Cada año, el Miércoles de Ceniza inicia la Cuaresma para los católicos, un tiempo para vivir con más recogimiento y calibrar el peso de nuestra vida cara a Dios. La recepción de la ceniza, como sacramental que es, concede una serie de gracias para recorrer este tiempo con la mirada puesta en la meta, en la Vida eterna con Dios[1].
Al inicio del nuevo año
el papa León XIV enseñaba que «la Liturgia nos recuerda que cada día puede ser,
para cada uno de nosotros, el comienzo de una vida nueva, gracias al amor
generoso de Dios, a su misericordia y a la respuesta de nuestra libertad. Y es
hermoso pensar así el año que comienza: como un camino abierto, por descubrir,
en el que aventurarnos, por gracia, libres y portadores de libertad, perdonados
y dispensadores de perdón, confiados en la cercanía y en la bondad del Señor
que siempre nos acompaña».
Las lecturas de la misa en estos días
alimentan el sentido de penitencia para rectificar el rumbo de la vida tomando
en serio las gracias de Dios que llama fuerte y suavemente al corazón de cada
uno.
El catecismo expone el sentido de la
conversión del corazón y de la penitencia: «Jesús llama a la conversión. Esta llamada
es una parte esencial del anuncio del Reino: "El tiempo se ha cumplido y
el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva" (Mc 1,
15). En la predicación de la Iglesia, esta llamada se dirige primeramente a los
que no conocen todavía a Cristo y su Evangelio. Así, el Bautismo es el lugar
principal de la conversión primera y fundamental. Por la fe en la Buena Nueva y
por el Bautismo (cf. Hch 2, 38) se renuncia al mal y se alcanza la salvación,
es decir, la remisión de todos los pecados y el don de la vida nueva.
«Ahora bien, la llamada de Cristo a la
conversión sigue resonando en la vida de los cristianos. Esta segunda
conversión es una tarea ininterrumpida para toda la Iglesia que "recibe en
su propio seno a los pecadores" y que siendo "santa al mismo tiempo
que necesitada de purificación constante, busca sin cesar la penitencia y la
renovación" (LG 8). Este esfuerzo de conversión no es sólo una obra
humana. Es el movimiento del "corazón contrito" (Sal 51, 19), atraído
y movido por la gracia (cf Jn 6, 44; Jn 12, 32) a responder al amor
misericordioso de Dios que nos ha amado primero (cf 1Jn 4, 10)[2].
De Saulo a Pablo
Saulo avanzaba camino de Damasco cuando
fue frenado por la aparición de Jesucristo mostrándole que perseguir a los
discípulos es perseguirle a él, Dios con nosotros muerto y resucitado. La
ceguera sobrevenida fue necesaria para encontrarse con Jesús, rectificar el
rumbo equivocado de su vida, y aceptar la llamada a dar testimonio del
Evangelio, la Buena Nueva de la Salvación definitiva obrada por Jesucristo. El
cambio de nombre, Saulo a Paulus es transformación radical de su persona
preparada ahora para la misión encomendada. El libro con los Hechos de los
Apóstoles refiere por tres veces esa conversión decisiva para la expansión de
la fe y prototipo de otras muchas conversiones más o menos extraordinarias a lo
largo de la historia de la Iglesia y de la biografía de tantos santos. Veamos
tan solo algunas de ellas como acta asombrosa de fe a la llamada de Dios que
abren ventanas a nuestras propias conversiones.
Edith Stein. "Esta es la
verdad".
Edith Stein había nacido en el seno de
una familia hebrea creyente. Pero su precaria formación religiosa no resistió
los embates del racionalismo que prescinde de cuanto escapa de la Lógica
humana, como pasa en el mundo religioso. Pero desde muy joven emprendió una
apasionada búsqueda de la verdad y de lo absoluto, que le llevó a emprender los
estudios de filosofía.
A través de un profesor empezó a conocer
algunas ideas católicas, que se intensificaron al tratar al joven matrimonio de
los profesores Adolf y Ana Reinach. Cuando el marido de ésta murió en el frente
de batalla, durante la segunda guerra mundial, Edith quedó fuertemente
impresionada por la entereza de Ana, pues intuía que aquello debía tener un
origen superior a todo lo humano. "Allí encontré por primera vez
-confiesa- la Cruz y el poder divino que comunica a los que la llevan. Fue mi
primer vislumbre de la Iglesia, nacida de la Pasión redentora de Cristo, de su
victoria sobre la mordedura de la muerte. En ese momento, mi incredulidad se
derrumbó, en él el judaísmo palideció ante la aurora de Cristo, Cristo en el
misterio de la Cruz".
