Desde que el hombre se apartó de Dios en el exordio de la historia la mentira campa a sus anchas por el mundo. Quienes más mienten son los que tienen el poder político, el económico, o el estratégico para desarrollar los relatos que les convienen. Una vez más estamos comprobando que en las guerras las mentiras alcanzan su Everest con propaganda a mansalva, manipulaciones y fake news. Y en la base de la corrupción están las mentiras.
Los grandes filósofos han
estudiado a fondo esa capacidad de mentir del hombre apelando a la necesidad de
convivir en paz: Sócrates con su altura de miras, Platón avisando de la
tendencia a ver sombras en vez de la realidad porque es más cómodo. Kant apela
a la rectitud de conciencia y a mantener las normas universales del
comportamiento, porque benefician a la sociedad, mientras que la mentira va
destrozando la convivencia.
Mentira, odio y soberbia son las
armas del mundo diabólico que además tiene interés en que los hombres no lo
tomemos en serio como si fuera un mito irreal.
En el mundo de las sombras
En la mentira en sus múltiples
formas tienen responsabilidad quienes mienten y también el demonio o padre de
la mentira. Diablo es palabra
de origen griego que significa acusador o calumniador, y según algunos su
etimología alude al que está encerrado en la cárcel o cloaca del infierno. Satanás es palabra de origen hebreo y
designa al enemigo que insidia o persigue al hombre. Demonio, también de origen griego, significa un ser superior a los
hombres pero inferior a Dios. El mundo de las sombras, las apariencias, las
mentiras son la atmósfera que respira el mundo diabólico de Satanás y sus
secuaces que fueron ángeles pervertidos por soberbia.
En confrontación con algunos
judíos que le atacaban, Jesucristo les dice que la mentira una obra diabólica:
«Vuestro padre es el diablo... porque no hay verdad en él; cuando dice la
mentira, dice lo que le sale de dentro, porque es mentiroso y padre de la
mentira» (Juan 8,44). Atribuye al diablo la tentación para mentir y también a
quien perpetra la mentira, una o muchas, porque con frecuencia la bola crece
enredando el discurso, de modo que al final el mentiroso ha olvidado definitivamente
la verdad. El acostumbramiento a las mentiras rebaja el nivel moral haciendo
que la sociedad entre en una espiral de corrupción.
«El demonio
trató de tentar al mismo Jesucristo como refieren el evangelio de Mateo: “De
nuevo lo llevó el diablo a un monte alto, y le mostró todos los reinos del
mundo y su gloria, y le dijo: “Todas estas cosas te daré si postrándote me
adoras”. Entonces le respondió Jesús: “Apártate Satanás, pues escrito está: Al
Señor tu Dios adorarás, y a Él sólo darás culto”. Entonces lo dejó el diablo, y
los ángeles vinieron y le servían” (Mateo
4, 8-11).
Y el mismo
Jesús muestra que el demonio no es una idea del mal sino un ser personal
pervertido y pervertidor de la verdad, hecho a sí mismo odio. Lo señalaba con
la parábola de la cizaña explicada a los apóstoles: «El que siembra la buena
semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los
ciudadanos del reino; la cizaña son los partidarios del Maligno; el enemigo que
la siembra es el diablo; la cosecha es el final de los tiempos y los segadores
los ángeles. Lo mismo que se arranca la cizaña y se echa al fuego, así será al
final de los tiempos: el Hijo del hombre enviará a sus ángeles y arrancarán de
su reino todos los escándalos y a todos los que obran iniquidad, y los
arrojarán al horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes.
Entonces los justos brillarán como el sol en el reino de su Padre. El que tenga
oídos, que oiga» (Mateo 13, 36-43).
Historia
de unas tentaciones
Las
tentaciones de Jesús en el desierto tienen una significación honda para nuestro
caminar hacia Dios, pues los personajes más importantes de la Historia Sagrada
también fueron tentados: Adán y Eva, Abrahán, Moisés, el mismo pueblo elegido,
etc. Y el mismo Jesucristo al rechazar las tentaciones diabólicas, repara las
caídas de los hombres antes y después de Él; preludia las siguientes
tentaciones de cada uno de nosotros, y las luchas de la Iglesia contra las
tentaciones del poder diabólico. De ahí que Jesús nos haya enseñado, en el
Padrenuestro, a pedir a Dios que nos ayude con su gracia para no caer a la hora
de la tentación.
