con todo lo que eres; y Él, siendo también un gran maestro, dijo que el segundo es semejante a este: amarás al prójimo como a ti mismo». Porque ante la grandeza del universo desde esa parcela que es la Tierra con su Luna, el corazón se expande intuyendo la inmensidad y los misterios que encierra. Y entonces, acordarse de Dios es lo natural.

 La Luna está es nuestra amable vecina, y más allá están Marte, Júpiter, Saturno… y el Sistema solar a la vuelta de esquina; nuestra Galaxia un poco más allá, y otras galaxias, etcétera. Experimentamos el vértigo maravilloso por la inmensidad, pero sabiendo que no es infinito porque ha tenido un principio, el famoso Big-bang, y una causa real que es el Dios Omnipotente Personal.

 Esta Pascua dice el papa León XIV: «Hermanos y hermanas, la Pascua del Señor nos da esta esperanza, recordándonos que en Cristo resucitado una nueva creación es posible cada día. Así nos lo dice el Evangelio proclamado hoy, que sitúa el acontecimiento de la resurrección de manera precisa: “El primer día de la semana” (Jn 20,1). El día de la resurrección de Cristo nos remite así a la creación, a aquel primer día en el que Dios creó el mundo, y nos anuncia, al mismo tiempo, que una vida nueva, más fuerte que la muerte, está ahora brotando para la humanidad».

 

Alabanza al Artista divino

 En la Vigilia Pascual se leen varios textos de la Biblia comenzando por el Génesis que narra hechos reales con palabras sencillas: «Al principio creó Dios el cielo y la tierra. La tierra estaba informe y vacía; la tiniebla cubría la superficie del abismo, mientras el espíritu de Dios se cernía sobre la faz de las aguas». El mundo conocido y el inmenso mundo todavía desconocido, el universo entero, es obra del Artista divino que actúa a lo grande como sólo él puede hacerlo y gobernarlo con providencia amorosa.

 El salmo 104 reconoce y alaba al Creador cuando canta: 

1 Bendice, alma mía, al Señor:

¡Dios mío, qué grande eres!

Te vistes de belleza y majestad,

2 la luz te envuelve como un manto.

Extiendes los cielos como una tienda,

3 construyes tu morada sobre las aguas;

las nubes te sirven de carroza,

avanzas en las alas del viento;

4 los vientos te sirven de mensajeros;

el fuego llameante, de ministro.

5 Asentaste la tierra sobre sus cimientos,

y no vacilará jamás;

6 la cubriste con el manto del océano,

y las aguas se posaron sobre las montañas;

7 pero a tu bramido huyeron,

al fragor de tu trueno se precipitaron,

8 mientras subían los montes y bajaban los valles:

cada cual al puesto asignado. (…)

19 Hiciste la luna con sus fases,

el sol conoce su ocaso.

20 Pones las tinieblas y viene la noche,

y rondan las fieras de la selva;

21 los cachorros del león rugen por la presa,

reclamando a Dios su comida.

22 Cuando brilla el sol, se retiran

y se tumban en sus guaridas;

23 el hombre sale a sus faenas,

a su labranza hasta el atardecer.

24 Cuántas son tus obras, Señor,

y todas las hiciste con sabiduría;

la tierra está llena de tus criaturas. (…)

 Y termina su alabanza: ¡Bendice, alma mía, al Señor! ¡Aleluya! Y así la liturgia de estos días de la Gran Pascua sigue ese eco: ¡Aleluya! ¡Aleluya! ¡Aleluya!

  

En verdad Jesucristo ha resucitado

 La liturgia de la Vigilia Pascual nos pone en la órbita de Dios Creador del universo como obra del Dios tripersonal Padre, Hijo y Espíritu Santo. Renovamos nuestra fe encendida de nuevo como las velas que portamos, y recibimos nuevo impulso al ver la fe inicial de los neófitos que son bautizados en esa noche santa, varios miles en España, Francia, USA, etc. Y quedamos asombrados también de los misterios normales que se iluminan desde la nueva perspectiva de la Vida nueva inaugurada por Jesucristo Salvador del mundo.