La revelación de la grandeza que encierra
el cristianismo para quienes saben responder a su llamada, se acrecentó de
forma decisiva al leer más tarde por casualidad la vida de Santa Teresa de
Jesús. Estando en casa de unos amigos tomó al azar de la biblioteca la
autobiografía de la santa: "Empecé a leer -escribe-, y fui cautivada
inmediatamente, sin poder dejar de leer hasta el fin. Cuando cerré el libro me
dije: Esta es la verdad".
A la mañana siguiente, Edith se apresuró
a comprar un catecismo y un misal. Y tras haber estudiado detenidamente el
catecismo y la Misa, se decidió a asistir por primera vez a la celebración
eucarística. Al final de la Misa se acercó al párroco a pedirle que la
bautizara. Este, sorprendido, se rindió a la evidencia: la intelectual atea
estaba verdaderamente dispuesta para recibir el Bautismo. Y un tiempo después,
el 1 de enero de 1942, Edith sintió que renacía a una nueva vida en la Iglesia
de Jesucristo y la colmaba de gozo.
Más tarde Edith profesó como religiosa
carmelita con el nombre de Teresa Benedicta de la Cruz, primero en Colonia y
después en Echt en los Países Bajos. Las superioras la animaron a seguir
cultivando la filosofía y fue enriqueciendo su formación filosófica con la fe,
dos alas por las que el entendimiento se remonta hasta la verdad: muchas
verdades sobre la realidad que remiten en último orden a Dios Verdad plena. La
persecución nazi, la ideología criminal que intenta sustituir a Dios, llegó a
su convento en Holanda y fue deportada a Auschwitz donde murió mártir en las
cámaras de gas. Fue canonizada por Juan Pablo II en 1998 y nombrada copatrona
de Europa.
T. Goricheva. "La Iglesia es
siempre joven".
Tatiana Goricheva nació en Leningrado y
fue educada en el ateísmo militante. Dirigente de la juventud comunista y
profesora de filosofía, se refugia en una vida de excesos, se entusiasma con
los filósofos existencialistas y busca el equilibrio interior practicando el
yoga... Hasta que al conocer como un mantra más el Padrenuestro encontró la fe que
transformó por completo su vida.
Confiesa que desde su temprana juventud:
"Yo vivía como una pequeña bestezuela acorralada y furiosa, sin erguirme
jamás y levantar la cabeza, sin hacer intento alguno de comprender o decidir
algo (...). En las redacciones escolares escribía -como era de ley- que amaba a
la patria, a Lenin y a mi madre; pero eso era pura y llanamente una mentira.
Desde mi infancia odié todo lo que me rodeaba: odiaba a las personas con sus
minúsculas preocupaciones y angustias; más aún, me repugnaban; odiaba a mis padres
que en nada se diferenciaban de todos los demás y que se habían convertido en
mis progenitores por pura casualidad. ¡Oh, sí, yo enloquecía de rabia al pensar
que, sin deseo alguno de mi parte y de modo totalmente absurdo, me habían
traído al mundo! Odiaba hasta la naturaleza con su ritmo eternamente repetido y
aburrido de verano, otoño, invierno..." .
Y continuaba relatando su transformación
interior por obra de la gracia, pues "el viento que es el Espíritu Santo,
`sopla donde quiere'. Otorga vida y resucita a los muertos. ¿Qué fue lo que me
ocurrió entonces? Que nací de nuevo. En efecto, fue un segundo nacimiento lo
que experimenté". Y añade que:
"entonces de repente me sentí transformada por completo. Comprendí
-no con mí inteligencia ridícula, sino con todo mi ser- que Él existe. ¡El, el
Dios vivo y personal, que me ama a mí y a todas las criaturas, que ha creado el
mundo, que se hizo hombre por amor, el Dios crucificado y resucitado!
"En aquel instante comprendí y capté
el misterio del cristianismo, la vida nueva y verdadera. ¡Esa era la redención
efectiva y auténtica! En aquel momento todo cambió para mí. El hombre viejo
había muerto. No sólo di de mano a mis valoraciones e ideales anteriores sino
también a las viejas costumbres."
"Finalmente, mi corazón se abrió.
