Hace unos días la catedral de la Almudena en Madrid se ha puesto de blanco en la Eucaristía concelebrada por mil trescientos sacerdotes de la diócesis con el Cardenal Arzobispo Mons. José Cobo y otros obispos. Hace muchas décadas que no se reunían tantos para celebrar su sacerdocio en esa comunión visible e impulsar su misión evangelizadora como buenos Pastores del Pueblo de Dios.
Celebrar el sacerdocio
Ha sido el centro de estas jornadas
finales de CONVIVIUM, la magna asamblea sacerdotal comenzada hace meses con
reuniones e intervenciones que han tocado todas las cuestiones que afectan a la
Iglesia universal encarnada en Madrid.
Durante semanas hemos convivido los
jóvenes con los mayores, los recién ordenados con los que han cumplido medio
siglo de servicio generoso en favor de todos. La alegría es evidente, la
fraternidad abraza a sacerdotes diocesanos, los religiosos, y cuantos
desarrollan tareas pastorales. Ya lo sabíamos y muchos nos conocemos desde hace
años, pero hasta ahora no hemos visto al conjunto del presbiterio en torno al
Obispo.
En su homilía Mons. Cobo invitaba a una
escucha que «solo es auténtica cuando nos escuchamos unos a otros, cuando
abrimos el corazón y acogemos con gozo y sin prejuicios la fraternidad de
nuestro presbiterio, en toda su diversidad y riqueza» Y añadía «Aquí
nadie sobra, pero nadie se basta a sí mismo. Cada vida sacerdotal encuentra su
lugar cuando se vive al calor de la fraternidad. Somos diversos, y esa
diversidad es don del Espíritu, orientado siempre a una finalidad clara:
construir la unidad del Cuerpo de Cristo».
Nuestra sociedad necesita nuevos impulsos
de fe para no asfixiarse de individualismo, de secularización y de
materialismo. Y esto nos afecta a los sacerdotes. Muchos jóvenes van
descubriendo quién es Jesucristo, por qué la Iglesia como camino real de
santificación, y la necesidad de alimentar el alma. Por eso crecen las
comunidades de jóvenes en las parroquias, en los movimientos, en las
celebraciones festivas de la fe, los retiros de oración, y siempre la
demostración palpable de que nos interesan los necesitados, los descartados de
la sociedad, los solitarios mayores o jóvenes.
Configurados con Cristo para servir
Misión de los sacerdotes es dar el pan de
la fe, de los sacramentos, de la fraternidad, y de la esperanza todos, desde
los niños a los ancianos. Para eso están preparados y para eso renuevan su
disposición de servicio caritativo, que significa cariño, comprensión, amistad.
Siempre hemos de volver a los comienzos del Evangelio, de los primeros
cristianos, de la llamada ilusionante de Jesucristo que repite «tú, sígueme».
La Iglesia no es una multinacional de la
solidaridad y los sacerdotes no somos sólo consoladores de los afligidos, eso
es mucho pero es poco, porque estamos configurados sacramentalmente y
vitalmente con Jesucristo. Por eso cuando el Señor nos dice «dadles vosotros de
comer» nos ha dado previamente la capacidad de comunicar la vida de la gracia
que potencia todo lo humano.
Mensaje del papa León XIV
La Carta escrita con el corazón enviada
por el papa León XIV para este CONVIVIUM exhorta los sacerdotes a vivir unidos
a Jesucristo, es decir a tener una vida de entrega eucarística y una vida de
oración, que sostiene el servicio de caridad abierto a todos, en particular a
quienes tenemos confiados directamente. Teniendo claro que no hemos de
fatigarnos con la multiplicidad de tareas o la presión de los resultados,
porque es el Espíritu quien trabaja las almas contando con nuestro servicio,
acompañamiento y claridad.
Observaba el marco social y cultural de
nuestro tiempo de secularización, de polarización y de reduccionismo
antropológico como realidad que nos llama a transformar con desde el Evangelio.
Para muchos las palabras de fe ya no significan nada aunque no desaparecen las
inquietudes y grandes preguntas: ¿Qué es ser humano, qué significa la dignidad
personal, es suficiente la libertad para ser felices, qué sentido tiene nuestra
vida, qué hay más allá de la muerte?
