lunes, 20 de abril de 2026

Semana Santa en paz

La Semana Santa no es sólo un acontecimiento cultural importante sino la celebración del misterio central de la fe cristiana, arraigada en los pueblos de España desde hace siglos.

El descanso, los viajes, y la fiesta son ocasiones para frenar el ritmo habitual y acercarse a la meditación sobre Jesucristo y la Virgen María: ver en qué medida participamos de la fe cristiana que se ha encarnado y es profundamente humana. Las procesiones van a más en toda la geografía, con muchos miles de cofrades y seguidores devotos que hacen un esfuerzo por ir a lo esencial. Las tallas del Cristo en la cruz, atado y flagelado en la columna, llevando la cruz, la Virgen dolorosa y de la Esperanza, así como otros personajes, nos meten en la Pasión de Jesucristo, nos conmueven para preguntarse qué hace cada uno con su vida, qué relación tiene con Dios, y qué actitudes tiene ante el drama del dolor asumido por Jesús.

Con la vida

En la homilía del Domingo de Ramos el papa León XIV ha vuelto a pedir con energía la paz para los lugares en conflicto actual, Irán, Israel y Líbano, principalmente. Comenzaba diciendo: «Miremos a Jesús, que se presenta como Rey de la paz, mientras a su alrededor se prepara la guerra. Él, que permanece firme en la mansedumbre, mientras los demás se agitan en la violencia. Él, que se ofrece como una caricia para la humanidad, mientras los otros empuñan espadas y palos. Él, que es la luz del mundo, mientras las tinieblas están a punto de cubrir la tierra. Él, que vino a traer vida, mientras se lleva a cabo el plan para condenarlo a muerte».

Unos días antes ha celebrado una Eucaristía en Mónaco y en la homilía ha defendido también la vida en todo momento con alusión a las guerras actuales y al aborto. Concretamente ha dicho que «cada vida truncada es una herida en el cuerpo de Cristo», y pide que «¡No nos acostumbremos al estruendo de las armas, a las imágenes de la guerra!». A lo que ha añadido que «la paz no es un mero equilibrio de fuerzas, es obra de corazones purificados, de quienes ven en el otro a un hermano a quien cuidar, no a un enemigo a quien derribar».

Además ha manifestado que «es la misericordia la que salva al mundo», haciendo una llamada a proteger la vida humana en todas sus etapas como eje central de su visita. La fe, según el Papa, debe estar «pronta a proteger siempre con amor toda vida humana, en cualquier momento y condición, para que nadie sea excluido jamás de la mesa de la fraternidad». Rechaza así las dinámicas sociales que descartan a los más vulnerables como ocurre con el aborto. El mundo necesita la misericordia que «cuida de cada existencia humana desde que florece en el seno materno hasta que se marchita en toda su fragilidad».

Recordemos que al comienzo de la Cuaresma el Papa pedía también la paz ante las guerras actuales y exhorta a todas las personas de buena voluntad a vivir en paz. Según sus palabras este tiempo nos pide «abstenerse de utilizar palabras que afectan y lastiman a nuestro prójimo. Empecemos a desarmar el lenguaje, renunciando a las palabras hirientes, al juicio inmediato, a hablar mal de quienes están ausentes y no pueden defenderse, a las calumnias. Esforcémonos, en cambio, por aprender a medir las palabras y a cultivar la amabilidad: en la familia, entre amigos, en el lugar de trabajo, en las redes sociales, en los debates políticos, en los medios de comunicación y en las comunidades cristianas. Entonces, muchas palabras de odio darán paso a palabras de esperanza y paz».  

Superar el odio

No olvidamos que las guerras desatan lo peor del ser humano conculcando los derechos y las vidas de millones de víctimas y favoreciendo solo a unos pocos que se imponen y enriquecen con el dolor ajeno. Si bien es cierto que no es lo mismo desatar la violencia que defenderse de las injustas agresiones. Harían bien algunos hombres y mujeres públicos en considerar esas advertencias del papa León XIV en bien de todos.

Más que leyes contra el odio hacen falta políticos generosos con altura de miras. Más que decretos contra el odio hace falta ganas de llegar a un entendimiento y no enfrentar a unos con otros. Porque hace poco el Gobierno actual planteaba rastrear la «Huella del Odio» que recuerda la tendencia a vigilar las libertades y establecer una nueva forma de censura desde el poder.  Sí, no andamos sobrados de palabras y hechos de paz, y buscar el bien común en vez perseguir el bien propio.

Finalmente, la noticia del viaje del papa León XIV a Madrid, Barcelona y Canarias nos ilusiona con escuchar palabras de paz y concordia, de tender puentes en vez de muros, y manifiesta que el Papa tiene esperanza en la capacidad de los españoles para vivir en paz y crecer como cristianos coherentes con la fe que profesamos: es cultura, es fiesta, y sobre todo es creer en Jesucristo Salvador del mundo.

 

Jesús Ortiz López

Vivir de otro modo

Los astronautas de la misión Artemis II han llegado más lejos que nadie y han orbitado la cara oculta de la Luna con una visión inédita de la Tierra desde la nave Orión a 406 mil km de la tierra y 6 mil de la Luna.


 Sí, están en la Luna

Como es sabido, al entrar en la zona sin comunicación desearon que el amor reine en la Tierra tan pequeñita a esas distancias pero tan importante porque es nuestro gran hogar, y dijeron:  «Cristo dijo, al responder cuál era el mandamiento más grande, que era amar a Dios con todo lo que eres; y Él, siendo también un gran maestro, dijo que el segundo es semejante a este: amarás al prójimo como a ti mismo». Porque ante la grandeza del universo desde esa parcela que es la Tierra con su Luna, el corazón se expande intuyendo la inmensidad y los misterios que encierra. Y entonces, acordarse de Dios es lo natural.

 La Luna está es nuestra amable vecina, y más allá están Marte, Júpiter, Saturno… y el Sistema solar a la vuelta de esquina; nuestra Galaxia un poco más allá, y otras galaxias, etcétera. Experimentamos el vértigo maravilloso por la inmensidad, pero sabiendo que no es infinito porque ha tenido un principio, el famoso Big-bang, y una causa real que es el Dios Omnipotente Personal.

 Esta Pascua dice el papa León XIV: «Hermanos y hermanas, la Pascua del Señor nos da esta esperanza, recordándonos que en Cristo resucitado una nueva creación es posible cada día. Así nos lo dice el Evangelio proclamado hoy, que sitúa el acontecimiento de la resurrección de manera precisa: “El primer día de la semana” (Jn 20,1). El día de la resurrección de Cristo nos remite así a la creación, a aquel primer día en el que Dios creó el mundo, y nos anuncia, al mismo tiempo, que una vida nueva, más fuerte que la muerte, está ahora brotando para la humanidad».