El demonio
sigue y seguirá en la historia humana hasta el final. Desde que Jesucristo
resucitó, el demonio dirige sus asechanzas contra la Iglesia como había
predicho el mismo Jesús: «Simón, mira
que Satanás va tras vosotros para zarandearos como el trigo» (Lucas 22,31). Se
trata de una guerra sin cuartel en la que ataca a la Iglesia desde dentro y
desde fuera.
Satanás ya
tentó a Adán y Eva con la mentira de que Dios no quería que crecieran en
libertad para que no le hicieran sombra ni fueran tan poderosos como el Creador.
También el demonio tentó a David con la concupiscencia que le llevó al
adulterio sobre Betsabé y al homicidio de su marido Urías, con maniobras y
mentiras encadenadas. El diablo tentó a Pedro con el miedo y cobardía para
mentir y salvar su vida a costa de negar su relación con el Maestro.
Aunque
algunos han perdido la fe en la existencia y actividad de los demonios, hemos
de tener bien presente esta realidad: que existe un reino del mal,
jerárquicamente estructurado, cuyo jefe es Satanás, príncipe de los demonios,
dotado de un poder que excede con mucho a las fuerzas humanas naturales. Un ser
personal desdichado y un reino de tinieblas que se mueven activamente en lucha
contra el Reino de Dios en la tierra. Un ser que es fuente mal, enemigo
irreconciliable del hombre en el que odia –con impotencia- la imagen de Dios.
¿Síntomas de
esas insidias diabólicas? El Papa Pablo VI señalaba algunas señales de la
presencia diabólica: «Podremos suponer su acción siniestra allí donde la
negación de Dios se hace radical, sutil y absurda, donde la mentira se afirma
hipócrita y poderosa, contra la verdad evidente; donde el amor es eliminado por
un egoísmo frío y cruel; donde el nombre de Cristo es impugnado con odio
consciente y rebelde (cfr 1 Corintios
16,22;12,3), donde el espíritu del Evangelio es mistificado y desmentido, donde
se afirma la desesperación como la última palabra” (Alocución, 15-XI-1972).
Además, sabemos
que también los papas recientes -Francisco, Benedicto y Juan Pablo II- han hablado del demonio en algún momento: ya
sea sobre la existencia del maligno o del tentador pues se trata de una verdad
de fe básica del Magisterio y de la teología católica. Ellos insisten en que no
se trata de un mito ni de una idea anticuada y exhortan a tomar en serio al
demonio: es experiencia común en la Iglesia que la desesperación, el odio a la
vida, el terrorismo y las leyes contra la familia están movidos por el padre de
la mentira.
El mundo
de las mentiras
Lo específico de la mentira es la falta de
adecuación entre las palabras o hechos y el pensamiento del sujeto, con
independencia de que otros efectivamente se engañen o no. Unas mentiras se
dicen o hacen para beneficio propio, y otras para perjudicar a otros o a sus
intereses.
Una sociedad digna del
hombre tiene que estar construida sobre la verdad acerca del hombre mismo, de
la familia y de las relaciones humanas. En este sentido, la doctrina cristiana
ofrece una antropología realista que reconoce que todas las personas son criaturas
de Dios, con igual capacidad para conocer la verdad y adherirse al bien, para
responder libremente a la misión santificadora de este mundo y para establecer
relaciones estables de fidelidad.
Esta concepción
esperanzada del ser humano es una luz creativa para cualquier cultura, sobre
todo en tiempos de dudas acerca del ser humano y de escepticismo sobre la
verdad objetiva capaz de edificar una sociedad sobre el sólido fundamento de la
verdad.
Las palabras denotan o señalan algo visible y también connotan algo
invisible, p.ej. justicia, amor, igualdad, libertad, dignidad, etc. Y si
destruimos los conceptos abandonamos la lógica y todo se hace inestable y
relativo ¿No nos suena? Si llamamos matrimonio a cualquier unión afectiva, o
muerte digna al suicidio, orgullo a la exposición consciente de una extravagancia,
o escrache al acoso, entonces no hay modo de entenderse y desaparece la
frontera entre lo beneficioso o lo perjudicial para la persona, lo que
contribuye al bien común o sólo a unos pocos, lo que es justo y conforme a
normas de convivencia pacífica o lo que es injusto.
A todos nos conviene andar en la verdad por mucho que pueda costar a
veces, y así mantendremos limpia la conciencia contribuyendo a la convivencia
en paz.
Jesús Ortiz
López
Una
experiencia que quizás pueda interesar https://www.religionenlibertad.com/personajes/241203/colegio-opus-dei-entro-santeria-brujeria-nego-dios-tres-voces-cambiaron-todo_79094.html
https://exaudi.org/es/padre-de-la-mentira/
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