lunes, 20 de abril de 2026

Conversión: conversiones

Cada año, el Miércoles de Ceniza inicia la Cuaresma para los católicos, un tiempo para vivir con más recogimiento y calibrar el peso de nuestra vida cara a Dios. La recepción de la ceniza, como sacramental que es, concede una serie de gracias para recorrer este tiempo con la mirada puesta en la meta, en la Vida eterna con Dios[1].

Al inicio del nuevo año el papa León XIV enseñaba que «la Liturgia nos recuerda que cada día puede ser, para cada uno de nosotros, el comienzo de una vida nueva, gracias al amor generoso de Dios, a su misericordia y a la respuesta de nuestra libertad. Y es hermoso pensar así el año que comienza: como un camino abierto, por descubrir, en el que aventurarnos, por gracia, libres y portadores de libertad, perdonados y dispensadores de perdón, confiados en la cercanía y en la bondad del Señor que siempre nos acompaña».

Las lecturas de la misa en estos días alimentan el sentido de penitencia para rectificar el rumbo de la vida tomando en serio las gracias de Dios que llama fuerte y suavemente al corazón de cada uno.

El catecismo expone el sentido de la conversión del corazón y de la penitencia:  «Jesús llama a la conversión. Esta llamada es una parte esencial del anuncio del Reino: "El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva" (Mc 1, 15). En la predicación de la Iglesia, esta llamada se dirige primeramente a los que no conocen todavía a Cristo y su Evangelio. Así, el Bautismo es el lugar principal de la conversión primera y fundamental. Por la fe en la Buena Nueva y por el Bautismo (cf. Hch 2, 38) se renuncia al mal y se alcanza la salvación, es decir, la remisión de todos los pecados y el don de la vida nueva.

«Ahora bien, la llamada de Cristo a la conversión sigue resonando en la vida de los cristianos. Esta segunda conversión es una tarea ininterrumpida para toda la Iglesia que "recibe en su propio seno a los pecadores" y que siendo "santa al mismo tiempo que necesitada de purificación constante, busca sin cesar la penitencia y la renovación" (LG 8). Este esfuerzo de conversión no es sólo una obra humana. Es el movimiento del "corazón contrito" (Sal 51, 19), atraído y movido por la gracia (cf Jn 6, 44; Jn 12, 32) a responder al amor misericordioso de Dios que nos ha amado primero (cf 1Jn 4, 10)[2].

 

De Saulo a Pablo

Saulo avanzaba camino de Damasco cuando fue frenado por la aparición de Jesucristo mostrándole que perseguir a los discípulos es perseguirle a él, Dios con nosotros muerto y resucitado. La ceguera sobrevenida fue necesaria para encontrarse con Jesús, rectificar el rumbo equivocado de su vida, y aceptar la llamada a dar testimonio del Evangelio, la Buena Nueva de la Salvación definitiva obrada por Jesucristo. El cambio de nombre, Saulo a Paulus es transformación radical de su persona preparada ahora para la misión encomendada. El libro con los Hechos de los Apóstoles refiere por tres veces esa conversión decisiva para la expansión de la fe y prototipo de otras muchas conversiones más o menos extraordinarias a lo largo de la historia de la Iglesia y de la biografía de tantos santos. Veamos tan solo algunas de ellas como acta asombrosa de fe a la llamada de Dios que abren ventanas a nuestras propias conversiones.

 

Edith Stein. "Esta es la verdad".

Edith Stein había nacido en el seno de una familia hebrea creyente. Pero su precaria formación religiosa no resistió los embates del racionalismo que prescinde de cuanto escapa de la Lógica humana, como pasa en el mundo religioso. Pero desde muy joven emprendió una apasionada búsqueda de la verdad y de lo absoluto, que le llevó a emprender los estudios de filosofía.

A través de un profesor empezó a conocer algunas ideas católicas, que se intensificaron al tratar al joven matrimonio de los profesores Adolf y Ana Reinach. Cuando el marido de ésta murió en el frente de batalla, durante la segunda guerra mundial, Edith quedó fuertemente impresionada por la entereza de Ana, pues intuía que aquello debía tener un origen superior a todo lo humano. "Allí encontré por primera vez -confiesa- la Cruz y el poder divino que comunica a los que la llevan. Fue mi primer vislumbre de la Iglesia, nacida de la Pasión redentora de Cristo, de su victoria sobre la mordedura de la muerte. En ese momento, mi incredulidad se derrumbó, en él el judaísmo palideció ante la aurora de Cristo, Cristo en el misterio de la Cruz".

La revelación de la grandeza que encierra el cristianismo para quienes saben responder a su llamada, se acrecentó de forma decisiva al leer más tarde por casualidad la vida de Santa Teresa de Jesús. Estando en casa de unos amigos tomó al azar de la biblioteca la autobiografía de la santa: "Empecé a leer -escribe-, y fui cautivada inmediatamente, sin poder dejar de leer hasta el fin. Cuando cerré el libro me dije: Esta es la verdad".

A la mañana siguiente, Edith se apresuró a comprar un catecismo y un misal. Y tras haber estudiado detenidamente el catecismo y la Misa, se decidió a asistir por primera vez a la celebración eucarística. Al final de la Misa se acercó al párroco a pedirle que la bautizara. Este, sorprendido, se rindió a la evidencia: la intelectual atea estaba verdaderamente dispuesta para recibir el Bautismo. Y un tiempo después, el 1 de enero de 1942, Edith sintió que renacía a una nueva vida en la Iglesia de Jesucristo y la colmaba de gozo.

Más tarde Edith profesó como religiosa carmelita con el nombre de Teresa Benedicta de la Cruz, primero en Colonia y después en Echt en los Países Bajos. Las superioras la animaron a seguir cultivando la filosofía y fue enriqueciendo su formación filosófica con la fe, dos alas por las que el entendimiento se remonta hasta la verdad: muchas verdades sobre la realidad que remiten en último orden a Dios Verdad plena. La persecución nazi, la ideología criminal que intenta sustituir a Dios, llegó a su convento en Holanda y fue deportada a Auschwitz donde murió mártir en las cámaras de gas. Fue canonizada por Juan Pablo II en 1998 y nombrada copatrona de Europa.

 

T. Goricheva. "La Iglesia es siempre joven".

Tatiana Goricheva nació en Leningrado y fue educada en el ateísmo militante. Dirigente de la juventud comunista y profesora de filosofía, se refugia en una vida de excesos, se entusiasma con los filósofos existencialistas y busca el equilibrio interior practicando el yoga... Hasta que al conocer como un mantra más el Padrenuestro encontró la fe que transformó por completo su vida.

Confiesa que desde su temprana juventud: "Yo vivía como una pequeña bestezuela acorralada y furiosa, sin erguirme jamás y levantar la cabeza, sin hacer intento alguno de comprender o decidir algo (...). En las redacciones escolares escribía -como era de ley- que amaba a la patria, a Lenin y a mi madre; pero eso era pura y llanamente una mentira. Desde mi infancia odié todo lo que me rodeaba: odiaba a las personas con sus minúsculas preocupaciones y angustias; más aún, me repugnaban; odiaba a mis padres que en nada se diferenciaban de todos los demás y que se habían convertido en mis progenitores por pura casualidad. ¡Oh, sí, yo enloquecía de rabia al pensar que, sin deseo alguno de mi parte y de modo totalmente absurdo, me habían traído al mundo! Odiaba hasta la naturaleza con su ritmo eternamente repetido y aburrido de verano, otoño, invierno..." .