 

Alabanza al Artista divino

 En la Vigilia Pascual se leen varios textos de la Biblia comenzando por el Génesis que narra hechos reales con palabras sencillas: «Al principio creó Dios el cielo y la tierra. La tierra estaba informe y vacía; la tiniebla cubría la superficie del abismo, mientras el espíritu de Dios se cernía sobre la faz de las aguas». El mundo conocido y el inmenso mundo todavía desconocido, el universo entero, es obra del Artista divino que actúa a lo grande como sólo él puede hacerlo y gobernarlo con providencia amorosa.

 El salmo 104 reconoce y alaba al Creador cuando canta: 

1 Bendice, alma mía, al Señor:

¡Dios mío, qué grande eres!

Te vistes de belleza y majestad,

2 la luz te envuelve como un manto.

Extiendes los cielos como una tienda,

3 construyes tu morada sobre las aguas;

las nubes te sirven de carroza,

avanzas en las alas del viento;

4 los vientos te sirven de mensajeros;

el fuego llameante, de ministro.

5 Asentaste la tierra sobre sus cimientos,

y no vacilará jamás;

6 la cubriste con el manto del océano,

y las aguas se posaron sobre las montañas;

7 pero a tu bramido huyeron,

al fragor de tu trueno se precipitaron,

8 mientras subían los montes y bajaban los valles:

cada cual al puesto asignado. (…)

19 Hiciste la luna con sus fases,

el sol conoce su ocaso.

20 Pones las tinieblas y viene la noche,

y rondan las fieras de la selva;

21 los cachorros del león rugen por la presa,

reclamando a Dios su comida.

22 Cuando brilla el sol, se retiran

y se tumban en sus guaridas;

23 el hombre sale a sus faenas,

a su labranza hasta el atardecer.

24 Cuántas son tus obras, Señor,

y todas las hiciste con sabiduría;

la tierra está llena de tus criaturas. (…)

 Y termina su alabanza: ¡Bendice, alma mía, al Señor! ¡Aleluya! Y así la liturgia de estos días de la Gran Pascua sigue ese eco: ¡Aleluya! ¡Aleluya! ¡Aleluya!

  

En verdad Jesucristo ha resucitado

 La liturgia de la Vigilia Pascual nos pone en la órbita de Dios Creador del universo como obra del Dios tripersonal Padre, Hijo y Espíritu Santo. Renovamos nuestra fe encendida de nuevo como las velas que portamos, y recibimos nuevo impulso al ver la fe inicial de los neófitos que son bautizados en esa noche santa, varios miles en España, Francia, USA, etc. Y quedamos asombrados también de los misterios normales que se iluminan desde la nueva perspectiva de la Vida nueva inaugurada por Jesucristo Salvador del mundo.

 Entre los fundadores de otras religiones y sus seguidores siempre hay un cadáver, mientras que entre Jesucristo y sus discípulos sólo hay un sepulcro vacío. Jesucristo ha resucitado y sube a los cielos, enviando junto con el Padre al Espíritu para hacernos hijos de Dios, herederos de la gloria. Es otro tipo de vida, ya aquí en la tierra. Y estamos llamados a resucitar con Cristo; por eso buscamos las cosas de arriba sin abandonar las de abajo. Creer en el Resucitado es comenzar a vivir como resucitados.

 El sepulcro vacío es el signo y el primer paso para reconocer la Resurrección del Señor: la ausencia del cuerpo no era obra humana. Las numerosas apariciones de Jesús resucitado completarán los signos, probando que es el mismo Jesús -que conserva las cinco llagas y come con ellos-, ahora con un cuerpo glorioso

 “Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en Judea y en Jerusalén” dicen los Apóstoles ante multitudes en los días siguientes a la Resurrección dando testimonio de Aquel en quien han creído, y lo hacen trabajando durante años por la expansión de la Iglesia, cumpliendo la misión confiada por Jesús. También el filósofo Gabriel Marcel daba gracias por haber tratado a cristianos que tenían tan dentro a Cristo “que ya no me era lícito seguir dudando”. Ellos pertenecen a la estirpe de los santos.

 

Caminar a la luz de la fe

 En este tiempo difícil consideremos las palabras del Papa en su mensaje Urbi et Orbi del Domingo de Resurrección: «Hermanos y hermanas, el Señor, con su resurrección nos enfrenta con mayor intensidad aún al drama de nuestra libertad. Frente al sepulcro vacío podemos llenarnos de esperanza y asombro, como los discípulos, o de miedo, como los guardias y los fariseos, obligados a recurrir a la mentira y al engaño para no reconocer que aquel que había sido condenado verdaderamente ha resucitado (cf. Mt 28,11-15).

»A la luz de la Pascua, ¡dejémonos sorprender por Cristo! ¡Dejemos que su inmenso amor por nosotros nos transforme el corazón! ¡Que quienes tienen armas en sus manos las abandonen! ¡Que quienes tienen el poder de desatar guerras, elijan la paz! No una paz impuesta por la fuerza, sino mediante el diálogo. No con la voluntad de dominar al otro, sino de encontrarlo.

»Nos estamos acostumbrando a la violencia, nos resignamos a ella y nos volvemos indiferentes. Indiferentes ante la muerte de miles de personas. Indiferentes ante las secuelas de odio y división que siembran los conflictos. Indiferentes ante las consecuencias económicas y sociales que estos desencadenan y que, sin embargo, todos percibimos. Existe una “globalización de la indiferencia” cada vez más marcada, por retomar una expresión muy querida por el Papa Francisco, quien hace justo un año, desde esta logia, dirigió al mundo sus últimas palabras, recordándonos: «Cuánta voluntad de muerte vemos cada día en los numerosos conflictos que afectan a diferentes partes del mundo».

En esta Pascua recibimos también la fuerza del Resucitado para ser testigos de una cultura de vida que se opone a una cultura de muerte, favorable a la manipulación genética, a la contracepción o a la eutanasia, confundiendo las conciencias menos formadas. Los creyentes nos alegramos hoy con la Virgen María y creemos en la Resurrección de Cristo y en la Vida eterna. Por todo eso defendemos siempre con alegría la vida humana.

  

Jesús Ortiz López

 

https://www.religionenlibertad.com/blogs/piedras-vivas/260410/vivir-otro-modo_117536.html

 

Juan Pablo II: Un legado para la Iglesia de hoy

El papa León XIV viajará a España, Madrid, Barcelona y Canarias, al comienzo del verano. Viene hablando en las catequesis semanales de la Iglesia del Vaticano II, siguiendo la constitución Lumen Gentium: es la Iglesia que desarrolló Juan Pablo II y por eso puede ser útil ahora recordar algunas perspectivas del Papa polaco.

Además, se han cumplido veinte años de la muerte de Juan Pablo II uno de los pontificados más largos de la historia. Ha sido el pontífice de la esperanza que ha levantado la Iglesia en el mundo entero, atrayendo a los jóvenes con las Jornadas Mundiales de los Jóvenes, con sus muchos viajes por el mundo entero, y con su extenso magisterio.