 Entre los fundadores de otras religiones y sus seguidores siempre hay un cadáver, mientras que entre Jesucristo y sus discípulos sólo hay un sepulcro vacío. Jesucristo ha resucitado y sube a los cielos, enviando junto con el Padre al Espíritu para hacernos hijos de Dios, herederos de la gloria. Es otro tipo de vida, ya aquí en la tierra. Y estamos llamados a resucitar con Cristo; por eso buscamos las cosas de arriba sin abandonar las de abajo. Creer en el Resucitado es comenzar a vivir como resucitados.

 El sepulcro vacío es el signo y el primer paso para reconocer la Resurrección del Señor: la ausencia del cuerpo no era obra humana. Las numerosas apariciones de Jesús resucitado completarán los signos, probando que es el mismo Jesús -que conserva las cinco llagas y come con ellos-, ahora con un cuerpo glorioso

 “Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en Judea y en Jerusalén” dicen los Apóstoles ante multitudes en los días siguientes a la Resurrección dando testimonio de Aquel en quien han creído, y lo hacen trabajando durante años por la expansión de la Iglesia, cumpliendo la misión confiada por Jesús. También el filósofo Gabriel Marcel daba gracias por haber tratado a cristianos que tenían tan dentro a Cristo “que ya no me era lícito seguir dudando”. Ellos pertenecen a la estirpe de los santos.

 

Caminar a la luz de la fe

 En este tiempo difícil consideremos las palabras del Papa en su mensaje Urbi et Orbi del Domingo de Resurrección: «Hermanos y hermanas, el Señor, con su resurrección nos enfrenta con mayor intensidad aún al drama de nuestra libertad. Frente al sepulcro vacío podemos llenarnos de esperanza y asombro, como los discípulos, o de miedo, como los guardias y los fariseos, obligados a recurrir a la mentira y al engaño para no reconocer que aquel que había sido condenado verdaderamente ha resucitado (cf. Mt 28,11-15).

»A la luz de la Pascua, ¡dejémonos sorprender por Cristo! ¡Dejemos que su inmenso amor por nosotros nos transforme el corazón! ¡Que quienes tienen armas en sus manos las abandonen! ¡Que quienes tienen el poder de desatar guerras, elijan la paz! No una paz impuesta por la fuerza, sino mediante el diálogo. No con la voluntad de dominar al otro, sino de encontrarlo.

»Nos estamos acostumbrando a la violencia, nos resignamos a ella y nos volvemos indiferentes. Indiferentes ante la muerte de miles de personas. Indiferentes ante las secuelas de odio y división que siembran los conflictos. Indiferentes ante las consecuencias económicas y sociales que estos desencadenan y que, sin embargo, todos percibimos. Existe una “globalización de la indiferencia” cada vez más marcada, por retomar una expresión muy querida por el Papa Francisco, quien hace justo un año, desde esta logia, dirigió al mundo sus últimas palabras, recordándonos: «Cuánta voluntad de muerte vemos cada día en los numerosos conflictos que afectan a diferentes partes del mundo».

En esta Pascua recibimos también la fuerza del Resucitado para ser testigos de una cultura de vida que se opone a una cultura de muerte, favorable a la manipulación genética, a la contracepción o a la eutanasia, confundiendo las conciencias menos formadas. Los creyentes nos alegramos hoy con la Virgen María y creemos en la Resurrección de Cristo y en la Vida eterna. Por todo eso defendemos siempre con alegría la vida humana.

  

Jesús Ortiz López

 

https://www.religionenlibertad.com/blogs/piedras-vivas/260410/vivir-otro-modo_117536.html

 

Juan Pablo II: Un legado para la Iglesia de hoy

El papa León XIV viajará a España, Madrid, Barcelona y Canarias, al comienzo del verano. Viene hablando en las catequesis semanales de la Iglesia del Vaticano II, siguiendo la constitución Lumen Gentium: es la Iglesia que desarrolló Juan Pablo II y por eso puede ser útil ahora recordar algunas perspectivas del Papa polaco.