Y continuaba relatando su transformación interior por obra de la gracia, pues "el viento que es el Espíritu Santo, `sopla donde quiere'. Otorga vida y resucita a los muertos. ¿Qué fue lo que me ocurrió entonces? Que nací de nuevo. En efecto, fue un segundo nacimiento lo que experimenté". Y añade que:  "entonces de repente me sentí transformada por completo. Comprendí -no con mí inteligencia ridícula, sino con todo mi ser- que Él existe. ¡El, el Dios vivo y personal, que me ama a mí y a todas las criaturas, que ha creado el mundo, que se hizo hombre por amor, el Dios crucificado y resucitado!

"En aquel instante comprendí y capté el misterio del cristianismo, la vida nueva y verdadera. ¡Esa era la redención efectiva y auténtica! En aquel momento todo cambió para mí. El hombre viejo había muerto. No sólo di de mano a mis valoraciones e ideales anteriores sino también a las viejas costumbres."

"Finalmente, mi corazón se abrió. Empecé a querer a las personas. Pude comprender sus padecimientos, así como su elevada categoría y su semejanza divina. Inmediatamente después de mi conversión todas las gentes se me presentaban sin más como admirables habitantes del Cielo y estaba impaciente por hacer el bien y servir a Dios y a los hombres".

A Tatiana Goricheva le fue dado comprender que la Iglesia, especialmente a través del sacramento del perdón y de la sagrada eucaristía, comunica a sus hijos la vida siempre renovada para que superen el peso muerto de sus pecados.

"Nosotros éramos a la vez hijos de Rusia y de Europa. Y nos sentíamos cercados en el círculo de la cultura racionalista-voluntarista, en que el pasado pende sobre el presente, en que nada se puede mejorar, en Sísifo empujando la piedra sin llegar nunca al final, y el hombre está esclavizado para siempre a la corrupción de sus actuaciones, fallos y necedades. Ahora, cuando recuerdo ese sentimiento, puedo decir que vivíamos en el infierno. Porque una de las características del aburrimiento en el infierno es precisamente la monotonía uniforme.

“Y entonces irrumpió de repente algo bien distinto: se abrió la perspectiva, antes inimaginable, del perdón y la reconciliación apareciendo bajo una luz cenital. El arrepentimiento y el perdón de los pecados hacían posible (¡Cuando los pecados eran perdonados!) lo que antes no podíamos imaginar: que el pecado había desaparecido y ya no existía.

“La Iglesia superaba algo que parecía insuperable. Al hastío del eterno retorno se oponía el acontecimiento histórico singular de la resurrección. En la Iglesia todo era nuevo. Y eso tanto entonces, cuando entramos por primera vez y casi sin saberlo, como cuatro o cinco años más tarde. La Santa Cena del Señor es siempre algo único e irrepetible. El amor a la Iglesia es siempre el primer amor".

Esta profesora de filosofía fundó con algunas mujeres de Leningrado el primer movimiento femenino de la Unión Soviética, organizó conferencias sobre religión y teología, y publico dos revistas en la clandestinidad. Tras diversos interrogatorios y encarcelamientos fue expulsada de su país en 1980 y residió en París.

 

Manuel García Morente: filósofo kantiano

Manuel García Morente ha sido un filósofo español importante del siglo XX, con una experiencia singular que marcó el resto de su vida. Relata en una carta enviada a su amigo y confidente Mons. José. María García Lahiguera, el hecho extraordinario de su conversión, ocurrida durante su exilio en París en 193. Un encuentro con Jesucristo vivo y real que le llevará a recuperar la fe y a ser ordenado sacerdote tres años después.

Cuando estalló la Guerra Civil se encontraba en Madrid, era catedrático de Metafísica, estaba viudo con tres hijas y un nieta. En agosto asesinaron a su yerno en Toledo. Acude al profesor Besteiro de la facultad pidiendo ayuda para marchar de España, con prisas y sin nada, a fin de evitar ser detenido. Deja la estabilidad personal y la familia, el trabajo y la estabilidad. Así llega a París donde vive de prestado en una habitación de la casa de un amigo, y comienza a gestionar la marcha de sus hijas, y nieta, pero sus gestiones se entorpecen y retrasan el viaje. Reflexiona sobre su vida actual que le ocurre pero que no domina, piensa que le viene dada por voluntades ajenas, y vislumbra que quizá Dios en quien no cree le está organizando la vida, y se rebela llegando a pensar en el suicidio, como rechazo de lo que recibe al margen de su voluntad. Se encuentra sumido en la angustia aunque no es un hombre emotivo ni inestable.

Con esos sentimientos, una noche se encuentra cavilando en la habitación con estos pensamientos, abre la ventana para respirar y ver los tejados de París, al fondo Sacre Coeur. Fuma, pasa mucho rato, escucha de fondo música de Frank, Pavana una princesa difunta, luego Berlioz, la Infancia de Cristo… Después apaga la radio para disfrutar de paz y así empezaron a desfilar por su mente imágenes de Jesucristo, caminando de la mano de la Virgen, mirando con asombro a san José, el perdón a la Magdalena, Jesús atado a columna, el Cireneo y las santas mujeres al pie de la Cruz… Los brazos de Jesucristo se extendían para abrazar a muchedumbre de hombres y mujeres que han creído en Él a través de los siglos. Y él se ve paralizado sin poder subir con ellos al encuentro con Dios, el Dios verdadero que entiende a los hombres que consuela y salva. Y reconoce que a ese Dios sí le puede rezar… pero se le había olvidado el Padrenuestro y el Avemaría; así desconcertado cae de rodillas y después de largo rato pudo reconstruir estas oraciones que se puso a escribir en un librito de notas. No pudo articular el Credo, la Salve, ni el Señor mío Jesucristo.

Le invade una inmensa paz y siente que Jesucristo estaba allí llenando la habitación, no lo veía, no lo oía, ni lo tocaba pero estaba ahí más real que los muebles. Pensó ir a una iglesia pero eran las doce de la noche y no podría buscar un sacerdote, que además no conocía a ninguno. Pasó horas dando vueltas por la casa perplejo con esa experiencia tan viva y la plena seguridad de que no era un trastorno psicológico en él, un hombre racional, de formación filosófica kantiana, y nada sentimental.

 

Otras conversiones

Abundan los relatos de conversiones en las últimas décadas que muestran la variedad de personas, la transformación de su vida y la eficacia de su testimonio. Siempre queda la llamada a corresponder a las luces de Dios en otras conversiones menos llamativas pero tan eficaces como las mencionadas.

El título de algunas obras publicadas es bien expresivo de la transformación de muchos hombre y mujeres que han encontrado por fin a Dios o al vuelto a reconocerse como católicos fieles de la Iglesia. Tan solo a modo de ejemplo veamos algunos títulos:

Edith Stein, Estrellas amarillas. Autobiografía: infancia y juventud/ Edith Stein. En busca de la verdad, por Viki Ranff. 