1. Hacia el tercer milenio

Para preparar el tercer milenio el Papa publicó tres encíclicas que son: Redentor del hombre sobre Jesucristo en 1979; Rico en misericordia dedicada a Dios Padre en 1980; Señor y dador de vida sobre el Espíritu Santo en 1986.

Gran importancia tiene otras dos encíclicas, una sobre Fe y razón en 1988, las dos alas por las que el entendimiento se eleva a la verdad, señalaba; y la otra sobre el Esplendor de la verdad en 1993, acerca de la vida moral como ejercicio de la libertad unida a la verdad. Estas y otras más son luz para el pensamiento contemporáneo y panorama de fe para la vida de los fieles.

Además Juan Pablo II ha marcado el proyecto de la Iglesia en el tercer milenio con la carta apostólica, Al llegar el tercer milenio en el 2001, con orientaciones para los principales ámbitos de la vida cristiana y su aportación al pensamiento contemporáneo. De ella pueden ser destacadas algunas ideas con el hilo conductor de las palabras de Jesucristo a Pedro y los apóstoles «Duc in altum», guía mar adentro.

Jesucristo es el centro de la vida del cristiano y de todos los hombres, aunque todavía muchos lo ignoran, y por eso urge realizar la nueva evangelización, especialmente entre los jóvenes. Conocer a Jesucristo es contemplar su rostro desde el testimonio de los Evangelios proclamados y meditados, ese rostro del Hijo, el rostro doliente, y el rostro del Resucitado.

Se trata de caminar con Jesucristo en este mundo con los pies en la tierra y la mirada en el Cielo, fortalecidos con la oración, la Eucaristía, el sacramento de la Reconciliación y la escucha de la Palabra. De este modo el católico, el cristiano, llega a ser testigo del amor de Dios por todos los hombres. Y termina enlazando con la renovación impulsada por el Concilio Vaticano II, tarea continua del Santo Padre.

 

2. Jesucristo centro de la vida cristiana

Con el concilio Juan Pablo II este programa para el milenio propone buscar siempre el rostro de Jesucristo, centro de la Iglesia, de la historia, y de la vida humana, al que llega por la fe. Ciertamente es don de Dios que concede a quienes le buscan con sinceridad, tantas veces a partir de las preguntas fundamentales acerca del hombre, del sentido de la vida, y de la vida futura más allá de la barrera de la muerte.

Presenta la oración como diálogo con Jesucristo, personal y comunitario, pues no se concibe un cristiano sin oración; sería un cristiano de riesgo dice el Papa: riesgo de rebajar la visión sobrenatural de la fe y la esperanza, riesgo de aburguesarse, e incluso de perder la fe. La Eucaristía es centro de la vida de la Iglesia y de los fieles que alimentan su caridad y la fuerza para dar testimonio valiente de Dios. Exhorta a vivir una espiritualidad de comunión de gracias y bienes sobrenaturales de quienes conocen a Jesucristo, católicos, cristianos y hermanos separados. El Jesucristo en que creemos es el mismo Resucitado que camina con nosotros en la historia y encontramos en la Iglesia.

 

3. Cristo sí, Iglesia sí.

La unión con Jesucristo real, Dios encarnado y presente en la Eucaristía, lleva a entender bien a la Iglesia como camino universal de salvación para todos. El testimonio de tantos santos canonizados por Juan Pablo II, muchos mártires, muchos fundadores y bastantes jóvenes, invitan a la conversión pues reflejan bien el rostro de Jesucristo.

Durante la segunda guerra mundial, una gran ciudad alemana sufrió grandes bombardeos que destruyeron varios edificios, entre ellos la catedral; quedaron dañados sus muros, colgaban algunas vigas y, entre ladrillos dispersos, quedó seriamente dañado el Cristo que presidía el retablo.

Al terminar la guerra, los habitantes de aquella ciudad reconstruyeron con paciencia su Cristo ensamblando las distintas partes del cuerpo, menos los brazos, que estaban literalmente pulverizados. ¿Habría que tallar unos brazos nuevos o guardar el Cristo mutilado en un museo? Después de mucho pensar, decidieron devolverlo al altar mayor, tal como había quedado, pero en lugar de los brazos perdidos, escribieron un cartel que decía: "Desde ahora Jesucristo no tiene más brazos que los nuestros". 

"Cristo sí; Iglesia no", dicen algunos cuando desconocen el origen y la naturaleza de la Iglesia de Jesucristo, su historia bimilenaria realizando los planes redentores del Señor, y la misión que corresponde al cristiano de ser testigo fiel de Jesucristo.

Hoy día algunos manifiestan su desconfianza hacia la Iglesia, tal vez originada por ignorar su historia de servicio a la humanidad y la notable aportación de muchos santos, p.ej. numerosas labores asistenciales, educativas y culturales, y siempre la defensa valiente de la vida y de los derechos humanos.  Con frecuencia esa mala opinión procede de una religiosidad débil que reduce la fe al sentimiento; entonces, las enseñanzas de la Iglesia, que están apoyadas en las leyes divinas y en su magisterio secular, caen sobre un yo imbuido de subjetivismo que sólo admite lo que le conviene.

Pero si esa infeliz frase manifiesta el desafecto a la Iglesia, la afirmación "Creo en la Iglesia Católica", que el cristiano profesa en el Símbolo de la fe, expresa todo su amor a ella. Comprenderemos con mayor hondura aspectos bien concretos del misterio de la Iglesia y de su misión salvadora:  es incalculable el bien que ha hecho a lo largo de estos veinte siglos por la elevación y defensa de los hombres y mujeres, aunque unos pocos alteren la historia con sus prejuicios y lleguen a confundir a personas poco formadas. Además, el Evangelio vivido y predicado por los cristianos constituye el substrato de Europa y del mundo occidental, y ha impulsado siempre el encuentro con nuevas culturas en todos los continentes

Los frutos de santidad en la Iglesia son patentes a cualquier persona de buena voluntad y apuntan a la intervención divina en la historia. Porque la Iglesia está formada por hombres, pero es animada y dirigida por el Espíritu Santo. A ello hay que añadir el prestigio de la autoridad moral de sus enseñanzas.

La Iglesia es a la vez el Pueblo de Dios Padre, el Cuerpo de Cristo, y el Templo del Espíritu Santo. Es la verdadera comunión entre Dios y los hombres, y de los hombres entre sí, por la gran obra de amor que es la Encarnación y Redención obrada por Jesucristo. Juan Pablo II y los otros pontífices muestran que hay un plan salvador que procede de la iniciativa divina, con llamadas de Dios que esperan respuesta humana: las manos de Dios se tienden a los hombres esperando que sepamos acoger los dones generosamente ofrecidos. Porque la Iglesia no es una sociedad simplemente humana donde decidimos las relaciones con Dios, los contenidos de la fe, o la celebración del culto, según la sensibilidad de cada época.