Además, se han cumplido veinte años de la muerte de Juan Pablo II uno de los pontificados más largos de la historia. Ha sido el pontífice de la esperanza que ha levantado la Iglesia en el mundo entero, atrayendo a los jóvenes con las Jornadas Mundiales de los Jóvenes, con sus muchos viajes por el mundo entero, y con su extenso magisterio.

1. Hacia el tercer milenio

Para preparar el tercer milenio el Papa publicó tres encíclicas que son: Redentor del hombre sobre Jesucristo en 1979; Rico en misericordia dedicada a Dios Padre en 1980; Señor y dador de vida sobre el Espíritu Santo en 1986.

Gran importancia tiene otras dos encíclicas, una sobre Fe y razón en 1988, las dos alas por las que el entendimiento se eleva a la verdad, señalaba; y la otra sobre el Esplendor de la verdad en 1993, acerca de la vida moral como ejercicio de la libertad unida a la verdad. Estas y otras más son luz para el pensamiento contemporáneo y panorama de fe para la vida de los fieles.

Además Juan Pablo II ha marcado el proyecto de la Iglesia en el tercer milenio con la carta apostólica, Al llegar el tercer milenio en el 2001, con orientaciones para los principales ámbitos de la vida cristiana y su aportación al pensamiento contemporáneo. De ella pueden ser destacadas algunas ideas con el hilo conductor de las palabras de Jesucristo a Pedro y los apóstoles «Duc in altum», guía mar adentro.

Jesucristo es el centro de la vida del cristiano y de todos los hombres, aunque todavía muchos lo ignoran, y por eso urge realizar la nueva evangelización, especialmente entre los jóvenes. Conocer a Jesucristo es contemplar su rostro desde el testimonio de los Evangelios proclamados y meditados, ese rostro del Hijo, el rostro doliente, y el rostro del Resucitado.

Se trata de caminar con Jesucristo en este mundo con los pies en la tierra y la mirada en el Cielo, fortalecidos con la oración, la Eucaristía, el sacramento de la Reconciliación y la escucha de la Palabra. De este modo el católico, el cristiano, llega a ser testigo del amor de Dios por todos los hombres. Y termina enlazando con la renovación impulsada por el Concilio Vaticano II, tarea continua del Santo Padre.

 

2. Jesucristo centro de la vida cristiana

Con el concilio Juan Pablo II este programa para el milenio propone buscar siempre el rostro de Jesucristo, centro de la Iglesia, de la historia, y de la vida humana, al que llega por la fe. Ciertamente es don de Dios que concede a quienes le buscan con sinceridad, tantas veces a partir de las preguntas fundamentales acerca del hombre, del sentido de la vida, y de la vida futura más allá de la barrera de la muerte.

Presenta la oración como diálogo con Jesucristo, personal y comunitario, pues no se concibe un cristiano sin oración; sería un cristiano de riesgo dice el Papa: riesgo de rebajar la visión sobrenatural de la fe y la esperanza, riesgo de aburguesarse, e incluso de perder la fe. La Eucaristía es centro de la vida de la Iglesia y de los fieles que alimentan su caridad y la fuerza para dar testimonio valiente de Dios. Exhorta a vivir una espiritualidad de comunión de gracias y bienes sobrenaturales de quienes conocen a Jesucristo, católicos, cristianos y hermanos separados. El Jesucristo en que creemos es el mismo Resucitado que camina con nosotros en la historia y encontramos en la Iglesia.

 

3. Cristo sí, Iglesia sí.

La unión con Jesucristo real, Dios encarnado y presente en la Eucaristía, lleva a entender bien a la Iglesia como camino universal de salvación para todos. El testimonio de tantos santos canonizados por Juan Pablo II, muchos mártires, muchos fundadores y bastantes jóvenes, invitan a la conversión pues reflejan bien el rostro de Jesucristo.

Durante la segunda guerra mundial, una gran ciudad alemana sufrió grandes bombardeos que destruyeron varios edificios, entre ellos la catedral; quedaron dañados sus muros, colgaban algunas vigas y, entre ladrillos dispersos, quedó seriamente dañado el Cristo que presidía el retablo.