Empecé a querer a las personas. Pude comprender sus padecimientos, así como su
elevada categoría y su semejanza divina. Inmediatamente después de mi
conversión todas las gentes se me presentaban sin más como admirables
habitantes del Cielo y estaba impaciente por hacer el bien y servir a Dios y a
los hombres".
A Tatiana Goricheva le fue dado
comprender que la Iglesia, especialmente a través del sacramento del perdón y
de la sagrada eucaristía, comunica a sus hijos la vida siempre renovada para
que superen el peso muerto de sus pecados.
"Nosotros éramos a la vez hijos de
Rusia y de Europa. Y nos sentíamos cercados en el círculo de la cultura
racionalista-voluntarista, en que el pasado pende sobre el presente, en que
nada se puede mejorar, en Sísifo empujando la piedra sin llegar nunca al final,
y el hombre está esclavizado para siempre a la corrupción de sus actuaciones,
fallos y necedades. Ahora, cuando recuerdo ese sentimiento, puedo decir que
vivíamos en el infierno. Porque una de las características del aburrimiento en
el infierno es precisamente la monotonía uniforme.
“Y entonces irrumpió de repente algo bien
distinto: se abrió la perspectiva, antes inimaginable, del perdón y la
reconciliación apareciendo bajo una luz cenital. El arrepentimiento y el perdón
de los pecados hacían posible (¡Cuando los pecados eran perdonados!) lo que
antes no podíamos imaginar: que el pecado había desaparecido y ya no existía.
“La Iglesia superaba algo que parecía
insuperable. Al hastío del eterno retorno se oponía el acontecimiento histórico
singular de la resurrección. En la Iglesia todo era nuevo. Y eso tanto
entonces, cuando entramos por primera vez y casi sin saberlo, como cuatro o
cinco años más tarde. La Santa Cena del Señor es siempre algo único e
irrepetible. El amor a la Iglesia es siempre el primer amor".
Esta profesora de filosofía fundó con
algunas mujeres de Leningrado el primer movimiento femenino de la Unión
Soviética, organizó conferencias sobre religión y teología, y publico dos
revistas en la clandestinidad. Tras diversos interrogatorios y encarcelamientos
fue expulsada de su país en 1980 y residió en París.
Manuel García Morente: filósofo
kantiano
Manuel García Morente ha sido un filósofo
español importante del siglo XX, con una experiencia singular que marcó el
resto de su vida. Relata en una carta enviada a su amigo y confidente Mons.
José. María García Lahiguera, el hecho extraordinario de su conversión,
ocurrida durante su exilio en París en 193. Un encuentro con Jesucristo vivo y
real que le llevará a recuperar la fe y a ser ordenado sacerdote tres años
después.
Cuando estalló la Guerra Civil se
encontraba en Madrid, era catedrático de Metafísica, estaba viudo con tres
hijas y un nieta. En agosto asesinaron a su yerno en Toledo. Acude al profesor
Besteiro de la facultad pidiendo ayuda para marchar de España, con prisas y sin
nada, a fin de evitar ser detenido. Deja la estabilidad personal y la familia,
el trabajo y la estabilidad. Así llega a París donde vive de prestado en una
habitación de la casa de un amigo, y comienza a gestionar la marcha de sus hijas,
y nieta, pero sus gestiones se entorpecen y retrasan el viaje. Reflexiona sobre
su vida actual que le ocurre pero que no domina, piensa que le viene dada por
voluntades ajenas, y vislumbra que quizá Dios en quien no cree le está
organizando la vida, y se rebela llegando a pensar en el suicidio, como rechazo
de lo que recibe al margen de su voluntad. Se encuentra sumido en la angustia
aunque no es un hombre emotivo ni inestable.
Con esos sentimientos, una noche se
encuentra cavilando en la habitación con estos pensamientos, abre la ventana
para respirar y ver los tejados de París, al fondo Sacre Coeur. Fuma, pasa
mucho rato, escucha de fondo música de Frank, Pavana una princesa difunta,
luego Berlioz, la Infancia de Cristo… Después apaga la radio para
disfrutar de paz y así empezaron a desfilar por su mente imágenes de
Jesucristo, caminando de la mano de la Virgen, mirando con asombro a san José,
el perdón a la Magdalena, Jesús atado a columna, el Cireneo y las santas
mujeres al pie de la Cruz… Los brazos de Jesucristo se extendían para abrazar a
muchedumbre de hombres y mujeres que han creído en Él a través de los siglos. Y
él se ve paralizado sin poder subir con ellos al encuentro con Dios, el Dios
verdadero que entiende a los hombres que consuela y salva. Y reconoce que a ese
Dios sí le puede rezar… pero se le había olvidado el Padrenuestro y el
Avemaría; así desconcertado cae de rodillas y después de largo rato pudo
reconstruir estas oraciones que se puso a escribir en un librito de notas. No
pudo articular el Credo, la Salve, ni el Señor mío Jesucristo.