También el papa León XIV ha reconocido que se ha dado una fractura en la transmisión de la fe durante una generación, sin embargo crecen las conversiones a la fe cristiana y muchos se incorporan a la Iglesia como hogar y Familia de familias. Crece el interés de los jóvenes por participar en la vida de la Iglesia en grupos dinámicos, con iniciativas de servicio, con mucho empuje y alegría, y sobre todo con deseos de conocer mejor a Jesucristo. 

Veinte años después de su muerte de Juan Pablo II permanece su legado que es el Magisterio de la Iglesia anterior y posterior a su figura insigne. Desde la fe podemos ver en Benedicto XVI, Francisco y ahora León XIV los auténticos sucesores de Pedro, con aportaciones personales en el gran surco de la fe bimilenaria de la Iglesia, la misma nacida con Jesucristo, desarrollada por los Apóstoles y sucesores, y vivida por los cristianos en cada tiempo de nuestra historia.

 

Jesús Ortiz López

Iglesia viva luz del mundo

En las catequesis de cada semana el papa León XIV viene comentando la constitución sobre la Iglesia, Lumen Gentium, luz del mundo del Vaticano II. Pocas instituciones se han preparado para el siglo XXI haciendo un balance de los activos y de los desafíos para el cambio de época que estamos viviendo.

Puertas abiertas

El papa habla desde la fe que está abierta también a los que no practican o no participan todavía de la familiaridad para encontrar a Jesucristo y en definitiva a Dios.

«Se trata -dice- del plan de Dios que tiene un objetivo: unificar a todas las criaturas gracias a la acción reconciliadora de Jesucristo, acción que se llevó a cabo en su muerte en la cruz. Esto se experimenta ante todo en la asamblea reunida para la celebración litúrgica: allí las diversidades se relativizan, lo que cuenta es encontrarse juntos porque nos atrae el Amor de Cristo, que ha derribado el muro de separación entre personas y grupos sociales (cf. Ef 2, 14). Para San Pablo el misterio es la manifestación de lo que Dios ha querido realizar para la entera humanidad y se da a conocer en experiencias locales, que gradualmente se dilatan hasta incluir a todos los seres humanos e incluso al cosmos.

»La condición de la humanidad es una fragmentación que los seres humanos no son capaces de reparar, aunque la tensión hacia la unidad habite en sus corazones. En esa condición se inscribe la acción de Jesucristo, que, mediante el Espíritu Santo, venció a las fuerzas de la división y al Divisor mismo. Encontrarse juntos celebrando, habiendo creído en el anuncio del Evangelio, y vivido como atracción ejercitada por la cruz de Cristo, que es la manifestación suprema del amor de Dios; y sentirse convocados juntos por Dios: por eso se usa el término ekklesía, es decir, asamblea de personas que reconocen haber sido convocadas. Así pues, hay una cierta coincidencia entre este misterio y la Iglesia: la Iglesia es el misterio hecho perceptible.

La unión con Dios encuentra su reflejo en las personas humanas: «Este texto permite comprender la relación entre la acción unificadora de la Pascua de Jesús, que es misterio de pasión, muerte y resurrección, y la identidad de la Iglesia. Al mismo tiempo, nos hace sentir agradecidos por pertenecer a la Iglesia, cuerpo de Cristo resucitado y único pueblo de Dios peregrino en la historia, que vive como presencia santificadora en medio de una humanidad todavía fragmentada, como signo eficaz de unidad y reconciliación entre los pueblos».

Las próximas semanas seguirá exponiendo otros aspectos importantes del misterio de la Iglesia, no tanto porque ella sea difícil de entender sino por la magnitud de su ser y su mensaje, así como su capacidad para unir a los hombres.

El actor español Carlos Mollá ha trabajado en Hollywood en varias películas, y además escribe y pinta como artista con inventiva. En una entrevista hablaba de su trato con Dios que encuentra en la paz de los templos católicos En esa entrevista Mollá hablaba así de su fe: "Las iglesias son el único sitio donde me siento seguro". Para él, decía, el trabajo creativo es un proceso meditativo: "Absolutamente. Y religioso. Sí, soy un gran creyente". Y añadía que: "Para mí lo único que existe es Dios. La gente se sorprende y dice, 'No lo entiendo, ¿estás de coña?', pero no me importa. Lo tengo más claro que el agua: lo único que realmente existe es Dios. Y los humanos, pues humanos son. Yo experimento a Dios a través de otras personas".

"La gente lo malinterpreta, tiene mucho miedo de la creencia. Se politiza, se deshumaniza. Cuando uno habla de Dios, todo el mundo tiembla", afirmaba.

Viene a corroborar la experiencia general de que al Dios real se le encuentra en el silencio y la sinceridad, en el  ámbito de la Iglesia. Porque Dios no es un ser abstracto ideado por los hombres sino que se ha encarnado en Jesucristo, ha fundado la Iglesia como unión común en la vida y no solo en las ideas.

 

Juan Pablo II sobre la Iglesia

También el papa Juan Pablo II expuso las enseñanzas sobre la vida de la Iglesia en nuestro tiempo. Un magisterio rico que invita ayer y hoy a profundizar en el ser y misión de la Iglesia, no solo a la jerarquía sino principalmente a los fieles que reconocen su participación en la misión evangelizadora para el nuevo siglo y siempre.

En una audiencia del año 1995[1] decía que: «Ante todo es preciso recordar que la Iglesia «tiene un fin salvífico y escatológico que sólo podrá alcanzar plenamente en el siglo futuro» (GS,40). Por eso no se le puede pedir que sus fuerzas queden exclusiva o principalmente absorbidas por las exigencias y los problemas del mundo terreno. Y tampoco es posible valorar de modo correcto su acción en el mundo de hoy, como en el de los siglos pasados, juzgándola únicamente desde el punto de vista de los fines temporales o del bienestar material de la sociedad.

 

»La orientación hacia el mundo futuro le es esencial. Sabe que está rodeada por las realidades visibles, pero es consciente de que debe ocuparse de lo visible con vistas al reino eterno invisible, que ya realiza misteriosamente y a cuya plena manifestación ardientemente aspira. Esta verdad fundamental ha quedado muy bien expresada en el dicho tradicional: Per visibilia ad invisibilia: por medio de las realidades visibles hacia las invisibles.

 

»En la tierra la Iglesia está presente como familia de los hijos de Dios, constituida y ordenada en este mundo como una sociedad. Por esta razón, se siente partícipe de las vicisitudes humanas en solidaridad con la humanidad entera. Como recuerda el Concilio, «avanza junto con toda la humanidad y experimenta la misma suerte terrena» (GS,40). Eso significa que la Iglesia experimenta en sus miembros las pruebas y las dificultades de las naciones, de las familias y de las personas participando en el fatigoso peregrinar de la humanidad por los caminos de la historia. Al tratar de las relaciones de la Iglesia con el mundo, el concilio Vaticano II toma como punto de partida esta participación de la Iglesia en «los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres» (Ib.1). Hoy, de manera especial, gracias al nuevo conocimiento universal de las condiciones reales del mundo, esa participación se ha hecho muy intensa y profunda. (...)