Tatiana Goricheva, Hablar de Dios resulta peligroso.

Manuel García Morente, “El Hecho extraordinario” 

André Frossard,  Dios existe, yo me lo encontré.

John Henry Newman, Cartas y diarios.

Robert H. Benson, Confesiones de un converso. Robert. H. Benson, La amistad de Jesucristo.

Ronald Knox, En 1917, Un capellán anglicano de Trinity College, por Evelyn Waugh.

Scott y Kimberly Hahn, Roma dulce hogar./ Scott y Kimberly Hahn, Nuestro camino al catolicismo.

Peter Seewald, Mi vuelta a Dios. Cuando comencé a pensar de nuevo en Dios.

Alexandra Borghese, Con ojos nuevos. Un viaje a la fe./ Alessandra Borghese,  Sed  de Dios. 

Etty Hillersum,  La chica que no sabía arrodillarse.

Bernard Nathanson, La mano de dios. Autobiografía y conversión del llamado  “rey del aborto”.  

Ayako Miura, Un  samurai  cristiano. Relato de una conversión.

 

Reflexión

Para quienes hemos crecido en el seno de la Iglesia católica y quizá no valoramos debidamente la fe, estas conversiones señalan un encuentro especial con Jesucristo que sale al paso en diversas circunstancias. Son con frecuencia desconcertantes aunque llevan al encuentro con Jesucristo vivo y presente en la Iglesia: la comunidad de aquellos que participan en el amor redentor de Jesucristo por la humanidad.

De este modo lo expresaba un santo de nuestro tiempo: «No es posible quedarse inmóviles. Es necesario ir adelante hacia la meta que San Pablo señalaba: “no soy yo el que vivo, sino que Cristo vive en mí” (Ga 2,20) . La ambición es alta y nobilísima: la identificación con Cristo, la santidad. Pero no hay otro camino, si se desea ser coherente con la vida divina que, por el Bautismo, Dios ha hecho nacer en nuestras almas. El avance es progreso en santidad; el retroceso es negarse al desarrollo normal de la vida cristiana. Porque el fuego del amor de Dios necesita ser alimentado, crecer cada día, arraigándose en el alma; y el fuego se mantiene vivo quemando cosas nuevas. Por eso, si no se hace más grande, va camino de extinguirse»[3].

Y así, al vivir en la comunión eclesial, no en la soledad desarraigada del individualismo de pretender entenderse a solas con Dios y prescindir de la Iglesia, tienen especial interés estas conversiones como testimonio real de que sin la Iglesia, sin la doctrina y sin los sacramentos no hay conversión ni encuentro con Dios.

 

Jesús Ortiz López

 

https://www.elconfidencialdigital.com/religion/opinion/jesus-ortiz-lopez/conversion-conversiones/20260225034254055359.html

 



[1] Cfr. J.Ortiz, Tres pilares de la vida cristiana. Palabra, 2019, p. 65 y ss..

[2] Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1427-1428

[3] San Josemaría Escrivá. Es Cristo que pasa, n. 58.

Dadles vosotros de comer

Hace unos días la catedral de la Almudena en Madrid se ha puesto de blanco en la Eucaristía concelebrada por mil trescientos sacerdotes de la diócesis con el Cardenal Arzobispo Mons. José Cobo y otros obispos. Hace muchas décadas que no se reunían tantos para celebrar su sacerdocio en esa comunión visible e impulsar su misión evangelizadora como buenos Pastores del Pueblo de Dios.

Celebrar el sacerdocio

Ha sido el centro de estas jornadas finales de CONVIVIUM, la magna asamblea sacerdotal comenzada hace meses con reuniones e intervenciones que han tocado todas las cuestiones que afectan a la Iglesia universal encarnada en Madrid.

Durante semanas hemos convivido los jóvenes con los mayores, los recién ordenados con los que han cumplido medio siglo de servicio generoso en favor de todos. La alegría es evidente, la fraternidad abraza a sacerdotes diocesanos, los religiosos, y cuantos desarrollan tareas pastorales. Ya lo sabíamos y muchos nos conocemos desde hace años, pero hasta ahora no hemos visto al conjunto del presbiterio en torno al Obispo.

En su homilía Mons. Cobo invitaba a una escucha que «solo es auténtica cuando nos escuchamos unos a otros, cuando abrimos el corazón y acogemos con gozo y sin prejuicios la fraternidad de nuestro presbiterio, en toda su diversidad y riqueza» Y añadía «Aquí nadie sobra, pero nadie se basta a sí mismo. Cada vida sacerdotal encuentra su lugar cuando se vive al calor de la fraternidad. Somos diversos, y esa diversidad es don del Espíritu, orientado siempre a una finalidad clara: construir la unidad del Cuerpo de Cristo».

Nuestra sociedad necesita nuevos impulsos de fe para no asfixiarse de individualismo, de secularización y de materialismo. Y esto nos afecta a los sacerdotes. Muchos jóvenes van descubriendo quién es Jesucristo, por qué la Iglesia como camino real de santificación, y la necesidad de alimentar el alma. Por eso crecen las comunidades de jóvenes en las parroquias, en los movimientos, en las celebraciones festivas de la fe, los retiros de oración, y siempre la demostración palpable de que nos interesan los necesitados, los descartados de la sociedad, los solitarios mayores o jóvenes.

Configurados con Cristo para servir

Misión de los sacerdotes es dar el pan de la fe, de los sacramentos, de la fraternidad, y de la esperanza todos, desde los niños a los ancianos. Para eso están preparados y para eso renuevan su disposición de servicio caritativo, que significa cariño, comprensión, amistad. Siempre hemos de volver a los comienzos del Evangelio, de los primeros cristianos, de la llamada ilusionante de Jesucristo que repite «tú, sígueme».

La Iglesia no es una multinacional de la solidaridad y los sacerdotes no somos sólo consoladores de los afligidos, eso es mucho pero es poco, porque estamos configurados sacramentalmente y vitalmente con Jesucristo. Por eso cuando el Señor nos dice «dadles vosotros de comer» nos ha dado previamente la capacidad de comunicar la vida de la gracia que potencia todo lo humano.

Mensaje del papa León XIV

La Carta escrita con el corazón enviada por el papa León XIV para este CONVIVIUM exhorta los sacerdotes a vivir unidos a Jesucristo, es decir a tener una vida de entrega eucarística y una vida de oración, que sostiene el servicio de caridad abierto a todos, en particular a quienes tenemos confiados directamente. Teniendo claro que no hemos de fatigarnos con la multiplicidad de tareas o la presión de los resultados, porque es el Espíritu quien trabaja las almas contando con nuestro servicio, acompañamiento y claridad.

Observaba el marco social y cultural de nuestro tiempo de secularización, de polarización y de reduccionismo antropológico como realidad que nos llama a transformar con desde el Evangelio. Para muchos las palabras de fe ya no significan nada aunque no desaparecen las inquietudes y grandes preguntas: ¿Qué es ser humano, qué significa la dignidad personal, es suficiente la libertad para ser felices, qué sentido tiene nuestra vida, qué hay más allá de la muerte?

