El papa León XIV viajará a España, Madrid, Barcelona y Canarias, al comienzo del verano. Viene hablando en las catequesis semanales de la Iglesia del Vaticano II, siguiendo la constitución Lumen Gentium: es la Iglesia que desarrolló Juan Pablo II y por eso puede ser útil ahora recordar algunas perspectivas del Papa polaco.
Además, se han cumplido veinte años de la
muerte de Juan Pablo II uno de los pontificados más largos de la historia. Ha
sido el pontífice de la esperanza que ha levantado la Iglesia en el mundo
entero, atrayendo a los jóvenes con las Jornadas Mundiales de los Jóvenes, con
sus muchos viajes por el mundo entero, y con su extenso magisterio.
1. Hacia el tercer milenio
Para preparar el tercer milenio el Papa publicó
tres encíclicas que son: Redentor del hombre sobre Jesucristo en 1979; Rico
en misericordia dedicada a Dios Padre en 1980; Señor y dador de vida
sobre el Espíritu Santo en 1986.
Gran importancia tiene otras dos encíclicas,
una sobre Fe y razón en 1988, las dos alas por las que el
entendimiento se eleva a la verdad, señalaba; y la otra sobre el Esplendor
de la verdad en 1993, acerca de la vida moral como ejercicio de la libertad
unida a la verdad. Estas y otras más son luz para el pensamiento contemporáneo
y panorama de fe para la vida de los fieles.
Además Juan Pablo II ha marcado el proyecto
de la Iglesia en el tercer milenio con la carta apostólica, Al llegar el
tercer milenio en el 2001, con orientaciones para los principales ámbitos
de la vida cristiana y su aportación al pensamiento contemporáneo. De ella pueden
ser destacadas algunas ideas con el hilo conductor de las palabras de
Jesucristo a Pedro y los apóstoles «Duc in altum», guía mar adentro.
Jesucristo es el centro de la vida del cristiano y de todos los hombres, aunque todavía
muchos lo ignoran, y por eso urge realizar la nueva evangelización, especialmente
entre los jóvenes. Conocer a Jesucristo es contemplar su rostro desde el
testimonio de los Evangelios proclamados y meditados, ese rostro del Hijo, el
rostro doliente, y el rostro del Resucitado.
Se trata de caminar con Jesucristo en
este mundo con los pies en la tierra y la mirada en el Cielo, fortalecidos con
la oración, la Eucaristía, el sacramento de la Reconciliación y la escucha de
la Palabra. De este modo el católico, el cristiano, llega a ser testigo del
amor de Dios por todos los hombres. Y termina enlazando con la renovación
impulsada por el Concilio Vaticano II, tarea continua del Santo Padre.
2. Jesucristo centro de la vida
cristiana
Con el concilio Juan Pablo II este
programa para el milenio propone buscar siempre el rostro de Jesucristo,
centro de la Iglesia, de la historia, y de la vida humana, al que llega por la
fe. Ciertamente es don de Dios que concede a quienes le buscan con sinceridad, tantas
veces a partir de las preguntas fundamentales acerca del hombre, del sentido de
la vida, y de la vida futura más allá de la barrera de la muerte.
Presenta la oración como diálogo
con Jesucristo, personal y comunitario, pues no se concibe un cristiano sin
oración; sería un cristiano de riesgo dice el Papa: riesgo de rebajar la visión
sobrenatural de la fe y la esperanza, riesgo de aburguesarse, e incluso de
perder la fe. La Eucaristía es centro de la vida de la Iglesia y de los
fieles que alimentan su caridad y la fuerza para dar testimonio valiente de
Dios. Exhorta a vivir una espiritualidad de comunión de gracias y bienes
sobrenaturales de quienes conocen a Jesucristo, católicos, cristianos y
hermanos separados. El Jesucristo en que creemos es el mismo Resucitado que
camina con nosotros en la historia y encontramos en la Iglesia.
3. Cristo sí, Iglesia sí.
La unión con Jesucristo real, Dios
encarnado y presente en la Eucaristía, lleva a entender bien a la Iglesia
como camino universal de salvación para todos. El testimonio de tantos santos
canonizados por Juan Pablo II, muchos mártires, muchos fundadores y bastantes
jóvenes, invitan a la conversión pues reflejan bien el rostro de Jesucristo.