Con palabras de fe el Papa nos dice: «Esto nos recuerda que para el sacerdote no es
momento de repliegue ni de resignación, sino de presencia fiel y de
disponibilidad generosa. Todo ello nace del reconocimiento de que la iniciativa
es siempre del Señor, que ya está obrando y nos precede con su gracia.
»Se va perfilando
así qué tipo de sacerdotes necesita Madrid —y la Iglesia
entera— en este tiempo. Ciertamente no hombres definidos por la
multiplicación de tareas o por la presión de los resultados, sino varones
configurados con Cristo, capaces de sostener su ministerio desde una relación
viva con Él, nutrida por la Eucaristía y expresada en una caridad pastoral
marcada por el don sincero de sí. No se trata de inventar modelos nuevos ni de
redefinir la identidad que hemos recibido, sino de volver a proponer, con
renovada intensidad, el sacerdocio en su núcleo más auténtico —ser alter
Christus—, dejando que sea Él quien configure nuestra vida, unifique nuestro
corazón y dé forma a un ministerio vivido desde la intimidad con Dios, la
entrega fiel a la Iglesia y el servicio concreto a las personas que nos han
sido confiadas».
Encendidos con estas palabras del Santo
Padre hemos vivido estas jornadas con alegría profunda, con abrazos y
canciones, con esperanza renovada porque la Iglesia tiene las claves para
descubrir a Dios presente entre nosotros. Los sacerdotes no somos protagonistas
de la evangelización sino instrumentos de la gracia para caminar junto a los
fieles, en comunión con los primeros cristianos que transformaron aquella
sociedad.
De ayer y de hoy
Le reflejaba a la perfección la famosa
Carta a Diogneto: «Los cristianos no se distinguen de los demás hombres, ni
por el lugar en que viven, ni por su lenguaje, ni por sus costumbres. Ellos, en
efecto, no tienen ciudades propias, ni utilizan un hablar insólito, ni llevan
un género de vida distinto. Su sistema doctrinal no ha sido inventado gracias
al talento y especulación de hombres estudiosos, ni profesan, como otros, una
enseñanza basada en autoridad de hombres». Y lo sinterizaba después
«Para decirlo en pocas palabras: los cristianos son en el mundo lo que el alma
es en el cuerpo».
Ciertamente esta magna asamblea ha
convocado especialmente a los sacerdotes aunque sin olvidar tantos seglares que
han participado directamente o han apoyado con ilusión esta renovación
sacerdotal. Porque es claro que los laicos son protagonistas -no meros
colaboradores- de la nueva evangelización en medio del mundo con la cultura
actual, y necesitan el acompañamiento de los sacerdotes con el Pan y la
Palabra.
Es decir, sacerdotes y fieles estamos
llamados a recordar todo esto en medio de una sociedad tantas veces
desconcertada que no acierta a crecer en alma y a ilusionar a las próximas
generaciones. Porque como tantas veces se ha dicho, la Iglesia es experta en
humanidad, precisamente porque tiene a Jesucristo y se sabe impulsada por el
Espíritu Santo. Esperamos que esta especial Pentecostés vivida estos días
ilusionará a muchos jóvenes a seguir a Jesucristo de cerca y encontrar quizá su
vocación como sacerdotes del siglo XXI.
Lo ha pedido el Cardenal Cobo en esa
Eucaristía en la catedral de la Almudena: «CONVIVIUM es cultivar un modo
fraternal y sinodal de vivir nuestras relaciones y nuestro pastoreo. Eso ayuda
a la Iglesia a lanzar una voz profética, a ser un signo levantado en medio de
nuestra gente y a invitar a sentarse juntos, para revitalizar nuestras
comunidades concretas como parte del pueblo de Dios». Este modo de vida sigue
atrayendo a muchos jóvenes para responder a la llamada de Jesucristo: tú,
sígueme. Los sacerdotes siempre jóvenes de espíritu, los seminaristas, y los
consagrados son la esperanza de la sociedad.
Jesús Ortiz López
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