 

»La Iglesia, aunque tiene una misión que «no es de orden político, económico o social, sino de orden religioso» (Cf. GS,42) lleva a cabo una acción benéfica también en favor de la sociedad. Esa acción se realiza de varias formas. Suscita obras destinadas al servicio de todos y especialmente de los necesitados; promueve «una sana socialización y asociación civil y económica», exhorta a los hombres a superar las desavenencias entre naciones y razas, favoreciendo la unidad a nivel internacional y mundial; apoya y sostiene, en la medida de sus posibilidades, las instituciones que miran al bien común.

 

»Orienta y anima la actividad humana e impulsa a los cristianos a comprometer sus fuerzas en todos los campos para el bien de la sociedad. Los invita a seguir el ejemplo de Cristo, carpintero de Nazaret, a guardar el precepto del amor al prójimo, a realizar en su vida la exhortación de Jesús a hacer fructificar los propios talentos (Cf. Mt 25,14-30). Los estimula, además, a dar su contribución al esfuerzo científico y técnico de la sociedad humana; a comprometerse en las actividades temporales, campo propio de los seglares, para el progreso de la cultura, la realización de la justicia y el logro de la verdadera paz».

 

De nuevo el papa León XIV invitaba al agradecimiento de los fieles por encontrar en la fe de la Iglesia es cauce cierto del encuentro con Dios: «nos hace sentir agradecidos por pertenecer a la Iglesia, cuerpo de Cristo resucitado y único pueblo de Dios peregrino en la historia, que vive como presencia santificadora en medio de una humanidad todavía fragmentada, como signo eficaz de unidad y reconciliación entre los pueblos».

Puesto que el encuentro con Dios es personal, encarnado e histórico, cada hombre puede aceptarlo o rechazarlo, entrar en la universalidad o aislarse en la propia subjetividad. Y no extrañe que encuentre incomprensiones y rechazos en algunas personas e instituciones, pues no conviene olvidar el ámbito de libertad que proponer el Evangelio que chocará con propuestas absorbentes e ideologías reductivas de las personas.

 



[1] Cf. Juan Pablo II, Audiencia general, 21-VI-1995

Conversión: conversiones

Cada año, el Miércoles de Ceniza inicia la Cuaresma para los católicos, un tiempo para vivir con más recogimiento y calibrar el peso de nuestra vida cara a Dios. La recepción de la ceniza, como sacramental que es, concede una serie de gracias para recorrer este tiempo con la mirada puesta en la meta, en la Vida eterna con Dios[1].

Al inicio del nuevo año el papa León XIV enseñaba que «la Liturgia nos recuerda que cada día puede ser, para cada uno de nosotros, el comienzo de una vida nueva, gracias al amor generoso de Dios, a su misericordia y a la respuesta de nuestra libertad. Y es hermoso pensar así el año que comienza: como un camino abierto, por descubrir, en el que aventurarnos, por gracia, libres y portadores de libertad, perdonados y dispensadores de perdón, confiados en la cercanía y en la bondad del Señor que siempre nos acompaña».

Las lecturas de la misa en estos días alimentan el sentido de penitencia para rectificar el rumbo de la vida tomando en serio las gracias de Dios que llama fuerte y suavemente al corazón de cada uno.

El catecismo expone el sentido de la conversión del corazón y de la penitencia:  «Jesús llama a la conversión. Esta llamada es una parte esencial del anuncio del Reino: "El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva" (Mc 1, 15). En la predicación de la Iglesia, esta llamada se dirige primeramente a los que no conocen todavía a Cristo y su Evangelio. Así, el Bautismo es el lugar principal de la conversión primera y fundamental. Por la fe en la Buena Nueva y por el Bautismo (cf. Hch 2, 38) se renuncia al mal y se alcanza la salvación, es decir, la remisión de todos los pecados y el don de la vida nueva.

«Ahora bien, la llamada de Cristo a la conversión sigue resonando en la vida de los cristianos. Esta segunda conversión es una tarea ininterrumpida para toda la Iglesia que "recibe en su propio seno a los pecadores" y que siendo "santa al mismo tiempo que necesitada de purificación constante, busca sin cesar la penitencia y la renovación" (LG 8). Este esfuerzo de conversión no es sólo una obra humana. Es el movimiento del "corazón contrito" (Sal 51, 19), atraído y movido por la gracia (cf Jn 6, 44; Jn 12, 32) a responder al amor misericordioso de Dios que nos ha amado primero (cf 1Jn 4, 10)[2].

 

De Saulo a Pablo

Saulo avanzaba camino de Damasco cuando fue frenado por la aparición de Jesucristo mostrándole que perseguir a los discípulos es perseguirle a él, Dios con nosotros muerto y resucitado. La ceguera sobrevenida fue necesaria para encontrarse con Jesús, rectificar el rumbo equivocado de su vida, y aceptar la llamada a dar testimonio del Evangelio, la Buena Nueva de la Salvación definitiva obrada por Jesucristo. El cambio de nombre, Saulo a Paulus es transformación radical de su persona preparada ahora para la misión encomendada. El libro con los Hechos de los Apóstoles refiere por tres veces esa conversión decisiva para la expansión de la fe y prototipo de otras muchas conversiones más o menos extraordinarias a lo largo de la historia de la Iglesia y de la biografía de tantos santos. Veamos tan solo algunas de ellas como acta asombrosa de fe a la llamada de Dios que abren ventanas a nuestras propias conversiones.

 

Edith Stein. "Esta es la verdad".

Edith Stein había nacido en el seno de una familia hebrea creyente. Pero su precaria formación religiosa no resistió los embates del racionalismo que prescinde de cuanto escapa de la Lógica humana, como pasa en el mundo religioso. Pero desde muy joven emprendió una apasionada búsqueda de la verdad y de lo absoluto, que le llevó a emprender los estudios de filosofía.

A través de un profesor empezó a conocer algunas ideas católicas, que se intensificaron al tratar al joven matrimonio de los profesores Adolf y Ana Reinach. Cuando el marido de ésta murió en el frente de batalla, durante la segunda guerra mundial, Edith quedó fuertemente impresionada por la entereza de Ana, pues intuía que aquello debía tener un origen superior a todo lo humano. "Allí encontré por primera vez -confiesa- la Cruz y el poder divino que comunica a los que la llevan. Fue mi primer vislumbre de la Iglesia, nacida de la Pasión redentora de Cristo, de su victoria sobre la mordedura de la muerte. En ese momento, mi incredulidad se derrumbó, en él el judaísmo palideció ante la aurora de Cristo, Cristo en el misterio de la Cruz".