Le invade una inmensa paz y siente que
Jesucristo estaba allí llenando la habitación, no lo veía, no lo oía, ni lo
tocaba pero estaba ahí más real que los muebles. Pensó ir a una iglesia pero
eran las doce de la noche y no podría buscar un sacerdote, que además no
conocía a ninguno. Pasó horas dando vueltas por la casa perplejo con esa
experiencia tan viva y la plena seguridad de que no era un trastorno
psicológico en él, un hombre racional, de formación filosófica kantiana, y nada
sentimental.
Otras conversiones
Abundan los relatos de conversiones en
las últimas décadas que muestran la variedad de personas, la transformación de
su vida y la eficacia de su testimonio. Siempre queda la llamada a corresponder
a las luces de Dios en otras conversiones menos llamativas pero tan eficaces
como las mencionadas.
El título de algunas obras publicadas es
bien expresivo de la transformación de muchos hombre y mujeres que han
encontrado por fin a Dios o al vuelto a reconocerse como católicos fieles de la
Iglesia. Tan solo a modo de ejemplo veamos algunos títulos:
Edith Stein, Estrellas
amarillas. Autobiografía: infancia y juventud/ Edith Stein. En busca de la
verdad, por Viki Ranff.
Tatiana Goricheva, Hablar de Dios resulta
peligroso.
Manuel García Morente, “El
Hecho extraordinario”
André Frossard, Dios existe, yo me lo encontré.
John Henry Newman, Cartas
y diarios.
Robert H. Benson, Confesiones
de un converso. Robert. H. Benson, La amistad de Jesucristo.
Ronald Knox,
En 1917, Un capellán anglicano de Trinity College, por Evelyn Waugh.
Scott y Kimberly Hahn,
Roma dulce hogar./ Scott y Kimberly Hahn, Nuestro camino al catolicismo.
Peter Seewald, Mi vuelta
a Dios. Cuando comencé a pensar de nuevo en Dios.
Alexandra Borghese, Con
ojos nuevos. Un viaje a la fe./ Alessandra Borghese, Sed de
Dios.
Etty Hillersum, La chica que no sabía arrodillarse.
Bernard Nathanson, La mano de dios. Autobiografía y
conversión del llamado “rey del aborto”.
Ayako Miura, Un samurai
cristiano. Relato de una
conversión.
Reflexión
Para quienes hemos crecido en el seno de
la Iglesia católica y quizá no valoramos debidamente la fe, estas conversiones
señalan un encuentro especial con Jesucristo que sale al paso en diversas
circunstancias. Son con frecuencia desconcertantes aunque llevan al encuentro
con Jesucristo vivo y presente en la Iglesia: la comunidad de aquellos que
participan en el amor redentor de Jesucristo por la humanidad.
De este modo lo expresaba un santo de
nuestro tiempo: «No es posible quedarse inmóviles. Es necesario ir adelante
hacia la meta que San Pablo señalaba: “no soy yo el que vivo, sino que Cristo
vive en mí” (Ga 2,20) . La ambición es alta y nobilísima: la identificación con
Cristo, la santidad. Pero no hay otro camino, si se desea ser coherente con la
vida divina que, por el Bautismo, Dios ha hecho nacer en nuestras almas. El
avance es progreso en santidad; el retroceso es negarse al desarrollo normal de
la vida cristiana. Porque el fuego del amor de Dios necesita ser alimentado,
crecer cada día, arraigándose en el alma; y el fuego se mantiene vivo quemando
cosas nuevas. Por eso, si no se hace más grande, va camino de extinguirse»[3].
Y así, al vivir en la comunión eclesial,
no en la soledad desarraigada del individualismo de pretender entenderse a
solas con Dios y prescindir de la Iglesia, tienen especial interés estas
conversiones como testimonio real de que sin la Iglesia, sin la doctrina y sin
los sacramentos no hay conversión ni encuentro con Dios.
Jesús Ortiz López
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