Con palabras de fe el Papa nos dice: «Esto nos recuerda que para el sacerdote no es momento de repliegue ni de resignación, sino de presencia fiel y de disponibilidad generosa. Todo ello nace del reconocimiento de que la iniciativa es siempre del Señor, que ya está obrando y nos precede con su gracia.

»Se va perfilando así qué tipo de sacerdotes necesita Madrid —y la Iglesia entera— en este tiempo. Ciertamente no hombres definidos por la multiplicación de tareas o por la presión de los resultados, sino varones configurados con Cristo, capaces de sostener su ministerio desde una relación viva con Él, nutrida por la Eucaristía y expresada en una caridad pastoral marcada por el don sincero de sí. No se trata de inventar modelos nuevos ni de redefinir la identidad que hemos recibido, sino de volver a proponer, con renovada intensidad, el sacerdocio en su núcleo más auténtico —ser alter Christus—, dejando que sea Él quien configure nuestra vida, unifique nuestro corazón y dé forma a un ministerio vivido desde la intimidad con Dios, la entrega fiel a la Iglesia y el servicio concreto a las personas que nos han sido confiadas».

Encendidos con estas palabras del Santo Padre hemos vivido estas jornadas con alegría profunda, con abrazos y canciones, con esperanza renovada porque la Iglesia tiene las claves para descubrir a Dios presente entre nosotros. Los sacerdotes no somos protagonistas de la evangelización sino instrumentos de la gracia para caminar junto a los fieles, en comunión con los primeros cristianos que transformaron aquella sociedad.

 

De ayer y de hoy

Le reflejaba a la perfección la famosa Carta a Diogneto: «Los cristianos no se distinguen de los demás hombres, ni por el lugar en que viven, ni por su lenguaje, ni por sus costumbres. Ellos, en efecto, no tienen ciudades propias, ni utilizan un hablar insólito, ni llevan un género de vida distinto. Su sistema doctrinal no ha sido inventado gracias al talento y especulación de hombres estudiosos, ni profesan, como otros, una enseñanza basada en autoridad de hombres». Y lo sinterizaba después «Para decirlo en pocas palabras: los cristianos son en el mundo lo que el alma es en el cuerpo».

Ciertamente esta magna asamblea ha convocado especialmente a los sacerdotes aunque sin olvidar tantos seglares que han participado directamente o han apoyado con ilusión esta renovación sacerdotal. Porque es claro que los laicos son protagonistas -no meros colaboradores- de la nueva evangelización en medio del mundo con la cultura actual, y necesitan el acompañamiento de los sacerdotes con el Pan y la Palabra.

Es decir, sacerdotes y fieles estamos llamados a recordar todo esto en medio de una sociedad tantas veces desconcertada que no acierta a crecer en alma y a ilusionar a las próximas generaciones. Porque como tantas veces se ha dicho, la Iglesia es experta en humanidad, precisamente porque tiene a Jesucristo y se sabe impulsada por el Espíritu Santo. Esperamos que esta especial Pentecostés vivida estos días ilusionará a muchos jóvenes a seguir a Jesucristo de cerca y encontrar quizá su vocación como sacerdotes del siglo XXI. 

Lo ha pedido el Cardenal Cobo en esa Eucaristía en la catedral de la Almudena: «CONVIVIUM es cultivar un modo fraternal y sinodal de vivir nuestras relaciones y nuestro pastoreo. Eso ayuda a la Iglesia a lanzar una voz profética, a ser un signo levantado en medio de nuestra gente y a invitar a sentarse juntos, para revitalizar nuestras comunidades concretas como parte del pueblo de Dios». Este modo de vida sigue atrayendo a muchos jóvenes para responder a la llamada de Jesucristo: tú, sígueme. Los sacerdotes siempre jóvenes de espíritu, los seminaristas, y los consagrados son la esperanza de la sociedad. 

 

 

Jesús Ortiz López

Funeral católico y popular


El funeral en Huelva por los 45 fallecidos en Adamuz ha sido un consuelo y una brisa fuerte de paz. Las palabras de la joven Liliana, buena hija creyente de Natividad, nacen del dolor, del amor, y de la fe, que naturalmente nos han conmovido y expanden por toda la geografía el consuelo que une[1]. «Gracias» ha sido la palabra tantas veces repetida y sentida con viveza. La Iglesia ha abierto los brazos y consolado a todos, a la vez que comunica la esperanza segura en Dios.

Las familias de los fallecidos en el accidente en Adamuz han querido un funeral católico y popular según ha manifestado esa joven al finalizar la celebración litúrgica. Resulta natural porque la fe católica configura nuestra convivencia desde hace veinte siglos y el calor humano se ha manifestado con esas familias desde el primer momento.

 Mucho bien del mal

Nos hacen falta gestos de unidad en medio de poderes que disgregan, gestos de consuelo en medio del dolor, testimonios de fe en medio de incrédulos. De nuevo vemos que Dios puede sacar mucho bien a partir de mucho mal, pero también es cierto que quiere contar con nuestra colaboración, como estamos comprobando estos días. Pedirle explicaciones a Dios es tan simple como protestar por haber nacido. Y es que la paz del alma se consigue cuando uno se olvida de sus pequeños problemas personales para atender a los grandes problemas del prójimo. El que pueda entender que entienda.

Hace meses y aun años que la fe vuelve a los corazones de muchos y a las costumbres en la sociedad. Cada vez encontramos más jóvenes que muestran su fe con naturalidad y con alegría, sin complejos. Los templos están llenos de ellos y de personas de cualquier edad; la Eucaristía atrae cada día, cada semana, y cada liturgia a muchos con profundo fervor renovado. Proliferan los testimonios acerca de la fe, de la caridad, de la esperanza y de conversión. Los Evangelios son leídos o escuchados con mucho interés y meditados a diario para seguir de cerca a Jesucristo, que ya es reconocido como el que vive ayer, hoy y siempre: no es un personaje del pasado sino Dios que camina con nosotros en las penas y en las alegrías, los domingos y todos los días, y da fuerza para transformar este mundo nuestro.

Los jóvenes celebran la fe

Hace unos días el palacio de Vista Alegre, en Madrid, se ha llenado de jóvenes celebrando «El Despertar», el encuentro de miles de jóvenes encantados de escuchar a influencers, dialogar y pensar, manifestándose frente al pensamiento único y la cancelación woke. Y hace unas semanas también los jóvenes han llenado la Puerta del Sol celebrando la Navidad con Hakuna cantando villancicos y la alegría de la fe cristiana. En esas mismas fechas muchos han salido a las calles para acompañar y distribuir comida y cariño a los sin techo. También las redes están llenas de testimonios de conversión mostrando que otro modo de vida es posible.

Vivir con más libertad

Cada uno desde su trabajo puede sembrar paz, alegría y fe, como hace una columnista a propósito del accidente ferroviario en Adamuz. Escribe en ABC: «De Kant a Kierkegaard, los filósofos más 'influencers' de la historia han indagado en la función de completar el alma que tienen las religiones. Se puede ser marxista y comulgar con lo del opio, y a la vez, honrar la memoria histórica de tu pueblo. El Estado debe ser laico, pero el duelo nacional que apela sobre todo a la memoria no puede inhibirse de nuestras raíces, de nuestra memoria histórica. La misa, su ritual, su estética y sus valores lo son. Ante la muerte, mucho más». Y considera que la muerte deja un vacío en el alma que puede ser llenado por Dios y la religión: «España es un país históricamente católico. Podríamos haber sido otra cosa, pero somos esta. Aquí se enterraba, y se entierra, mucho, desde la Iglesia. El adiós se consigna con su rito: el funeral.