La revelación de la grandeza que encierra el cristianismo para quienes saben responder a su llamada, se acrecentó de forma decisiva al leer más tarde por casualidad la vida de Santa Teresa de Jesús. Estando en casa de unos amigos tomó al azar de la biblioteca la autobiografía de la santa: "Empecé a leer -escribe-, y fui cautivada inmediatamente, sin poder dejar de leer hasta el fin. Cuando cerré el libro me dije: Esta es la verdad".

A la mañana siguiente, Edith se apresuró a comprar un catecismo y un misal. Y tras haber estudiado detenidamente el catecismo y la Misa, se decidió a asistir por primera vez a la celebración eucarística. Al final de la Misa se acercó al párroco a pedirle que la bautizara. Este, sorprendido, se rindió a la evidencia: la intelectual atea estaba verdaderamente dispuesta para recibir el Bautismo. Y un tiempo después, el 1 de enero de 1942, Edith sintió que renacía a una nueva vida en la Iglesia de Jesucristo y la colmaba de gozo.

Más tarde Edith profesó como religiosa carmelita con el nombre de Teresa Benedicta de la Cruz, primero en Colonia y después en Echt en los Países Bajos. Las superioras la animaron a seguir cultivando la filosofía y fue enriqueciendo su formación filosófica con la fe, dos alas por las que el entendimiento se remonta hasta la verdad: muchas verdades sobre la realidad que remiten en último orden a Dios Verdad plena. La persecución nazi, la ideología criminal que intenta sustituir a Dios, llegó a su convento en Holanda y fue deportada a Auschwitz donde murió mártir en las cámaras de gas. Fue canonizada por Juan Pablo II en 1998 y nombrada copatrona de Europa.

 

T. Goricheva. "La Iglesia es siempre joven".

Tatiana Goricheva nació en Leningrado y fue educada en el ateísmo militante. Dirigente de la juventud comunista y profesora de filosofía, se refugia en una vida de excesos, se entusiasma con los filósofos existencialistas y busca el equilibrio interior practicando el yoga... Hasta que al conocer como un mantra más el Padrenuestro encontró la fe que transformó por completo su vida.

Confiesa que desde su temprana juventud: "Yo vivía como una pequeña bestezuela acorralada y furiosa, sin erguirme jamás y levantar la cabeza, sin hacer intento alguno de comprender o decidir algo (...). En las redacciones escolares escribía -como era de ley- que amaba a la patria, a Lenin y a mi madre; pero eso era pura y llanamente una mentira. Desde mi infancia odié todo lo que me rodeaba: odiaba a las personas con sus minúsculas preocupaciones y angustias; más aún, me repugnaban; odiaba a mis padres que en nada se diferenciaban de todos los demás y que se habían convertido en mis progenitores por pura casualidad. ¡Oh, sí, yo enloquecía de rabia al pensar que, sin deseo alguno de mi parte y de modo totalmente absurdo, me habían traído al mundo! Odiaba hasta la naturaleza con su ritmo eternamente repetido y aburrido de verano, otoño, invierno..." .

Y continuaba relatando su transformación interior por obra de la gracia, pues "el viento que es el Espíritu Santo, `sopla donde quiere'. Otorga vida y resucita a los muertos. ¿Qué fue lo que me ocurrió entonces? Que nací de nuevo. En efecto, fue un segundo nacimiento lo que experimenté". Y añade que:  "entonces de repente me sentí transformada por completo. Comprendí -no con mí inteligencia ridícula, sino con todo mi ser- que Él existe. ¡El, el Dios vivo y personal, que me ama a mí y a todas las criaturas, que ha creado el mundo, que se hizo hombre por amor, el Dios crucificado y resucitado!

"En aquel instante comprendí y capté el misterio del cristianismo, la vida nueva y verdadera. ¡Esa era la redención efectiva y auténtica! En aquel momento todo cambió para mí. El hombre viejo había muerto. No sólo di de mano a mis valoraciones e ideales anteriores sino también a las viejas costumbres."

"Finalmente, mi corazón se abrió. Empecé a querer a las personas. Pude comprender sus padecimientos, así como su elevada categoría y su semejanza divina. Inmediatamente después de mi conversión todas las gentes se me presentaban sin más como admirables habitantes del Cielo y estaba impaciente por hacer el bien y servir a Dios y a los hombres".

A Tatiana Goricheva le fue dado comprender que la Iglesia, especialmente a través del sacramento del perdón y de la sagrada eucaristía, comunica a sus hijos la vida siempre renovada para que superen el peso muerto de sus pecados.

"Nosotros éramos a la vez hijos de Rusia y de Europa. Y nos sentíamos cercados en el círculo de la cultura racionalista-voluntarista, en que el pasado pende sobre el presente, en que nada se puede mejorar, en Sísifo empujando la piedra sin llegar nunca al final, y el hombre está esclavizado para siempre a la corrupción de sus actuaciones, fallos y necedades. Ahora, cuando recuerdo ese sentimiento, puedo decir que vivíamos en el infierno. Porque una de las características del aburrimiento en el infierno es precisamente la monotonía uniforme.

“Y entonces irrumpió de repente algo bien distinto: se abrió la perspectiva, antes inimaginable, del perdón y la reconciliación apareciendo bajo una luz cenital. El arrepentimiento y el perdón de los pecados hacían posible (¡Cuando los pecados eran perdonados!) lo que antes no podíamos imaginar: que el pecado había desaparecido y ya no existía.

“La Iglesia superaba algo que parecía insuperable. Al hastío del eterno retorno se oponía el acontecimiento histórico singular de la resurrección. En la Iglesia todo era nuevo. Y eso tanto entonces, cuando entramos por primera vez y casi sin saberlo, como cuatro o cinco años más tarde. La Santa Cena del Señor es siempre algo único e irrepetible. El amor a la Iglesia es siempre el primer amor".

Esta profesora de filosofía fundó con algunas mujeres de Leningrado el primer movimiento femenino de la Unión Soviética, organizó conferencias sobre religión y teología, y publico dos revistas en la clandestinidad. Tras diversos interrogatorios y encarcelamientos fue expulsada de su país en 1980 y residió en París.

 

Manuel García Morente: filósofo kantiano

Manuel García Morente ha sido un filósofo español importante del siglo XX, con una experiencia singular que marcó el resto de su vida. Relata en una carta enviada a su amigo y confidente Mons. José. María García Lahiguera, el hecho extraordinario de su conversión, ocurrida durante su exilio en París en 193. Un encuentro con Jesucristo vivo y real que le llevará a recuperar la fe y a ser ordenado sacerdote tres años después.

