lunes, 20 de abril de 2026

Iglesia viva luz del mundo

En las catequesis de cada semana el papa León XIV viene comentando la constitución sobre la Iglesia, Lumen Gentium, luz del mundo del Vaticano II. Pocas instituciones se han preparado para el siglo XXI haciendo un balance de los activos y de los desafíos para el cambio de época que estamos viviendo.

Puertas abiertas

El papa habla desde la fe que está abierta también a los que no practican o no participan todavía de la familiaridad para encontrar a Jesucristo y en definitiva a Dios.

«Se trata -dice- del plan de Dios que tiene un objetivo: unificar a todas las criaturas gracias a la acción reconciliadora de Jesucristo, acción que se llevó a cabo en su muerte en la cruz. Esto se experimenta ante todo en la asamblea reunida para la celebración litúrgica: allí las diversidades se relativizan, lo que cuenta es encontrarse juntos porque nos atrae el Amor de Cristo, que ha derribado el muro de separación entre personas y grupos sociales (cf. Ef 2, 14). Para San Pablo el misterio es la manifestación de lo que Dios ha querido realizar para la entera humanidad y se da a conocer en experiencias locales, que gradualmente se dilatan hasta incluir a todos los seres humanos e incluso al cosmos.

»La condición de la humanidad es una fragmentación que los seres humanos no son capaces de reparar, aunque la tensión hacia la unidad habite en sus corazones. En esa condición se inscribe la acción de Jesucristo, que, mediante el Espíritu Santo, venció a las fuerzas de la división y al Divisor mismo. Encontrarse juntos celebrando, habiendo creído en el anuncio del Evangelio, y vivido como atracción ejercitada por la cruz de Cristo, que es la manifestación suprema del amor de Dios; y sentirse convocados juntos por Dios: por eso se usa el término ekklesía, es decir, asamblea de personas que reconocen haber sido convocadas. Así pues, hay una cierta coincidencia entre este misterio y la Iglesia: la Iglesia es el misterio hecho perceptible.

La unión con Dios encuentra su reflejo en las personas humanas: «Este texto permite comprender la relación entre la acción unificadora de la Pascua de Jesús, que es misterio de pasión, muerte y resurrección, y la identidad de la Iglesia. Al mismo tiempo, nos hace sentir agradecidos por pertenecer a la Iglesia, cuerpo de Cristo resucitado y único pueblo de Dios peregrino en la historia, que vive como presencia santificadora en medio de una humanidad todavía fragmentada, como signo eficaz de unidad y reconciliación entre los pueblos».

Las próximas semanas seguirá exponiendo otros aspectos importantes del misterio de la Iglesia, no tanto porque ella sea difícil de entender sino por la magnitud de su ser y su mensaje, así como su capacidad para unir a los hombres.

El actor español Carlos Mollá ha trabajado en Hollywood en varias películas, y además escribe y pinta como artista con inventiva. En una entrevista hablaba de su trato con Dios que encuentra en la paz de los templos católicos En esa entrevista Mollá hablaba así de su fe: "Las iglesias son el único sitio donde me siento seguro". Para él, decía, el trabajo creativo es un proceso meditativo: "Absolutamente. Y religioso. Sí, soy un gran creyente". Y añadía que: "Para mí lo único que existe es Dios. La gente se sorprende y dice, 'No lo entiendo, ¿estás de coña?', pero no me importa. Lo tengo más claro que el agua: lo único que realmente existe es Dios. Y los humanos, pues humanos son. Yo experimento a Dios a través de otras personas".

"La gente lo malinterpreta, tiene mucho miedo de la creencia. Se politiza, se deshumaniza. Cuando uno habla de Dios, todo el mundo tiembla", afirmaba.

Viene a corroborar la experiencia general de que al Dios real se le encuentra en el silencio y la sinceridad, en el  ámbito de la Iglesia. Porque Dios no es un ser abstracto ideado por los hombres sino que se ha encarnado en Jesucristo, ha fundado la Iglesia como unión común en la vida y no solo en las ideas.