Este país nuestro es, sin necesidad de que nos obliguen por ley, una nación tolerante con otras religiones. Nuestra Iglesia no prohíbe a creyentes de otras religiones entrar en sus templos. Respeta. Vive (su religión) y deja vivir: a los otros, a ateos, a agnósticos….».

«Conversa» es una película con historia de conversión en medio de la música y de la sensibilidad artística, con unas experiencias de vuelta a la fe católica. «Libres» es también un film con testimonios de mujeres y hombres que viven una vocación como consagrados o religiosos que se saben libres para seguir a Jesucristo, para enriquecer a la Iglesia, y para servir a los desorientados: después de haber probado tantas cosas ahora vuelan con la cabeza en los cielos y los pies en la tierra. Son felices y hacen felices a los demás.

 

Jesús Ortiz López

 

https://exaudi.org/es/consuelo-en-la-fe-asi-fue-el-emotivo-funeral-por-los-45-de-adamuz/

 

 



[1] https://www.youtube.com/watch?v=pe-arY0ptpo

martes, 3 de junio de 2025

Jesucristo ayer y hoy

Este año 2025 se celebran 1700 años del concilio de Nicea en el que el magisterio de la Iglesia dio un paso importante al precisar la doctrina sobre Jesucristo. El mundo cristiano del siglo IV estaba alterado por diversas interpretaciones equívocas sobre quién es Jesucristo, ¿el mayor entre los profetas, el mesías, el enviado de Dios?

Dios y hombre verdadero

Desde el principio de la evangelización se vive la fe en Jesucristo como verdadero Dios y hombre verdadero: así se celebra en la liturgia, así se le reza, así se va precisando la catequesis bautismal, y celebrando los sacramentos como prolongación de la Humanidad Santísima de Jesucristo, y así viven los fieles en unión con los sucesores de los apóstoles.  Así se expresa en el nombre habitual, Jesús, el hombre, y Cristo, el Ungido como Salvador.

Al principio algunos no tenían inconveniente en predicar a Jesucristo como una presencia terrenal de Dios, acostumbrados a los mitos culturales romanos y griegos: sus dioses venían y volvían de empíreo como Júpiter el dios superior, Mercurio el mensajero, Marte dios de la guerra, Venus diosa de la hermosura, Diana diosa de la caza y de la fecundidad, etcétera. En realidad no creían que Jesucristo fuera verdadero hombre pues sería algo deleznable para Dios.  

Problemas del arrianismo

Poco después surge el problema surge con el obispo Arrio que intenta penetrar en el misterio de Jesucristo y la parece exagerado afirmar que es Dios igual la Padre. Le parece no adecuado que Dios se abaje a ser hombre verdadero, y rechaza modos de orar o expresiones litúrgicas que divinicen a Jesús. Sí le consideraba como hombre perfecto pero no verdadero Dios, admitiendo que ha sido el gran Salvador en obediencia a Dios pero inferior a Él, el mayor y o el mejor de las criaturas pero no verdadero Dios, cien por cien. Todavía influye en el arrianismo la ancestral idea judía del Dios absolutamente Uno.

No se trataba sólo de predicaciones o disquisiciones teológicas porque estaba en juego la realidad de Jesucristo en su Persona divina que asume la naturaleza humana sin abandonar su naturaleza o realidad divina. Es verdad que no estaban bien precisados los términos teológicos pero se trataba de algo mucho más que de palabras, estaba en juego la fe en Jesucristo, el misterio de la Encarnación del Verbo, la unidad de esas dos naturalezas y la Persona misma de Jesucristo, y nada menos que la Redención.

Nicea ayer y hoy

El concilio de Nicea corrigió los errores de Arrio y sus muchos seguidores extendidos por Asia menor, Grecia, Italia, las Galias y hasta la región de Hispania. Porque si Jesucristo no es Dios y hombre verdadero no ha tenido lugar la Redención real o rescate de todos del pecado, de dominio de Satanás, y de la muerte eterna. La fe creída y vivida hasta entonces por los cristianos es que el Hijo unigénito del Padre, se ha encarnado, y ha salvado a todos los hombres, por ser verdadero hombre y verdadero Dios.

Hoy también siguen presentes errores e interpretaciones insuficientes alejadas de las enseñanzas de Nicea, de Constantinopla, del Credo del Pueblo de Dios, del Vaticano II y de la vida cristiana.

Porque algunos siguen precisando el misterio del Verbo encarnado, buscando nuevos conceptos más asequibles a los hombres de hoy, menos sorprendentes para la cultura actual, entrando en la psicología de Jesús, distinguiendo el Jesús histórico del Jesucristo de la fe, o subrayando el valor ejemplar de la vida de Jesús como Maestro de una doctrina moral más válida.

Por ejemplo, algunos encuentran en Jesús una espiritualidad elevada coincidente con las religiones orientales, un maestro de yoga, o un unificador de las religiones superando las diferencias ancestrales. Como si Jesucristo hubiera vivido un tiempo en la India o recibido formación de algún maestro yogui. Suposiciones completamente gratuitas pues no hay ningún dato para afirmar semejante cosa.

La Iglesia cree en Jesucristo

Vemos la importancia de escuchar al Magisterio de la Iglesia, a las enseñanzas de los Pontífices, al sentir de la Iglesia y a la liturgia católica como ley orante y creyente. Por ejemplo, la Eucaristía no es solo el recuerdo de la última Cena de Jesús sino esencialmente la renovación incruenta del Sacrificio de la Cruz, adelantado ya en el cenáculo como entrega sacrificial bajo las especies del pan y del vino consagrados por el Señor.

San Ireneo fue un gran filósofo cristiano del siglo II que supo aplicar algunas categorías al misterio del Dios encarnado, atento a los Evangelios y las epístolas, al magisterio de Pedro y los apóstoles y a la fe del pueblo de Dios. En cambio, el irenismo ajeno al santo cristiano significa el intento de conciliar diversas posturas en un equilibrio intelectual para alcanzar una paz o equilibrio aun a costa de perder la identidad propia de la fe.

Punto clave es entender la intervención real de Dios en la historia humana desarrollada la Historia de la Salvación desde el Génesis hasta el Apocalipsis. No es una suposición y ni siquiera una explicación o una doctrina interesante, sino la expresión de fe en el actuar de Dios movido por su amor a los hombres. La prueba suprema de su misericordia es meterse en la historia, fundar la Iglesia como camino universal de salvación, y quedarse definitivamente en la Sagrada Eucaristía. Las adaptaciones a la cultura del momento acaban por borrar la verdad del Señor de la historia.