Al terminar la guerra, los habitantes de aquella ciudad reconstruyeron con paciencia su Cristo ensamblando las distintas partes del cuerpo, menos los brazos, que estaban literalmente pulverizados. ¿Habría que tallar unos brazos nuevos o guardar el Cristo mutilado en un museo? Después de mucho pensar, decidieron devolverlo al altar mayor, tal como había quedado, pero en lugar de los brazos perdidos, escribieron un cartel que decía: "Desde ahora Jesucristo no tiene más brazos que los nuestros". 

"Cristo sí; Iglesia no", dicen algunos cuando desconocen el origen y la naturaleza de la Iglesia de Jesucristo, su historia bimilenaria realizando los planes redentores del Señor, y la misión que corresponde al cristiano de ser testigo fiel de Jesucristo.

Hoy día algunos manifiestan su desconfianza hacia la Iglesia, tal vez originada por ignorar su historia de servicio a la humanidad y la notable aportación de muchos santos, p.ej. numerosas labores asistenciales, educativas y culturales, y siempre la defensa valiente de la vida y de los derechos humanos.  Con frecuencia esa mala opinión procede de una religiosidad débil que reduce la fe al sentimiento; entonces, las enseñanzas de la Iglesia, que están apoyadas en las leyes divinas y en su magisterio secular, caen sobre un yo imbuido de subjetivismo que sólo admite lo que le conviene.

Pero si esa infeliz frase manifiesta el desafecto a la Iglesia, la afirmación "Creo en la Iglesia Católica", que el cristiano profesa en el Símbolo de la fe, expresa todo su amor a ella. Comprenderemos con mayor hondura aspectos bien concretos del misterio de la Iglesia y de su misión salvadora:  es incalculable el bien que ha hecho a lo largo de estos veinte siglos por la elevación y defensa de los hombres y mujeres, aunque unos pocos alteren la historia con sus prejuicios y lleguen a confundir a personas poco formadas. Además, el Evangelio vivido y predicado por los cristianos constituye el substrato de Europa y del mundo occidental, y ha impulsado siempre el encuentro con nuevas culturas en todos los continentes

Los frutos de santidad en la Iglesia son patentes a cualquier persona de buena voluntad y apuntan a la intervención divina en la historia. Porque la Iglesia está formada por hombres, pero es animada y dirigida por el Espíritu Santo. A ello hay que añadir el prestigio de la autoridad moral de sus enseñanzas.

La Iglesia es a la vez el Pueblo de Dios Padre, el Cuerpo de Cristo, y el Templo del Espíritu Santo. Es la verdadera comunión entre Dios y los hombres, y de los hombres entre sí, por la gran obra de amor que es la Encarnación y Redención obrada por Jesucristo. Juan Pablo II y los otros pontífices muestran que hay un plan salvador que procede de la iniciativa divina, con llamadas de Dios que esperan respuesta humana: las manos de Dios se tienden a los hombres esperando que sepamos acoger los dones generosamente ofrecidos. Porque la Iglesia no es una sociedad simplemente humana donde decidimos las relaciones con Dios, los contenidos de la fe, o la celebración del culto, según la sensibilidad de cada época.

También el papa León XIV ha reconocido que se ha dado una fractura en la transmisión de la fe durante una generación, sin embargo crecen las conversiones a la fe cristiana y muchos se incorporan a la Iglesia como hogar y Familia de familias. Crece el interés de los jóvenes por participar en la vida de la Iglesia en grupos dinámicos, con iniciativas de servicio, con mucho empuje y alegría, y sobre todo con deseos de conocer mejor a Jesucristo. 

Veinte años después de su muerte de Juan Pablo II permanece su legado que es el Magisterio de la Iglesia anterior y posterior a su figura insigne. Desde la fe podemos ver en Benedicto XVI, Francisco y ahora León XIV los auténticos sucesores de Pedro, con aportaciones personales en el gran surco de la fe bimilenaria de la Iglesia, la misma nacida con Jesucristo, desarrollada por los Apóstoles y sucesores, y vivida por los cristianos en cada tiempo de nuestra historia.