 

Juan Pablo II sobre la Iglesia

También el papa Juan Pablo II expuso las enseñanzas sobre la vida de la Iglesia en nuestro tiempo. Un magisterio rico que invita ayer y hoy a profundizar en el ser y misión de la Iglesia, no solo a la jerarquía sino principalmente a los fieles que reconocen su participación en la misión evangelizadora para el nuevo siglo y siempre.

En una audiencia del año 1995[1] decía que: «Ante todo es preciso recordar que la Iglesia «tiene un fin salvífico y escatológico que sólo podrá alcanzar plenamente en el siglo futuro» (GS,40). Por eso no se le puede pedir que sus fuerzas queden exclusiva o principalmente absorbidas por las exigencias y los problemas del mundo terreno. Y tampoco es posible valorar de modo correcto su acción en el mundo de hoy, como en el de los siglos pasados, juzgándola únicamente desde el punto de vista de los fines temporales o del bienestar material de la sociedad.

 

»La orientación hacia el mundo futuro le es esencial. Sabe que está rodeada por las realidades visibles, pero es consciente de que debe ocuparse de lo visible con vistas al reino eterno invisible, que ya realiza misteriosamente y a cuya plena manifestación ardientemente aspira. Esta verdad fundamental ha quedado muy bien expresada en el dicho tradicional: Per visibilia ad invisibilia: por medio de las realidades visibles hacia las invisibles.

 

»En la tierra la Iglesia está presente como familia de los hijos de Dios, constituida y ordenada en este mundo como una sociedad. Por esta razón, se siente partícipe de las vicisitudes humanas en solidaridad con la humanidad entera. Como recuerda el Concilio, «avanza junto con toda la humanidad y experimenta la misma suerte terrena» (GS,40). Eso significa que la Iglesia experimenta en sus miembros las pruebas y las dificultades de las naciones, de las familias y de las personas participando en el fatigoso peregrinar de la humanidad por los caminos de la historia. Al tratar de las relaciones de la Iglesia con el mundo, el concilio Vaticano II toma como punto de partida esta participación de la Iglesia en «los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres» (Ib.1). Hoy, de manera especial, gracias al nuevo conocimiento universal de las condiciones reales del mundo, esa participación se ha hecho muy intensa y profunda. (...)

 

»La Iglesia, aunque tiene una misión que «no es de orden político, económico o social, sino de orden religioso» (Cf. GS,42) lleva a cabo una acción benéfica también en favor de la sociedad. Esa acción se realiza de varias formas. Suscita obras destinadas al servicio de todos y especialmente de los necesitados; promueve «una sana socialización y asociación civil y económica», exhorta a los hombres a superar las desavenencias entre naciones y razas, favoreciendo la unidad a nivel internacional y mundial; apoya y sostiene, en la medida de sus posibilidades, las instituciones que miran al bien común.

 

»Orienta y anima la actividad humana e impulsa a los cristianos a comprometer sus fuerzas en todos los campos para el bien de la sociedad. Los invita a seguir el ejemplo de Cristo, carpintero de Nazaret, a guardar el precepto del amor al prójimo, a realizar en su vida la exhortación de Jesús a hacer fructificar los propios talentos (Cf. Mt 25,14-30). Los estimula, además, a dar su contribución al esfuerzo científico y técnico de la sociedad humana; a comprometerse en las actividades temporales, campo propio de los seglares, para el progreso de la cultura, la realización de la justicia y el logro de la verdadera paz».

 

De nuevo el papa León XIV invitaba al agradecimiento de los fieles por encontrar en la fe de la Iglesia es cauce cierto del encuentro con Dios: «nos hace sentir agradecidos por pertenecer a la Iglesia, cuerpo de Cristo resucitado y único pueblo de Dios peregrino en la historia, que vive como presencia santificadora en medio de una humanidad todavía fragmentada, como signo eficaz de unidad y reconciliación entre los pueblos».

Puesto que el encuentro con Dios es personal, encarnado e histórico, cada hombre puede aceptarlo o rechazarlo, entrar en la universalidad o aislarse en la propia subjetividad. Y no extrañe que encuentre incomprensiones y rechazos en algunas personas e instituciones, pues no conviene olvidar el ámbito de libertad que proponer el Evangelio que chocará con propuestas absorbentes e ideologías reductivas de las personas.

 



[1] Cf. Juan Pablo II, Audiencia general, 21-VI-1995

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