 

Jesús Ortiz López

https://www.exaudi.org/es/jesucristo-ayer-y-hoy/

 

Nueva perspectiva de la Iglesia

 

La muerte del papa Francisco ha puesto la Iglesia en primer plano de la actualidad. En estas hora de Cónclave la Iglesia se prepara para la elección del sucesor, no solo los cardenales sino los obispos, sacerdotes, diáconos, religiosas y religiosos, y los fieles laicos, la parte más numerosa en la tierra: en total más de mil doscientos millones de católicos que comunican en una misma fe.

Así lo recordaba el papa Francisco «Me gusta ver la santidad en el pueblo de Dios paciente: a los padres que crían con tanto amor a sus hijos, en esos hombres y mujeres que trabajan para llevar el pan a su casa, en los enfermos, en las religiosas ancianas que siguen sonriendo. En esta constancia para seguir adelante día a día, veo la santidad de la Iglesia militante. Esa es muchas veces la santidad «de la puerta de al lado», de aquellos que viven cerca de nosotros y son un reflejo de la presencia de Dios, o, para usar otra expresión, «la clase media de la santidad»[1].

Este gran acontecimiento que vivido siguiendo el Cónclave que ha elegido al Papa N. contribuye a ver la Iglesia con más realismo y fe en su condición espiritual, como seguimiento de Jesucristo y camino de encuentro con Dios. Pasan a segundo o tercer plano otras cuestiones recurrentes sobre la orientación moral de los cristianos, las dificultades para evangelizar, o sobre errores, abusos y malos ejemplos de algunos eclesiásticos.

Después de pedir por la elección del Papa ahora damos gracias por N, convencidos desde la fe que es el que necesita la Iglesia y servirá como referente moral a todo el mundo. Importante es preguntarse sobre la identidad de la fe recibida, celebrada y vivida; la responsabilidad como fieles católicos; sobre el camino de santidad; sobre la práctica de los sacramentos, y sobre la unidad. Desde luego la Iglesia no es una multinacional de la paz y solidaridad, y menos un ejército moral en orden de batalla frente a los problemas del mundo actual.

De nuevo recordamos las recientes palabras del Papa Francisco en la celebración de la Resurrección de Jesucristo: «Si ha resucitado de entre los muertos, entonces Él está presente en todas partes, habita entre nosotros, se esconde y se revela también hoy en las hermanas y los hermanos que encontramos en el camino, en las situaciones más anónimas e imprevisibles de nuestra vida». Lo podemos comprobar ahora y al final del Cónclave de los cardenales: el elegido no sucede sólo al papa Francisco, a Benedicto XVI o a Juan Pablo II, sino principalmente a Pedro como Vicario de Jesucristo.

 

La Iglesia peregrina

El peregrinar de la Iglesia en la historia es completamente peculiar a los ojos humanos. Aunque ha conocido épocas de crisis, siempre ha salido purificada y fortalecida en su misión universal, con la ayuda de Dios.

Muchas veces el racionalismo con el prejuicio anti sobrenatural ha obligado a profundizar en la Escritura, en la historia de la salvación, y en la pastoral; después con el desarrollo industrial y cultural de las sociedades modernas la Iglesia ha defendido la dignidad de las personas, ha desarrollado una teología del trabajo, una doctrina social pionera, la defensa de la familia, y la libertad de educación, entre otros muchos logros.

Ya en el siglo veinte ha crecido la preparación de los laicos más conscientes de su misión de transformar el mundo y elevar las estructuras en una sociedad más humana; el Concilio Vaticano II ha supuesto un impulso sin igual para impulsar la búsqueda de la santidad en el mundo y la transformación de las estructuras haciéndolas más humanas. Las mujeres en la Iglesia y en el mundo adquieren nuevo protagonismo.

El interés de los cristianos por la historia de la Iglesia lleva a conocer los dones y atenciones divinas, y también permite saber cómo han correspondido los hombres y mujeres con su libertad a los designios de Dios para la salvación de todos. Porque con su infinita sabiduría, Dios nos ha querido libres -también con la evidente posibilidad de pecar- y que la historia esté efectivamente hecha por nosotros; y a la vez Dios no ha querido sustraer su Providencia de ella sino que la gobierna con suavidad y fortaleza.

(Una llamada del Papa Francisco a la esperanza: «El que comienza sin confiar perdió de antemano la mitad de la batalla y entierra sus talentos. Aun con la dolorosa conciencia de las propias fragilidades, hay que seguir adelante sin declararse vencidos, y recordar lo que el Señor dijo a san Pablo: «Te basta mi gracia, porque mi fuerza se manifiesta en la debilidad» (2Co 12, 9). El triunfo cristiano es siempre una cruz, pero una cruz que al mismo tiempo es bandera de victoria, que se lleva con una ternura combativa ante los embates del mal. El mal espíritu de la derrota es hermano de la tentación de separar antes de tiempo el trigo de la cizaña, producto de una desconfianza ansiosa y egocéntrica».

Terminado el proceso de elección del Papa N  comprobamos que las estimaciones humanas se han equivocado muchas veces respecto a la Iglesia cuando proceden de una fe poco formada, y no digamos si tienen su origen en la falta de fe. Desde esas perspectivas deficientes resulta inexplicable la permanencia de la Iglesia durante veinte siglos, pues las infidelidades, incoherencias, y persecuciones serían suficientes para hacerla desaparecer de la tierra. Pero no ha ocurrido de ese modo pues la Iglesia aparece hoy como un milagro permanente de la fe.

Desde el primer momento el Santo Padre N cuenta con la oración, la unidad, y la comunión de los fieles con él para llevar a cabo su misión evangelizadora como Vicario de Jesucristo y referente moral para el mundo. Y adquieren nuevo significado las palabras de Jesucristo: : «Sabed que yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mateo 28,20).

 

Jesús Ortiz López

 



[1] Exh.Ap. Gaudete et exultate, 6 y 7.

León XIV: Tu es Petrus

TU ES PETRUS reza en grandes letras doradas en el tambor de la cúpula de la Basílica del Vaticano. Sostiene la estructura cupular y distribuye el peso sobre los sólidos pilares. Todo un símbolo del peso que recae sobre León XIV como sucesor de Pedro y sobre todo Vicario de Jesucristo.

La Iglesia es más que política y moral por ser camino real de salvación, Madre y Maestra y luz para el mundo. Bajo la cúpula más famosa del mundo se encuentra el baldaquino con la imagen del Espíritu Santo que arropa el Altar de la confesión, donde el Papa celebra la Misa y renueva la entrega sacrificial de Jesucristo. Más abajo, como es sabido, se hallan los restos de Pedro, el primer Vicario de Jesús: Tu eres Pedro y sobre esta roca edificaré mi Iglesia.

Obispo cristiano como san Agustín

En sus primeras palabras León XIV se ha referido al querido san Agustín para manifestarse abrumado por el peso del Pontificado a la vez que sereno porque Dios le dará fortaleza y santidad para la misión encomendada. Sí, los cardenales le han elegido y Robert Prevost acepta confiado en la gracia específica de Dios que le constituye en León XIV, libertad suya añadida a la libertad de los cardenales electores, y libertad de Dios que asiste a la Iglesia de Jesucristo.