 

Jesús Ortiz López

Iglesia viva luz del mundo

En las catequesis de cada semana el papa León XIV viene comentando la constitución sobre la Iglesia, Lumen Gentium, luz del mundo del Vaticano II. Pocas instituciones se han preparado para el siglo XXI haciendo un balance de los activos y de los desafíos para el cambio de época que estamos viviendo.

Puertas abiertas

El papa habla desde la fe que está abierta también a los que no practican o no participan todavía de la familiaridad para encontrar a Jesucristo y en definitiva a Dios.

«Se trata -dice- del plan de Dios que tiene un objetivo: unificar a todas las criaturas gracias a la acción reconciliadora de Jesucristo, acción que se llevó a cabo en su muerte en la cruz. Esto se experimenta ante todo en la asamblea reunida para la celebración litúrgica: allí las diversidades se relativizan, lo que cuenta es encontrarse juntos porque nos atrae el Amor de Cristo, que ha derribado el muro de separación entre personas y grupos sociales (cf. Ef 2, 14). Para San Pablo el misterio es la manifestación de lo que Dios ha querido realizar para la entera humanidad y se da a conocer en experiencias locales, que gradualmente se dilatan hasta incluir a todos los seres humanos e incluso al cosmos.

»La condición de la humanidad es una fragmentación que los seres humanos no son capaces de reparar, aunque la tensión hacia la unidad habite en sus corazones. En esa condición se inscribe la acción de Jesucristo, que, mediante el Espíritu Santo, venció a las fuerzas de la división y al Divisor mismo. Encontrarse juntos celebrando, habiendo creído en el anuncio del Evangelio, y vivido como atracción ejercitada por la cruz de Cristo, que es la manifestación suprema del amor de Dios; y sentirse convocados juntos por Dios: por eso se usa el término ekklesía, es decir, asamblea de personas que reconocen haber sido convocadas. Así pues, hay una cierta coincidencia entre este misterio y la Iglesia: la Iglesia es el misterio hecho perceptible.

La unión con Dios encuentra su reflejo en las personas humanas: «Este texto permite comprender la relación entre la acción unificadora de la Pascua de Jesús, que es misterio de pasión, muerte y resurrección, y la identidad de la Iglesia. Al mismo tiempo, nos hace sentir agradecidos por pertenecer a la Iglesia, cuerpo de Cristo resucitado y único pueblo de Dios peregrino en la historia, que vive como presencia santificadora en medio de una humanidad todavía fragmentada, como signo eficaz de unidad y reconciliación entre los pueblos».

Las próximas semanas seguirá exponiendo otros aspectos importantes del misterio de la Iglesia, no tanto porque ella sea difícil de entender sino por la magnitud de su ser y su mensaje, así como su capacidad para unir a los hombres.

El actor español Carlos Mollá ha trabajado en Hollywood en varias películas, y además escribe y pinta como artista con inventiva. En una entrevista hablaba de su trato con Dios que encuentra en la paz de los templos católicos En esa entrevista Mollá hablaba así de su fe: "Las iglesias son el único sitio donde me siento seguro". Para él, decía, el trabajo creativo es un proceso meditativo: "Absolutamente. Y religioso. Sí, soy un gran creyente". Y añadía que: "Para mí lo único que existe es Dios. La gente se sorprende y dice, 'No lo entiendo, ¿estás de coña?', pero no me importa. Lo tengo más claro que el agua: lo único que realmente existe es Dios. Y los humanos, pues humanos son. Yo experimento a Dios a través de otras personas".

"La gente lo malinterpreta, tiene mucho miedo de la creencia. Se politiza, se deshumaniza. Cuando uno habla de Dios, todo el mundo tiembla", afirmaba.

Viene a corroborar la experiencia general de que al Dios real se le encuentra en el silencio y la sinceridad, en el  ámbito de la Iglesia. Porque Dios no es un ser abstracto ideado por los hombres sino que se ha encarnado en Jesucristo, ha fundado la Iglesia como unión común en la vida y no solo en las ideas.

 

Juan Pablo II sobre la Iglesia

También el papa Juan Pablo II expuso las enseñanzas sobre la vida de la Iglesia en nuestro tiempo. Un magisterio rico que invita ayer y hoy a profundizar en el ser y misión de la Iglesia, no solo a la jerarquía sino principalmente a los fieles que reconocen su participación en la misión evangelizadora para el nuevo siglo y siempre.