Durante la segunda guerra mundial, una
gran ciudad alemana sufrió grandes bombardeos que destruyeron varios edificios,
entre ellos la catedral; quedaron dañados sus muros, colgaban algunas vigas y,
entre ladrillos dispersos, quedó seriamente dañado el Cristo que presidía el
retablo.
Al terminar la guerra, los habitantes de
aquella ciudad reconstruyeron con paciencia su Cristo ensamblando las distintas
partes del cuerpo, menos los brazos, que estaban literalmente pulverizados. ¿Habría
que tallar unos brazos nuevos o guardar el Cristo mutilado en un museo? Después
de mucho pensar, decidieron devolverlo al altar mayor, tal como había quedado,
pero en lugar de los brazos perdidos, escribieron un cartel que decía:
"Desde ahora Jesucristo no tiene más brazos que los nuestros".
"Cristo sí; Iglesia no", dicen
algunos cuando desconocen el origen y la naturaleza de la Iglesia de
Jesucristo, su historia bimilenaria realizando los planes redentores del Señor,
y la misión que corresponde al cristiano de ser testigo fiel de Jesucristo.
Hoy día algunos manifiestan su
desconfianza hacia la Iglesia, tal vez originada por ignorar su historia de
servicio a la humanidad y la notable aportación de muchos santos, p.ej.
numerosas labores asistenciales, educativas y culturales, y siempre la defensa
valiente de la vida y de los derechos humanos.
Con frecuencia esa mala opinión procede de una religiosidad débil que
reduce la fe al sentimiento; entonces, las enseñanzas de la Iglesia, que están
apoyadas en las leyes divinas y en su magisterio secular, caen sobre un yo
imbuido de subjetivismo que sólo admite lo que le conviene.
Pero si esa infeliz frase manifiesta el
desafecto a la Iglesia, la afirmación "Creo en la Iglesia
Católica", que el cristiano profesa en el Símbolo de la fe, expresa
todo su amor a ella. Comprenderemos con mayor hondura aspectos bien concretos
del misterio de la Iglesia y de su misión salvadora: es incalculable el bien que ha hecho a lo
largo de estos veinte siglos por la elevación y defensa de los hombres y
mujeres, aunque unos pocos alteren la historia con sus prejuicios y lleguen a
confundir a personas poco formadas. Además, el Evangelio vivido y predicado por
los cristianos constituye el substrato de Europa y del mundo occidental, y ha
impulsado siempre el encuentro con nuevas culturas en todos los continentes
Los frutos de santidad en la Iglesia son patentes a cualquier persona de buena voluntad
y apuntan a la intervención divina en la historia. Porque la Iglesia está
formada por hombres, pero es animada y dirigida por el Espíritu Santo. A ello
hay que añadir el prestigio de la autoridad moral de sus enseñanzas.
La Iglesia es a la vez el Pueblo de Dios
Padre, el Cuerpo de Cristo, y el Templo del Espíritu Santo. Es la verdadera
comunión entre Dios y los hombres, y de los hombres entre sí, por la gran obra
de amor que es la Encarnación y Redención obrada por Jesucristo. Juan Pablo II
y los otros pontífices muestran que hay un plan salvador que procede de la
iniciativa divina, con llamadas de Dios que esperan respuesta humana: las manos
de Dios se tienden a los hombres esperando que sepamos acoger los dones generosamente
ofrecidos. Porque la Iglesia no es una sociedad simplemente humana donde
decidimos las relaciones con Dios, los contenidos de la fe, o la celebración
del culto, según la sensibilidad de cada época.
También el papa León XIV ha
reconocido que se ha dado una fractura en la transmisión de la fe durante una
generación, sin embargo crecen las conversiones a la fe cristiana y muchos se
incorporan a la Iglesia como hogar y Familia de familias. Crece el interés de
los jóvenes por participar en la vida de la Iglesia en grupos dinámicos, con
iniciativas de servicio, con mucho empuje y alegría, y sobre todo con deseos de
conocer mejor a Jesucristo.
Veinte años después de su muerte de Juan
Pablo II permanece su legado que es el Magisterio de la Iglesia anterior y
posterior a su figura insigne. Desde la fe podemos ver en Benedicto XVI,
Francisco y ahora León XIV los auténticos sucesores de Pedro, con aportaciones
personales en el gran surco de la fe bimilenaria de la Iglesia, la misma nacida
con Jesucristo, desarrollada por los Apóstoles y sucesores, y vivida por los
cristianos en cada tiempo de nuestra historia.
Jesús Ortiz López
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