Después del saludo con la paz de Jesucristo resucitado el Papa añadió: «Soy hijo de San Agustín. Soy cristiano y obispo. Podemos caminar juntos hacia esa patria para la que nos ha preparado Dios. A la Iglesia de Roma, un saludo especial. Juntos tenemos que ser una Iglesia misionera, que construya puentes y diálogo y abierta a decidir, como esta plaza, todos aquellos que necesitan caridad, diálogo, cariño».

Precisamente san Agustín expresaba la confianza en Dios de quien ejerce como el Buen Pastor en nombre de Jesucristo: «Desde que se me impuso sobre mis hombros esta carga, de tanta responsabilidad, me preocupa la cuestión del honor que ella implica. Lo más temible en este cargo es el peligro de complacernos más en su aspecto honorífico que en la utilidad que reporta a vuestra salvación. Mas, si por un lado me aterroriza lo que soy para vosotros, por otro me consuela lo que soy con vosotros. Soy obispo para vosotros, soy cristiano con vosotros. La condición de obispo connota una obligación, la de cristiano un don; la primera comporta un peligro, la segunda una salvación». (Sermón 340). Y concluía algo válido para el Papa, pues cuanto mayor es el amor, tanto menor es la labor.

Avanzamos en el tiempo de Pascua estrenando sucesor de Pedro y sobre todo Vicario de Cristo, y reafirmamos el gozo de la Resurrección de Jesucristo. Se cumplen las palabras del Señor: el mundo reirá y vosotros lloraréis, pero el Paráclito vendrá a vosotros y os llenará de una alegría que nadie os podrá arrebatar. Este es el recorrido de la Iglesia en estas semanas y siempre: dolor por la muerte del papa Francisco y gozo por la elección de León XIV.

En su encuentro con los Cardenales se ha referido al Vaticano II con  algunas líneas para la Iglesia, entre ellas lo siguiente: «Y a este propósito, quisiera que renováramos juntos, hoy, nuestra plena adhesión a ese camino, a la vía que desde hace ya decenios la Iglesia universal está recorriendo tras las huellas del Concilio Vaticano II. El Papa Francisco ha recordado y actualizado magistralmente su contenido en la Exhortación apostólica Evangelii gaudium, de la que me gustaría destacar algunas notas fundamentales: el regreso al primado de Cristo en el anuncio (cf. n. 11); la conversión misionera de toda la comunidad cristiana (cf. n. 9); el crecimiento en la colegialidad y en sinodalidad (cf. n. 33); la atención al sensus fidei (cf. nn. 119-120), especialmente en sus formas más propias e inclusivas, como la piedad popular (cf. 123); el cuidado amoroso de los débiles y descartados (cf.n. 53); el diálogo valiente y confiado con el mundo contemporáneo en sus diferentes componentes y realidades (cf. n. 84, Concilio Vaticano II, Const. past. Gaudium et spes, 1-2).


Una plaza que abraza

Durante estos días la plaza de San Pedro ha congregado miles de personas para despedir a papa Francisco y recibir con gozo a León XIV, y algo semejante ocurre todas las semanas. Desde el principio el diseño de Bernini a modo de brazos que cierran esta gran plaza simboliza la maternidad de la Iglesia que acoge a sus hijos y a todos los que acercan, nadie queda indiferente. Las piedras también hablan de Dios y de la fe católica con una esperanza grande.

Muchas tareas aguardan al Romano Pontífice aunque sabe que no está sólo, el Pueblo de Dios permanece en unidad con el Pastor de las almas cooperando en la evangelización del mundo que estos días ha vivido un baño de catolicidad y de gracia hacia dentro y hacia fuera.

La visión sobrenatural de la fe orienta la actividad de los cristianos capaces de redimir cada cambio de época o en época de cambio, como señalaba un santo de nuestro tiempo: «Cada generación de cristianos ha de redimir, ha de santificar su propio tiempo: para eso, necesita comprender y compartir las ansias de los otros hombres, sus iguales, a fin de darles a conocer, con don de lenguas cómo deben corresponder a la acción del Espíritu Santo, a la efusión permanente de las riquezas del Corazón divino. A nosotros, los cristianos, nos corresponde anunciar en estos días, a ese mundo del que somos y en el que vivimos, el mensaje antiguo y nuevo del Evangelio.

(…) No es verdad que toda la gente de hoy –así, en general y en bloque– esté cerrada, o permanezca indiferente, a lo que la fe cristiana enseña sobre el destino y el ser del hombre; no es cierto que los hombres de estos tiempos se ocupen sólo de las cosas de la tierra, y se desinteresen de mirar al cielo. Aunque no faltan ideologías –y personas que las sustentan– que están cerradas, hay en nuestra época anhelos grandes y actitudes rastreras, heroísmos y cobardías, ilusiones y desengaños; criaturas que sueñan con un mundo nuevo más justo y más humano, y otras que, quizá decepcionadas ante el fracaso de sus primitivos ideales, se refugian en el egoísmo de buscar sólo la propia tranquilidad, o en permanecer inmersas en el error. (San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 132)

El papa León XIV se dirige al mundo convulso que necesita el bálsamo de la palabra sanadora, de puentes para unir, de paz entre los pueblos y en las conciencias, de esperanza en el futuro. También lo aventuraba san Agustín en aquel sermón para tiempos difíciles:  «¡Tiempos malos, tiempos difíciles!, dicen los hombres. Vivamos bien, y los tiempos serán buenos. Los tiempos somos nosotros: como somos nosotros, así son los tiempos. ¿Qué hacer, pues? Quizá no podemos convertir a todos los hombres; procuren vivir bien, por lo menos los pocos que me están oyendo, y ese reducido número de los buenos soporte la multitud de los malos. Estos buenos son como el grano: ahora se encuentran en la era, mezclados con la paja; mas en el hórreo no habrá esta mezcla. Toleren lo que no quieren, para llegar a donde quieren, ¿por qué afligirnos y censurar lo que Dios ha permitido? (...) No censuremos al Padre de familia, que es tan bueno. El nos lleva sobre sí, no le llevamos a Él. Él sabe cómo gobernar su obra. Por lo que a ti se refiere haz lo que te manda y aguarda  el cumplimiento de sus promesas».   

 

Jesús Ortiz López

 

https://www.elconfidencialdigital.com/religion/opinion/jesus-ortiz-lopez/leon-xiv-es-petrus/20250514065624052543.html

 

La gran paradoja cristiana (y II)

El cristianismo no necesita el adjetivo de «humano» porque tiene al hombre en su entraña: He aquí al hombre, Jesucristo, que une cielo y tierra. Afirmación del mundo de acá y del mundo de allá.

Aquello de la religión cristiana como opio del pueblo está muy desfasado. La fe no adormece a los hombres sino que los estimula para trabajar a fondo en el mundo codo con codo con todos, también con los agnósticos y ateos, para desarrollar una sociedad cada vez más humana.

Ciencia y fe

Esta temporada siguen de actualidad dos libros que tratan de las ciencias humanas que desembocan en la convicción razonada de que Dios existe. Me refiero al de los ingenieros franceses «Dios-LaCiencia-Las Pruebas»[1] , y al del español González-Hurtado[2] titulado «Nuevas evidencias científicas de la existencia de Dios». Son dos obras de interés para el público y también para los científicos e investigadores de las ciencias empíricas como la física, la astronomía, la matemática o la biotecnología.