En una audiencia del año 1995[1] decía que: «Ante todo es preciso recordar que la Iglesia «tiene un fin salvífico y escatológico que sólo podrá alcanzar plenamente en el siglo futuro» (GS,40). Por eso no se le puede pedir que sus fuerzas queden exclusiva o principalmente absorbidas por las exigencias y los problemas del mundo terreno. Y tampoco es posible valorar de modo correcto su acción en el mundo de hoy, como en el de los siglos pasados, juzgándola únicamente desde el punto de vista de los fines temporales o del bienestar material de la sociedad.

 

»La orientación hacia el mundo futuro le es esencial. Sabe que está rodeada por las realidades visibles, pero es consciente de que debe ocuparse de lo visible con vistas al reino eterno invisible, que ya realiza misteriosamente y a cuya plena manifestación ardientemente aspira. Esta verdad fundamental ha quedado muy bien expresada en el dicho tradicional: Per visibilia ad invisibilia: por medio de las realidades visibles hacia las invisibles.

 

»En la tierra la Iglesia está presente como familia de los hijos de Dios, constituida y ordenada en este mundo como una sociedad. Por esta razón, se siente partícipe de las vicisitudes humanas en solidaridad con la humanidad entera. Como recuerda el Concilio, «avanza junto con toda la humanidad y experimenta la misma suerte terrena» (GS,40). Eso significa que la Iglesia experimenta en sus miembros las pruebas y las dificultades de las naciones, de las familias y de las personas participando en el fatigoso peregrinar de la humanidad por los caminos de la historia. Al tratar de las relaciones de la Iglesia con el mundo, el concilio Vaticano II toma como punto de partida esta participación de la Iglesia en «los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres» (Ib.1). Hoy, de manera especial, gracias al nuevo conocimiento universal de las condiciones reales del mundo, esa participación se ha hecho muy intensa y profunda. (...)

 

»La Iglesia, aunque tiene una misión que «no es de orden político, económico o social, sino de orden religioso» (Cf. GS,42) lleva a cabo una acción benéfica también en favor de la sociedad. Esa acción se realiza de varias formas. Suscita obras destinadas al servicio de todos y especialmente de los necesitados; promueve «una sana socialización y asociación civil y económica», exhorta a los hombres a superar las desavenencias entre naciones y razas, favoreciendo la unidad a nivel internacional y mundial; apoya y sostiene, en la medida de sus posibilidades, las instituciones que miran al bien común.

 

»Orienta y anima la actividad humana e impulsa a los cristianos a comprometer sus fuerzas en todos los campos para el bien de la sociedad. Los invita a seguir el ejemplo de Cristo, carpintero de Nazaret, a guardar el precepto del amor al prójimo, a realizar en su vida la exhortación de Jesús a hacer fructificar los propios talentos (Cf. Mt 25,14-30). Los estimula, además, a dar su contribución al esfuerzo científico y técnico de la sociedad humana; a comprometerse en las actividades temporales, campo propio de los seglares, para el progreso de la cultura, la realización de la justicia y el logro de la verdadera paz».

 

De nuevo el papa León XIV invitaba al agradecimiento de los fieles por encontrar en la fe de la Iglesia es cauce cierto del encuentro con Dios: «nos hace sentir agradecidos por pertenecer a la Iglesia, cuerpo de Cristo resucitado y único pueblo de Dios peregrino en la historia, que vive como presencia santificadora en medio de una humanidad todavía fragmentada, como signo eficaz de unidad y reconciliación entre los pueblos».

Puesto que el encuentro con Dios es personal, encarnado e histórico, cada hombre puede aceptarlo o rechazarlo, entrar en la universalidad o aislarse en la propia subjetividad. Y no extrañe que encuentre incomprensiones y rechazos en algunas personas e instituciones, pues no conviene olvidar el ámbito de libertad que proponer el Evangelio que chocará con propuestas absorbentes e ideologías reductivas de las personas.

 



[1] Cf. Juan Pablo II, Audiencia general, 21-VI-1995