Cuando estalló la Guerra Civil se encontraba en Madrid, era catedrático de Metafísica, estaba viudo con tres hijas y un nieta. En agosto asesinaron a su yerno en Toledo. Acude al profesor Besteiro de la facultad pidiendo ayuda para marchar de España, con prisas y sin nada, a fin de evitar ser detenido. Deja la estabilidad personal y la familia, el trabajo y la estabilidad. Así llega a París donde vive de prestado en una habitación de la casa de un amigo, y comienza a gestionar la marcha de sus hijas, y nieta, pero sus gestiones se entorpecen y retrasan el viaje. Reflexiona sobre su vida actual que le ocurre pero que no domina, piensa que le viene dada por voluntades ajenas, y vislumbra que quizá Dios en quien no cree le está organizando la vida, y se rebela llegando a pensar en el suicidio, como rechazo de lo que recibe al margen de su voluntad. Se encuentra sumido en la angustia aunque no es un hombre emotivo ni inestable.

Con esos sentimientos, una noche se encuentra cavilando en la habitación con estos pensamientos, abre la ventana para respirar y ver los tejados de París, al fondo Sacre Coeur. Fuma, pasa mucho rato, escucha de fondo música de Frank, Pavana una princesa difunta, luego Berlioz, la Infancia de Cristo… Después apaga la radio para disfrutar de paz y así empezaron a desfilar por su mente imágenes de Jesucristo, caminando de la mano de la Virgen, mirando con asombro a san José, el perdón a la Magdalena, Jesús atado a columna, el Cireneo y las santas mujeres al pie de la Cruz… Los brazos de Jesucristo se extendían para abrazar a muchedumbre de hombres y mujeres que han creído en Él a través de los siglos. Y él se ve paralizado sin poder subir con ellos al encuentro con Dios, el Dios verdadero que entiende a los hombres que consuela y salva. Y reconoce que a ese Dios sí le puede rezar… pero se le había olvidado el Padrenuestro y el Avemaría; así desconcertado cae de rodillas y después de largo rato pudo reconstruir estas oraciones que se puso a escribir en un librito de notas. No pudo articular el Credo, la Salve, ni el Señor mío Jesucristo.

Le invade una inmensa paz y siente que Jesucristo estaba allí llenando la habitación, no lo veía, no lo oía, ni lo tocaba pero estaba ahí más real que los muebles. Pensó ir a una iglesia pero eran las doce de la noche y no podría buscar un sacerdote, que además no conocía a ninguno. Pasó horas dando vueltas por la casa perplejo con esa experiencia tan viva y la plena seguridad de que no era un trastorno psicológico en él, un hombre racional, de formación filosófica kantiana, y nada sentimental.

 

Otras conversiones

Abundan los relatos de conversiones en las últimas décadas que muestran la variedad de personas, la transformación de su vida y la eficacia de su testimonio. Siempre queda la llamada a corresponder a las luces de Dios en otras conversiones menos llamativas pero tan eficaces como las mencionadas.

El título de algunas obras publicadas es bien expresivo de la transformación de muchos hombre y mujeres que han encontrado por fin a Dios o al vuelto a reconocerse como católicos fieles de la Iglesia. Tan solo a modo de ejemplo veamos algunos títulos:

Edith Stein, Estrellas amarillas. Autobiografía: infancia y juventud/ Edith Stein. En busca de la verdad, por Viki Ranff. 

Tatiana Goricheva, Hablar de Dios resulta peligroso.

Manuel García Morente, “El Hecho extraordinario” 

André Frossard,  Dios existe, yo me lo encontré.

John Henry Newman, Cartas y diarios.

Robert H. Benson, Confesiones de un converso. Robert. H. Benson, La amistad de Jesucristo.

Ronald Knox, En 1917, Un capellán anglicano de Trinity College, por Evelyn Waugh.

Scott y Kimberly Hahn, Roma dulce hogar./ Scott y Kimberly Hahn, Nuestro camino al catolicismo.

Peter Seewald, Mi vuelta a Dios. Cuando comencé a pensar de nuevo en Dios.

Alexandra Borghese, Con ojos nuevos. Un viaje a la fe./ Alessandra Borghese,  Sed  de Dios. 

Etty Hillersum,  La chica que no sabía arrodillarse.

Bernard Nathanson, La mano de dios. Autobiografía y conversión del llamado  “rey del aborto”.  

Ayako Miura, Un  samurai  cristiano. Relato de una conversión.

 

Reflexión

Para quienes hemos crecido en el seno de la Iglesia católica y quizá no valoramos debidamente la fe, estas conversiones señalan un encuentro especial con Jesucristo que sale al paso en diversas circunstancias. Son con frecuencia desconcertantes aunque llevan al encuentro con Jesucristo vivo y presente en la Iglesia: la comunidad de aquellos que participan en el amor redentor de Jesucristo por la humanidad.

De este modo lo expresaba un santo de nuestro tiempo: «No es posible quedarse inmóviles. Es necesario ir adelante hacia la meta que San Pablo señalaba: “no soy yo el que vivo, sino que Cristo vive en mí” (Ga 2,20) . La ambición es alta y nobilísima: la identificación con Cristo, la santidad. Pero no hay otro camino, si se desea ser coherente con la vida divina que, por el Bautismo, Dios ha hecho nacer en nuestras almas. El avance es progreso en santidad; el retroceso es negarse al desarrollo normal de la vida cristiana. Porque el fuego del amor de Dios necesita ser alimentado, crecer cada día, arraigándose en el alma; y el fuego se mantiene vivo quemando cosas nuevas. Por eso, si no se hace más grande, va camino de extinguirse»[3].

Y así, al vivir en la comunión eclesial, no en la soledad desarraigada del individualismo de pretender entenderse a solas con Dios y prescindir de la Iglesia, tienen especial interés estas conversiones como testimonio real de que sin la Iglesia, sin la doctrina y sin los sacramentos no hay conversión ni encuentro con Dios.

 

Jesús Ortiz López

 

https://www.elconfidencialdigital.com/religion/opinion/jesus-ortiz-lopez/conversion-conversiones/20260225034254055359.html

 



[1] Cfr. J.Ortiz, Tres pilares de la vida cristiana. Palabra, 2019, p. 65 y ss..

[2] Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1427-1428

[3] San Josemaría Escrivá. Es Cristo que pasa, n. 58.

Dadles vosotros de comer

Hace unos días la catedral de la Almudena en Madrid se ha puesto de blanco en la Eucaristía concelebrada por mil trescientos sacerdotes de la diócesis con el Cardenal Arzobispo Mons. José Cobo y otros obispos. Hace muchas décadas que no se reunían tantos para celebrar su sacerdocio en esa comunión visible e impulsar su misión evangelizadora como buenos Pastores del Pueblo de Dios.

Celebrar el sacerdocio

Ha sido el centro de estas jornadas finales de CONVIVIUM, la magna asamblea sacerdotal comenzada hace meses con reuniones e intervenciones que han tocado todas las cuestiones que afectan a la Iglesia universal encarnada en Madrid.

Durante semanas hemos convivido los jóvenes con los mayores, los recién ordenados con los que han cumplido medio siglo de servicio generoso en favor de todos. La alegría es evidente, la fraternidad abraza a sacerdotes diocesanos, los religiosos, y cuantos desarrollan tareas pastorales. Ya lo sabíamos y muchos nos conocemos desde hace años, pero hasta ahora no hemos visto al conjunto del presbiterio en torno al Obispo.