El título de José Carlos González-Hurtado muestra que muchos científicos y premios Nobel están convencidos de que Dios existe porque sus reflexiones sobre los datos y leyes de la naturaleza concluyen que el azar no puede explicar la complejidad del universo, la articulación de las leyes de la naturaleza, y menos aún el origen de la vida, en particular el sentido de la vida del hombre y su finalidad trascendente.

Por ejemplo, qué significa la fe de muchos científicos fundada en convicciones y no sólo en suposiciones piadosas. También se pregunta qué es ser ateo y si acaso son malas personas pues evidentemente no es así. Otra pregunta es sobre el agnosticismo contemporáneo como cajón de sastre o generalidad que muchos presentan como un nuevo ateísmo respetuoso con la fe. Se pregunta además por qué no todos los científicos son teístas o convencidos de la existencia de Dios. Y aventura ciertas razones fáciles de entender porque los científicos son hombres y mujeres como los demás, sometidos a veces, a la presión social, a limitaciones psicológicas, a prejuicios, al miedo e incluso a la soberbia. Y termina en el epílogo titulado ¿Y ahora qué?

Cada lector puede pensar sobre tantos datos científicos expuestos y testimonios razonables a fin de consolidad sus convicción, reforzar las razones de la fe, y poder ofrecer a otros la gran noticia de que Dios existe, que ha creado el mundo bueno como obra maravillosa mediante el cual los hombres pueden descubrir a su Autor y, si además tienen el don de la fe como es el caso de los cristianos, sabemos que es Providente, es Amor, se ha encarnado, es el Salvador de todos y hasta ha dado la vida para darnos la Vida eterna, que no es una entelequia sino la gran llamada para todos los hombres, la gran noticia que es el Evangelio de Jesucristo

Bienvenidas sean las aportaciones personales a la eterna pregunta de por qué el ser y no la nada, del azar o la necesidad, de la felicidad plena o el fracaso personal, de la vida como bien o de la extinción sin sentido. Y sigue la paradoja del grano de trigo que muere para dar nueva vida, continuidad y discontinuidad, que encuentra la luz en el árbol vertical y el travesaño horizontal de la Cruz de Jesucristo: Dios encarnado, Dios y hombre verdadero, la suprema paradoja que invita al salto de la fe y la felicidad.

Fe desde la humildad

León XIV se hace eco de estos interrogantes al decir: «En nuestro tiempo, vemos aún demasiada discordia, demasiadas heridas causadas por el odio, la violencia, los prejuicios, el miedo a lo diferente, por un paradigma económico que explota los recursos de la tierra y margina a los más pobres. Y nosotros queremos ser, dentro de esta masa, una pequeña levadura de unidad, de comunión y de fraternidad. Nosotros queremos decirle al mundo, con humildad y alegría: ¡miren a Cristo!

¡Acérquense a Él! ¡Acojan su Palabra que ilumina y consuela! Escuchen su propuesta de amor para formar su única familia: en el único Cristo somos uno. Y esta es la vía que hemos de recorrer juntos, unidos entre nosotros, pero también con las Iglesias cristianas hermanas, con quienes transitan otros caminos religiosos, con aquellos que cultivan la inquietud de la búsqueda de Dios, con todas las mujeres y los hombres de buena voluntad, para construir un mundo nuevo donde reine la paz».

Algunos pueden quedar desconcertados ante la seguridad de la fe proclamada por la Iglesia desde el símbolo de los Apóstoles: Creo en Dios Padre Creador, creo en Dios Hijo Redentor, creo en el Espíritu Santo santificador, creo en la Iglesia, creo en el perdón de los pecados, creo en la vida eterna. Puede parecer una seguridad poco científica y hasta una postura de orgullo ante quienes dudan de tantas certezas. Sin embargo la afirmación de la fe, es luz y penumbra, seguridad y riesgo, esperanza y dolor. Nada en el ser humano es diamantino, químicamente puro, pensamiento absoluto.

Lo ha expresado el papa León XIV al sincerarse en esa homilía:  «Fui elegido sin tener ningún mérito y, con temor y trepidación, vengo a ustedes como un hermano que quiere hacerse siervo de su fe y de su alegría, caminando con ustedes por el camino del amor de Dios, que nos quiere a todos unidos en una única familia.»

Y añadía más confesión de humildad como creyente en Jesucristo y responsable de la paz en el mundo: «Este es el espíritu misionero que debe animarnos, sin encerrarnos en nuestro pequeño grupo ni sentirnos superiores al mundo; estamos llamados a ofrecer el amor de Dios a todos, para que se realice esa unidad que no anula las diferencias, sino que valora la historia personal de cada uno y la cultura social y religiosa de cada pueblo».

Los creyentes somos agradecidos por el don de la fe y de la gracia de Dios, procuramos comprender a todos, también a los que no nos comprenden, y practicar la caridad que es más humana aún que la tolerancia. Al querer al prójimo, como hijo de Dios y hermano de Jesucristo somos conscientes de las dificultades que algunos encuentran, y pedimos a Dios Padre que derrame su esperanza sobre el mundo tantas veces atormentado. Con la seguridad de que todos son salvados por la misericordia de Dios y atraídos por la cruz de Jesucristo, hombre perfecto hombre y verdadero Dios. Aunque hay que trabajarlo desde la humildad y la oración confiada.

«Amar al mundo apasionadamente» es la expresión de un santo de nuestro tiempo que ha difundido la vocación a la santidad en las tareas de la vida ordinaria, no vulgar, sino elevada el amor a Dios y al prójimo inseparables: « ¡Que no, hijos míos! Que no puede haber una doble vida, que no podemos ser como esquizofrénicos, si queremos ser cristianos: que hay una única vida, hecha de carne y espíritu, y ésa es la que tiene que ser –en el alma y en el cuerpo– santa y llena de Dios: a ese Dios invisible, lo encontramos en las cosas más visibles y materiales. No hay otro camino, hijos míos: o sabemos encontrar en nuestra vida ordinaria al Señor, o no lo encontraremos nunca. Por eso puedo deciros que necesita nuestra época devolver –a la materia y a las situaciones que parecen más vulgares– su noble y original sentido, ponerlas al servicio del Reino de Dios, espiritualizarlas, haciendo de ellas medio y ocasión de nuestro encuentro continuo con Jesucristo».

No hay por tanto paradoja o disyuntiva cristiana sino afirmación de Dios y del hombre con su libertad y sus tareas en el mundo: «El auténtico sentido cristiano –que profesa la resurrección de toda carne– se enfrentó siempre, como es lógico, con la desencarnación, sin temor a ser juzgado de materialismo. Es lícito, por tanto, hablar de un materialismo cristiano, que se opone audazmente a los materialismos cerrados al espíritu»[3].

 

 

Jesús Ortiz López

 

https://www.exaudi.org/es/la-gran-paradoja-cristiana-ii/

 

 



[1] Dios-LaCiencia-Las Pruebas. Olivier Bonnassies-Michel-Yves Bolloré. Ed Funambulista.

[2] José Carlos González-Hurtado. Nuevas evidencias científicas de la existencia de Dios. Voz de Papel, Madrid, 2023

[3] Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer. Ed Rialp. Nn. 114-115.