En su homilía Mons. Cobo invitaba a una escucha que «solo es auténtica cuando nos escuchamos unos a otros, cuando abrimos el corazón y acogemos con gozo y sin prejuicios la fraternidad de nuestro presbiterio, en toda su diversidad y riqueza» Y añadía «Aquí nadie sobra, pero nadie se basta a sí mismo. Cada vida sacerdotal encuentra su lugar cuando se vive al calor de la fraternidad. Somos diversos, y esa diversidad es don del Espíritu, orientado siempre a una finalidad clara: construir la unidad del Cuerpo de Cristo».

Nuestra sociedad necesita nuevos impulsos de fe para no asfixiarse de individualismo, de secularización y de materialismo. Y esto nos afecta a los sacerdotes. Muchos jóvenes van descubriendo quién es Jesucristo, por qué la Iglesia como camino real de santificación, y la necesidad de alimentar el alma. Por eso crecen las comunidades de jóvenes en las parroquias, en los movimientos, en las celebraciones festivas de la fe, los retiros de oración, y siempre la demostración palpable de que nos interesan los necesitados, los descartados de la sociedad, los solitarios mayores o jóvenes.

Configurados con Cristo para servir

Misión de los sacerdotes es dar el pan de la fe, de los sacramentos, de la fraternidad, y de la esperanza todos, desde los niños a los ancianos. Para eso están preparados y para eso renuevan su disposición de servicio caritativo, que significa cariño, comprensión, amistad. Siempre hemos de volver a los comienzos del Evangelio, de los primeros cristianos, de la llamada ilusionante de Jesucristo que repite «tú, sígueme».

La Iglesia no es una multinacional de la solidaridad y los sacerdotes no somos sólo consoladores de los afligidos, eso es mucho pero es poco, porque estamos configurados sacramentalmente y vitalmente con Jesucristo. Por eso cuando el Señor nos dice «dadles vosotros de comer» nos ha dado previamente la capacidad de comunicar la vida de la gracia que potencia todo lo humano.

Mensaje del papa León XIV

La Carta escrita con el corazón enviada por el papa León XIV para este CONVIVIUM exhorta los sacerdotes a vivir unidos a Jesucristo, es decir a tener una vida de entrega eucarística y una vida de oración, que sostiene el servicio de caridad abierto a todos, en particular a quienes tenemos confiados directamente. Teniendo claro que no hemos de fatigarnos con la multiplicidad de tareas o la presión de los resultados, porque es el Espíritu quien trabaja las almas contando con nuestro servicio, acompañamiento y claridad.

Observaba el marco social y cultural de nuestro tiempo de secularización, de polarización y de reduccionismo antropológico como realidad que nos llama a transformar con desde el Evangelio. Para muchos las palabras de fe ya no significan nada aunque no desaparecen las inquietudes y grandes preguntas: ¿Qué es ser humano, qué significa la dignidad personal, es suficiente la libertad para ser felices, qué sentido tiene nuestra vida, qué hay más allá de la muerte?

Con palabras de fe el Papa nos dice: «Esto nos recuerda que para el sacerdote no es momento de repliegue ni de resignación, sino de presencia fiel y de disponibilidad generosa. Todo ello nace del reconocimiento de que la iniciativa es siempre del Señor, que ya está obrando y nos precede con su gracia.

»Se va perfilando así qué tipo de sacerdotes necesita Madrid —y la Iglesia entera— en este tiempo. Ciertamente no hombres definidos por la multiplicación de tareas o por la presión de los resultados, sino varones configurados con Cristo, capaces de sostener su ministerio desde una relación viva con Él, nutrida por la Eucaristía y expresada en una caridad pastoral marcada por el don sincero de sí. No se trata de inventar modelos nuevos ni de redefinir la identidad que hemos recibido, sino de volver a proponer, con renovada intensidad, el sacerdocio en su núcleo más auténtico —ser alter Christus—, dejando que sea Él quien configure nuestra vida, unifique nuestro corazón y dé forma a un ministerio vivido desde la intimidad con Dios, la entrega fiel a la Iglesia y el servicio concreto a las personas que nos han sido confiadas».

Encendidos con estas palabras del Santo Padre hemos vivido estas jornadas con alegría profunda, con abrazos y canciones, con esperanza renovada porque la Iglesia tiene las claves para descubrir a Dios presente entre nosotros. Los sacerdotes no somos protagonistas de la evangelización sino instrumentos de la gracia para caminar junto a los fieles, en comunión con los primeros cristianos que transformaron aquella sociedad.

 

De ayer y de hoy

Le reflejaba a la perfección la famosa Carta a Diogneto: «Los cristianos no se distinguen de los demás hombres, ni por el lugar en que viven, ni por su lenguaje, ni por sus costumbres. Ellos, en efecto, no tienen ciudades propias, ni utilizan un hablar insólito, ni llevan un género de vida distinto. Su sistema doctrinal no ha sido inventado gracias al talento y especulación de hombres estudiosos, ni profesan, como otros, una enseñanza basada en autoridad de hombres». Y lo sinterizaba después «Para decirlo en pocas palabras: los cristianos son en el mundo lo que el alma es en el cuerpo».

Ciertamente esta magna asamblea ha convocado especialmente a los sacerdotes aunque sin olvidar tantos seglares que han participado directamente o han apoyado con ilusión esta renovación sacerdotal. Porque es claro que los laicos son protagonistas -no meros colaboradores- de la nueva evangelización en medio del mundo con la cultura actual, y necesitan el acompañamiento de los sacerdotes con el Pan y la Palabra.

Es decir, sacerdotes y fieles estamos llamados a recordar todo esto en medio de una sociedad tantas veces desconcertada que no acierta a crecer en alma y a ilusionar a las próximas generaciones. Porque como tantas veces se ha dicho, la Iglesia es experta en humanidad, precisamente porque tiene a Jesucristo y se sabe impulsada por el Espíritu Santo. Esperamos que esta especial Pentecostés vivida estos días ilusionará a muchos jóvenes a seguir a Jesucristo de cerca y encontrar quizá su vocación como sacerdotes del siglo XXI. 

Lo ha pedido el Cardenal Cobo en esa Eucaristía en la catedral de la Almudena: «CONVIVIUM es cultivar un modo fraternal y sinodal de vivir nuestras relaciones y nuestro pastoreo. Eso ayuda a la Iglesia a lanzar una voz profética, a ser un signo levantado en medio de nuestra gente y a invitar a sentarse juntos, para revitalizar nuestras comunidades concretas como parte del pueblo de Dios». Este modo de vida sigue atrayendo a muchos jóvenes para responder a la llamada de Jesucristo: tú, sígueme. Los sacerdotes siempre jóvenes de espíritu, los seminaristas, y los consagrados son la esperanza de la sociedad. 

 

 

Jesús Ortiz López